Qué grande eres, Yoko Ono.

Publicado originalmente el 25 de noviembre de 2011.

Algún obtuso pensará que el título va con sarcasmo. Algún prejuicioso comenzará a odiar este texto desde ahora. Alguna mente estrecha seguirá pensando que Yoko Ono es la culpable de todos los males del mundo, incluyendo la separación de los Beatles que, después de todo, fue una gran cosa: no tuvieron oportunidad de hacer basura como algunos discos solistas que hicieron en los 70 y 80 (no vayamos tan lejos, ahí tenemos el patético caso de los Stones.) Pero hoy toca homenajear a la Yoko Ono artista, la que, bien que mal, ha sido siempre fiel a sus ideas. Dejemos de lado terquedades y chismes baratos.

John Lennon, de opinión autorizada sobre Yoko (Niña del Océano, en japonés), dijo de ella que era “la artista desconocida más famosa del mundo, pues todos la conocen pero nadie sabe lo que realmente hace.” Nacida en una familia aristócrata en Tokio en 1933, vivió una niñez terrible entre los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. Desde muy joven se vio obligada a trabajar, incluso a mendigar. Tras la hecatombe, se mudó con algunos miembros sobrevivientes de su familia a Nueva York, donde tuvo la oportunidad de estudiar y sumergirse en el ambiente bohemio de Scarsdale y sus alrededores. Se interesó por la música de vanguardia, el arte abstracto y el performance, en el que sentía que podía exorcizar todos los horrores que había vivido.

Durante esta época convivió con gente tan ilustre como el compositor avant-garde John Cage (cuya teoría de la indeterminación musical y el uso de instrumentos no-musicales para dar sonido a sus obras le convirtieron en alguien muy influyente entre quien sí lograba entenderle), La Monte Young (la primera compositora minimalista), Toshi Ichiyanagi (con quien estuvo casada brevemente, músico excéntrico y experimental) y el artista Gustav Metzger (quien proponía la destrucción como un arte y que fue influencia directa también para Pete Townshend, de The Who, quien patentó el acto de golpear su guitarra hasta hacerla añicos.) Se especializó en ese extraño engendro contemporáneo llamado performance y uno de sus más célebres era sentarse en el piso e invitar a la gente a que le cortara un pedazo de ropa hasta quedar totalmente desnuda. Hizo amistad con George Maciunas, cineasta reconocido por fundar el movimiento Fluxus, en el que Yoko no quiso participar por querer seguir siendo independiente.

A inicios de los 60 Yoko ya hacía música, aunque no necesariamente pop facilón. Lo de ella era la música concreta, el minimalismo, la experimentación con sonidos y el collage sonoro. Berreaba con furia sobre capas y más capas de ruido. Ya para mediados de la década, aún de la mano de John Cage, ya estaba haciendo música electrónica antes que muchos otros iluminados.

En 1966, cuando conoció a John Lennon en una exposición en la Indica Gallery de Londres, ya era una artista audiovisual por derecho propio. Es cierto que aquí comienza una historia de infidelidad y escándalo, pero peores ha habido. No fue una etapa brillante ni para el beatle ni para Yoko. Los de Liverpool ya estaban demasiado tensos entre batallas de ego, litigios y diferencias creativas. No ayudó mucho que la nueva chica de John, a la que llamaba “mamá”, le acompañase hasta al baño.

Yoko detonó una parte de Lennon que previamente ni él conocía. Su consciencia política, siempre ingenua o reprimida (por sí mismo, por su formación, por Brian Epstein, manager beatle, que pedía mesura para seguir vendiendo discos por millones y más después del escándalo de las declaraciones sobre Jesús) salió a la luz, aunque no con buenos dividendos. Con más entusiasmo que inteligencia, hicieron campaña política por la paz, en un tono jipi trasnochado que hoy, a la distancia, da un poco de pena ajena. Las intenciones no eran malas, pero el espectáculo resultaba demasiado chocante.

