Historias pop.

Publicado originalmente el 20 de enero de 2012.

Françoise Hardy salva vidas.

El pasado fue un fin de semana de esos que pasan plácidos pero que duelen; uno sonríe y lo pasa bien, tranquilo, viendo cómo todos los demás ríen y acompañándoles. And let all life be followed as it should, cantaría Nick Garrie. Pero algo pasaba adentro. Algo raro, incómodo y pesado. El alma, de vacaciones. El cuerpo, quejándose con muchas ganas. Rabia contenida que se convirtió en pura tristeza de canción de Johnnie Ray, luego en estúpida somnolencia y, al final, en nada. Fui un autómata una buena parte del sagrado week-end. Y, entonces, carajo, sucedió. No venía sola la explosión, por supuesto. Colgaron en la red el tráiler de la nueva película de Wes Anderson, Moonrise Kingdom y como todo devoto, lo devoré. La simetría de todo, Bill Murray, las obsesiones de Anderson. Y enmarcándolo todo, como si se necesitase de más perfección, en el soundtrack se escucha a Françoise Hardy cantando Le temps de l’amour. Repito: Françoise Hardy, Le temps de l’amour. Mi chica ye-yé/femme fatale favorita interpretando, posiblemente, mi canción favorita de su primera época. ¡Ah, esos tempranos años 60 del XX en Francia!

Todo tenía sentido. Françoise Hardy salvó mi vida. Corrí a la tornamesa, me senté en el suelo, me puse los audífonos y puse ese disco de la Francisca que me encontré en un segunda mano. Y ya. El autómata se convirtió en ser humano. Se puso a llorar. Se puso a cantar. Se puso eufórico. Un Pinocho XXI que logró ser un chaval de verdad. Sólo hacía falta una canción.

Dexys Midnight Runners en el auto.

Hacer cintas para los viajes en auto es un deporte que siempre he practicado. Un deporte, porque requiere de la misma disciplina que un atleta olímpico, está claro. Pero mi gente (mis amigos, mi familia, los míos) ya no viaja en autos con tocacintas, así que toca hacerles posavasos CD-R con 80 minutos de música hermosa: aquí un clásico que les ponga la piel de gallina, acá una rareza que pueda abrirles mundos, luego una canción para esos viajes mañaneros que se dan tan torpes y -por qué no- esta otra que tiene significados especiales, esos chistes privados que hacen que cualquier relación tenga sentido. Y entonces los CD-R’s que regalo (algunos para educar, claro; otros para emocionar y, claro, para aprovechar y ponerlos cuando viajo con mi gente) están repletos de The Wave Pictures y Van Morrison, de versiones distintas para que se sorprendan y de temas que jamás hubiesen imaginado que escucharían en un disco tramado por mí. Es un deporte, les digo.

La otra vez viajé en auto con mi persona preferida. Play. Asiento de copiloto en una tarde que ya es soleada a pesar de ser enero (¡enero, por Otis Redding!) Viaje largo por la ciudad Pongo un disco que hice para la ocasión. Suena en el estéreo Dexys Midnight Runners, el Too-Rye-Aye completo, mi segundo disco favorito de estos tiempos (el primero de todos los tiempos es también el primero de Dexys, debo decirlo.) Me convierto en un memo baboso, me pongo a disertar sobre Kevin Rowland y cómo es el sujeto más grande del pop y a cantar y a escupir trivia y a contar historias de canciones. Y el mundo es otro. Uno más limpio, más puro y con más sentido. Es un maldito viaje en auto de un punto a otro de una ciudad que insiste en avergonzarse a sí misma, pero es precioso. Let’s Make This Precious, canta Kevin Rowland desde un pasado que se hace cada vez más lejano, pero que no pierde nitidez. Let’s, le respondo yo. Lo vale.

El niño de la guitarra beatle.

Otro día de trabajo, entre jovenzuelos de ideas ingenuas pero claras y niños que saben jugar ajedrez, definir qué es un código QR* y cuyos ídolos son Steve Jobs y el futbolista de turno. Durante un descanso me busca un chaval que no pasa de los 11 años, con acento extraño y tan pálido como la traducción mejicana de A Whiter Shade of Pale de Procol Harum. Trae una guitarra y me pide que se la afine. Me siento en una jardinera sucia y me pongo a lo mío. Pero me doy cuenta del chaval. ¿Por qué traes una guitarra? Quiero aprender a tocar, es que me fascina George Harrison, aunque mi beatle favorito es John. Qué bien, mate, y cómo es que conoces a los Beatles, cuéntame. Mi padre, me dice, y tengo un mp3 con 150 canciones de los Beatles. Resisto la tentación de decirle que eso no cuenta, que qué se cree, que hay que tener las canciones en vinilo porque la obsolescencia programada y porque la calidad de sonido y el coleccionismo pero me digo hey, para, es un chaval y no quieres asustarlo sino todo lo contrario. Genial, le digo entonces.

Él se queda muy pensativo, como hacen los niños mirando hacia ningún lado, con la vista hacia adentro. Y me dice: ¿Sabes? (comienza diciendo ¿sabes? como haría un personaje de Saint-Exupéry o algo así, muy onírico.) Yo dejo de apretar las cuerdas de su guitarra y le pongo toda mi atención. Y prosigue: Creo que la música de los Beatles es lo único que me importa, no sé, puedo estar horas así, sólo escuchándola, imaginando cosas y no me canso; la música de los Beatles es importante y no me importa que mis amigos no entiendan, total, a mi me gusta y así mejor. Yo no sé qué cara tengo, pero seguro tengo los ojos como de Marty Feldman. Porque, carajo, estoy viéndome a mí a los 11 años. No, nunca fui pálido existencialista (me pasaba horas bajo el sol intentando ser Johann Cruyff) ni sabía jugar ajedrez, mucho menos sabía qué en el mundo era una computadora y no tuve una guitarra sino hasta mucho después, pero era lo que me habría gustado ser a los 11. Que, venga, casi era yo. Porque puedo verme diciéndole eso a un adulto, en alguna jardinera sucia, hace demasiados años, tantos que ya pesan. Te entiendo, le digo. Y comenzamos a hablar de los Beatles como dos amigos de toda la vida.

C/S.

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