Y la música…

Publicado originalmente el 13 de enero de 2012.

La música está enferma. Como muchas otras cosas, vamos. Tampoco estoy diciendo una novedad. Y no quiero caer en la tentación de ponerme apocalíptico y nublado. Pero ahí voy: la música está mal. Algo le pasa. No logro entender qué. Corre el rumor por las redes y en las barras manchadas de circulitos mojados de tarro de cerveza que la música está en muy mal estado, que ya no se hace como antes, que no es tan emocionante. Es posible. Quizás soy demasiado romántico o aferrado, pero procuro sorprenderme con algo. Incluso hoy. Porque siempre habrá un disco magnífico y, dice el meme, haters gonna hate. Hay demasiado cinismo allá afuera. Demasiado prejuicio. Demasiada pose y ceja alzada.

La música se ha convertido en un accesorio para el ego de los que la hacen y de los que la escuchan. Los primeros, bueno, ya es normal: el síndrome de Led Zeppelin no se ha erradicado y parece que nunca lo lograremos. No necesitamos rockstars. ¿Para qué? Lo que hace falta es, como en Gotham City, un héroe de verdad. Uno.

Ponte a hacer música de verdad. Toma tres buenos acordes y di algo. Algo. No eres fabuloso, eres uno más de nosotros. Si tienes algo bueno qué decir, algo honesto y que importe, dilo. Grítalo. Si no, hazte a un lado. No consumas energía que necesitamos para otras cosas.

Sobre los segundos, los que consumen música, es triste. Demasiado yo lo escuché primero y demasiado buscar el cool y demasiada imbecilidad parecida. No tiene sentido alguno. Un síntoma claro: uno va a un concierto (cuando puede pagarlo, cuando es en un día sensato, en un lugar no tan lejano, el negocio de los conciertos en México es espantoso) y ya no hay más puños en alto, no más baile, no más cuernitos del diablo con la mano. Ahora sólo hay hay cámaras (iPods, iPhones, tú nómbralos) en el aire, intentando captar el momento para subirlo a YouTube o a Facebook y, más importante, decir (y demostrar) yo estuve ahí. Qué estupidez.

La revista Spin, según nos cuenta Everett True (en su siempre interesante sitio Collapse Board), dejará de hacer reseñas en impreso y las pasará a los 140 caracteres de Twitter. ¿El argumento? El crítico ya no tiene primicia al escuchar un disco nuevo “al mismo tiempo” que un fanático de a pie. Por la tecnología, claro, compartir en la red, archivos comprimidos, streams. ¿No es absurdo? Yo primero, tú después, si no, no funciona. Algunos por allí llaman a este comportamiento hipsterismo. Yo no, porque esa palabra me gusta (la relaciono inevitablemente con la literatura beat); yo le llamo Un Gran Complejo de Inferioridad.

Además, Spin y cualquier otro medio impreso o electrónico que actúe así, a mi nadie va a decirme qué debo escuchar y cómo debo escucharlo. ¿Saben? Mejor. Así puedo descubrir mi música sin que nadie me predisponga. Mi guía son mis oídos, mi cabeza y mi corazón. He dicho.

La música… La música…

Es cierto que, además de todo, la música es poco emocionante en 2012. Pocos discos hay urgentes y lujuriosos y emocionantes y vertiginosos y todo eso que sólo la Gran Música puede ser. Pero los hay. Y es que, hey, si sigues basado en la insufrible radio o en las mismas revistas de siempre (¡Rolling Stone, vete a paseo!) vas a aburrirte un montón. Pero no hay por qué alarmarse. Estamos en épocas difíciles, sí, pero en 2012. Lo que significa que el mundo tiene un acervo musical de cientos de años. La música grabada es ya una anciana en plenitud y no se cansa. Pero es que hay demasiado prejuicio: música vieja, música de niñas, música de negros, música de rancheros, música de adolescentes… Hay música importante y música que no lo vale. Simple. Hoy lo digo así. No sé mañana, la gente cambia, la música también.

Suelo idealizar, lo sé, me cuesta no hacerlo. Pero extraño algo. No sé si es una época, no creo, pero tengo una nostalgia por una Música Total. Tal vez eso nunca existió ni existirá y es algo tan real como la Atlántida (la que algunos aún juran que existió.) Tal vez sí fue, pero no me tocó. Tal vez lo estamos viviendo (tampoco creo, pero bueno) y soy muy poco perceptivo. Aún creo en la música y espero seguir haciéndolo, porque temo que el día en que pierda la fe me convertiré en una no-persona. Llámame inmaduro, como sea.

Y es que a pesar de iTunes y de esa flatulencia llamada Festival Musical Patrocinado por Multinacionales (del Vive Latino al Coachella, nos alimentan basura y pagamos por ella), a pesar de Coldplay y esas bandas podridas (no me vengas, por favor, con argumentos como que han ganado Grammys o que han vendido millones de discos o que hacen conciertos beneficencia, no son válidos), a pesar de Spin y Rolling Stone y todas esas revistas con vocación de tabloide, a pesar de MTV y VH1, a pesar de la radio, a pesar de la cultura del rock de playerita negra y el obnubilado pensamiento rock vs. pop, a pesar de las casas disqueras, a pesar de ti y de mi y de todos esas cámaras que bloquean mi vista en los conciertos, a pesar de los conciertos, a pesar de Pitchfork y a pesar de Internet, creo en La Música. Creo en ella como (casi) en nada más.

C/S.

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