Tras la separación de los Beatles, Lennon y Ono se embarcaron en un tour de force creativo con resultados desiguales, aunque decididamente arriesgado y desafiante. En 1970 Plastic Ono Band fue su primer esfuerzo de regresar a primeros planos (antes habían grabado collages de sonido y ruido ambiental en Two Virgins y Life with the Lions, dos partes de la saga Unfinished Music, y en ese inductor de jaquecas llamado The Wedding Albums.) La parte de John, un disco completo, fue buena, aunque resacosa y llena de heridas aún sangrantes que no sabía cómo expresar en canciones. La parte de Yoko, sin embargo, era brillante.

Why, que salió como lado B del single Mother de Lennon, era una escandalosa declaración de intenciones. Yoko grita el “por qué” titular una y otra vez de un modo casi insoportable, mientras Ringo Starr (sí, Ringo Starr) aporrea los tambores con una ira que jamás antes le conocimos. John hace en la guitarra lo que nunca había hecho, tocando un institivo riff garajero que nada le pide a la Velvet Underground o a los Stooges. Otros tracks como Why Not es una joyita minimalista que podría quedar como un outtake del primer disco de Neu! Hay collages de sonido alucinantes mientras recita poemas de su libro Grapefruit e incluso una colaboración con el gigante del jazz Ornette Coleman y su grupo en AOS.

Definitivamente la música de Yoko Ono no es para todo público, pero no puede negarse su gigantesca calidad. En discos posteriores como en Fly (1971) hay tremendos temas como Don’t Worry Kyono (Mommy’s Only Looking For Her Hand In The Snow), que es pura furia y frustración: la dedicó a su hija, secuestrada por su padrastro durante años. Lo mismo podía hacer baladas muy velvetianas (Mrs. Lennon) que largos jams instrumentales repletos de feedback y distorsión que seguramente influyeron mucho en Thurston Moore y su Sonic Youth. Durante su vida con John (que se interrumpió en 1973 cuando se separaron, se reanudó en el 75 y terminó con la muerte de Lennon en 1980) no sólo colaboró con canciones para sus discos -los buenos (como Double Fantasy) y los malos (como Some Time in NYC)- sino que hizo sus placas propias e incluso tuvo sus pequeños hits, aunque muchos después de 1981. Walking on Thin Ice, canción en la que trabajaban cuando el orate aquel disparó a John, es una buenísima pieza post-punk que ha sido rescatada por muchas discotecas alternativas. No ha cesado de hacer música, a pesar de que sus detractores le critiquen por cada paso que da, manteniéndose ocupada durante todos los 90 y los dosmiles. Hace poco lanzó un disco de colaboraciones (Yes, I’m a Witch) con Peaches, Flaming Lips, Spiritualized, Porcupine Tree, Cat Power, Le Tigre, Antony & The Johnsons y Polyphonic Spreee, algunos de sus alumnos más avanzados.

Yoko podrá caer mal. Podrá no ser perfecta. Pero quién lo es. A esta mujer se le ha juzgado siempre por las cuestiones equivocadas, basándose en prejuicios o en la más profunda ignorancia. Si es oriental, fea, desaliñada, si canta en formas poco ortodoxas, si es una malvada interesada, si terminó con los Beatles, si su arte no sirve. Está claro que no soy un gran partidario del arte contemporáneo (el no arte), pero sí tengo un par de oídos. Y Yoko tiene mucho qué decir. Es una pionera, una visionaria que siempre ha estado a la vanguardia y que, por lo que ha vivido, tiene un auténtico mensaje de amor y fe qué dar al mundo. Su música es diecisiete veces más interesante e inspirada que el 97% de la música de la radio hoy. Insisto que no es una música fácil, pero habría que darle al menos una oportunidad. Ella sí que se la merece. Como merece este pequeño tributo, en vida, como debe hacerse. Ya decía Jonathan Swift, citado por el gran John Kennedy Toole en el epígrafe de su obra maestra, “cuando en el mundo aparece un verdadero genio, todos los necios se conjuran contra él.” Qué grande eres, Yoko Ono.

C/S.

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