Scott Walker: Hombre del siglo XXX.

Publicado originalmente el 9 de diciembre de 2011.

Once letras: Scott Walker. Un nombre que podría ser el sinónimo de pasión. Pero pasión en su acepción original: dolor, padecimiento; del griego patior, sufrir, sentir. La pasión de Scott Walker, ese visionario, hombre del siglo 30, que ha hecho de sí un instrumento de creación de música colosal para un mundo que no le entiende.

Scott Walker nació en 1943 en Ohio, aunque Estados Unidos nunca le ha hecho demasiado caso. Demasiado oscuro para ser pop y demasiado pop para ser oscuro, su carrera es una de las más singulares e impares de toda la música. Durante la primera mitad de los años 60 del XX fue ídolo juvenil con The Walker Brothers, un grupo vocal que en cierto momento tuvo más fanáticas corriendo tras de ellos que los Beatles. En Inglaterra, claro. Tres melenudos que ni eran hermanos, ni se apellidaban Walker (el verdadero nombre de Scott es Noel Scott Engel) ni eran ingleses, pero lo parecían. Le hicieron mucho daño a las listas de popularidad por unos años, hasta que Scott se cansó de jugar al títere y decidió salir a ver el mundo. No es que los Walker Brothers fuesen los Monkees, pero sí estaban constantemente bajo la luz de los flashes y de los estudios de tele. Era 1967.

Como muchos durante ese año, Walker se puso a buscar algo más, su Próxima Cosa Grande. No la encontró ni en la meditación ni, por favor, en la vulgar psicodelia. Eso no era para él. Pasó un tiempo en una abadía en la isla de Wight estudiando canto gregoriano y música clásica. Su primer disco solista, Scott (1967) era una placa barroca y profunda que se parecía muy poco a lo que sonaba en la radio en cualquier parte. Anacrónico y lúgubre, es un disco lleno de increíbles canciones con orquestaciones ambiciosas, letras sórdidas y un Scott Walker en pleno, un crooner maldito, un Sinatra de la oscuridad y la perdición. Todo lo contrario al incienso y peppermints de moda. Sus canciones propias eran majestuosas (Montague Terrace [In Blue]), pero las versiones a Jacques Brel (Mathilde, Amsterdam, My Death) y a otros compositores en boga (Lady Came from Baltimore de Tim Hardin) no se quedan atrás. Gigantesca música que se repetiría en Scott 2 (1968.)

Su segundo álbum en solitario repetía la fórmula de traducciones de Mort Shuman al tremendo cancionero de Brel (Jackie, Next, The Girls and the Dogs) y sus composiciones, cada vez más claustrofóbicas (The Amorous Humphrey Plugg, Plastic Palace People.) De nuevo las orquestaciones pesadas y su voz de ultratumba hacen del disco una total anomalía aún hoy. Eso sí, el momentum de los Walker Brothers le ayudó a vender montones de copias en Inglaterra, donde era una estrella.

En 1969 no sólo salió su tercer disco (Scott 3), que vendió mucho menos pero mantiene la calidad y la lobreguez de los anteriores (con temas tan grandes como Copenhagen o 30 Century Man), también tuvo su propio programa de televisión en la BBC. El show fue breve, pero exitoso. Scott interpretaba, además de sus temas, clásicos de Kurt Weill, Antonio Carlos Jobim, Rodgers y Hammerstein, Charles Aznavour y Burt Bacharach. Lástima que sobreviven apenas unos segundos de pietaje del programa, ya que los archivos fueron destruidos, las cintas utilizadas para grabar sobre ellas otros contenidos. Salió un LP con una selección de canciones, pero hoy es demasiado raro.

Scott 4 (1970) fue el primer disco en que todo el material era suyo. Y con el que comenzó el período más raro de la vida de Scott Walker. El álbum era impecable, pero terminó de alienar al público. Desde su debut había cantado sin disimulo sobre drogas, sexo, excesos y el camino de la perdición (todo, eso sí, de un modo elegante, Baudelairiano y bohemio.) Por una u otra razón, 4 vendió absolutamente nada.

Comprometido con su disquera, Scott Walker grabó durante los siguientes 4 años una serie de discos de trámite, cantando temas de películas o arreglos populares de canciones estándar. Muy poco que comentar. El mismo Scott le llama “mis años perdidos” al lapso entre 1970 y 1975, año en que se reúne con los Walker Brothers más por necesidad que por ganas. Pero donde hay talento hay creación. No son ya los ídolos juveniles de diez años atrás, así que pueden ponerse a experimentar un poco. Lanzan tres álbumes que es justo calificar de sobresalientes. Lines, sobre todo, se acerca a la brillantez de los discos solistas de Scott. Pero tras Nite Flights de 1978 (que incluye la épica The Electrician), cada uno de los no hermanos no Walker tomó su rumbo de nuevo.

Scott no grabó de nuevo hasta 1984. Pero la década de los 80 comenzó con un pequeño revival. En 1981 el loco Julian Cope (de The Teardrop Explodes) lanzó en Zoo Records una recopilación con “lo mejor” de Scott Walker hasta el momento. Se llamó Fire Escape in the Sky: The Godlike Genius of Scott Walker. Y se convirtió, sin querer, en una de las voces más influyentes del pop de entonces.

Climate of the Hunter (1984) recibió buenas críticas, pero tampoco vendió suficiente. Pasaron 11 años y un recambio generacional cuando se lanzó Tilt (1995), un álbum que le puso en el mapa de nuevo. Siempre incómodo con la prensa musical y desconfiado con las disqueras, se sentía fuera de su elemento promoviendo un disco. Pero la generación britpop, o al menos su facción más oscura, le había adoptado como padrino.

En 1999 realizó la banda sonora para Pola X, film de Leos Carax. En 2001 produjo para uno de sus más grandes fans, Jarvis Cocker, el disco de Pulp We Love Life. Más activo y contento por estarlo, en 2006 lanza su último disco hasta ahora, The Drift, abrumador e hipnótico, una maldita obra maestra. Ese mismo año se lanzó el documental Scott Walker: 30 Century Mank de Stephen Kijak, producido por David Bowie.

Scott Walker ha seguido haciendo música, aunque toda comisionada para musicales, obras de teatro experimentales y compañías de danza. No le queda otra. Porque detrás de esas gafas oscuras que nunca se quita y detrás de todo ese recelo violento y esa mueca existencialista, hay un tipo que está enamorado de crear. Es lo único que le da sentido a su vida. Es lo único que le da sentido a la nuestra.

Ojalá no tengan que pasar otros 11 años para escuchar un nuevo disco de Scott Walker.

C/S.

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