Living for the Weekend: más música, por favor.

Publicado originalmente el 11 de noviembre de 2011.

Is this what life is all about?

Entrar a un sitio y que esté sonando la música correcta -tú sabes- sucede muy poco. Casi nunca. Sí, acúsenme. Yo me acuso. Soy un jodido snob, nunca estaré satisfecho y las únicas fiestas en las que la música me gusta siempre es en aquellas en las que yo estoy girando los discos en la tornamesa. Lo siento. No puedo evitarlo.

O sí. Sí puedo evitarlo, pero no quiero. Como sea. No importa. Lo mío es que sé lo que me gusta. Y a mí me gusta mi cerveza bien fría, mi cama bien caliente y mi música, ni la toques. No te le acerques. Gracias.

Recuerdo aquellas fiestas con los “original skinheads” (bring them back, llévalos a los bolos, do the reggay!) y la música era impecable casi siempre. Pero cuando el alcohol fluía de tal manera que si alguien encendía un cigarrillo corríamos el riesgo de morir en un accidente combustible y los más taciturnos comenzaban a ponerse violentos (tanto que terminaban con las Ben Sherman rasgadas), solía comenzar un reggae tan denso que creía que comenzarían a crecernos rastas a todos. Entonces me ponía mal y tenía que salir a tomar aire. Y, claro, no era el único. La fiesta ya se había mudado a las aceras.

Una vez, cuando era un jovenzuelo impresionable, comenzó a sonar Pulp en un bar. Muy bien, recuerdos de adolescencia, nada mal. Luego, los Bunnymen. Nada mal. Era Lips Like Sugar, la obviedad, igual que con Pulp era Babies, pero vale. No pasa todos los días en estos lugares, aunque usted no lo crea. No acá. Después, los Buzzcocks. Ever Fallen In Love, por supuesto, pero no puedo quejarme. Era un bar, al que había entrado sólo porque quería unas cervezas, no precisamente porque lo conociera. Comenzaba a sentirme como en casa cuando sonó Two Princes. Sí, Spin Doctors. Piensa lo que quieras, tuve que pagar y salir. Mareado. Porque, además, lo que seguía era Song 2 de Blur. Me encanta Blur, les respeto demasiado, son la banda sonora de muchas de mis callejerías pubertas. Pero… ¿whoo-hoo? ¡Por favor!

Ya te das una idea.

Sé lo que dirás. Que cuando yo estoy girando los discos también hay gente que se siente así. Sí, seguramente. ¡Pero yo nunca pongo Two Princes! Mi Stevie Wonder ya ni siquiera incluye Innervisions, que esa es música para escuchar en casa. Tampoco tiene caso poner canciones que te puedes topar en la radio en cualquier tarde de martes. ¿Por qué esa gente que sale de sus trabajos a tomar una cerveza quiere escuchar siempre la misma canción? ¿Por qué seguimos pidiendo la misma canción que no es de nuestra generación, que no habla por nosotros, que es insulsa y obsoleta? ¿Por qué nos negamos a una canción nueva?

Cuestión de personalidad. O de principios.

Escucha esto, suelo decir a mis amigos más cercanos. Te lo digo a cada rato, chica. Escucha esto, a ver qué te parece. Nuevas canciones. Viejas canciones redescubiertas. Canciones que tienen sesenta años pero que siguen siendo tan elocuentes como cuando se bailaban en las calles y en los clubes. MÁS MÚSICA. Por favor.

La verdad estoy un poco harto de tus canciones.

Nunca olvido una ocasión, no recuerdo cuándo, pero recuerdo qué sucedió. Bebí demasiado, sudé demasiado, brinqué demasiado y, de verdad, todo estuvo en su lugar. Por tercera vez en la vida me vi en la cabina del pinchadiscos, felicitándole, pidiéndole una mix-tape y su correo electrónico.

El tipo comenzó con un poco de jazz. Blue-Note. Suave (se pronuncia suáf.) Luego, mucho soul. Deep Soul, Northern Soul, Southern Soul, Motown, Stax, Deram, sellos raros, subsellos, soul joto, Philly, Latin Soul, Rare Soul, R&B. Luego siguó con un reggae machacón, ska, Two-Tone, ¡new wave!… y todo tenía sentido. Al menos en mi cabeza. Todo temblaba por los tragos y por las decenas de pies saltando sobre la misma duela y por esa música acentuada en los acentos segundo y cuarto del compás. Escuché tantas cosas nuevas y tantas cosas conocidas que canté con el fervor de una devota en el templo.

Y entonces comenzó a sonar Orange Juice. De verdad. Todo tenía sentido. El mundo fue un lugar mejor por tres minutos, lo que dura una gigantesca canción pop.

Ahí estaba yo, cantando, brincando, girando. Un dulce y tierno hooligan. Y caí. Caí, de caer, no hablo en figuras, caí de verdad. Sobre la duela, con los oídos zumbando, el corazón saliéndose y los músculos muertos. Life bega-a-a-a-an when I met you! Golpe en el suelo.

Desperté con los oídos destrozados, el estómago tan deshecho como una guitarra en manos de Pete Townshend y una de esas resacas que el Pingüino en el Ascensor describe tan bien en sus canciones. Pero con la sensación de que el mundo estaba en orden, la música realmente había hecho del mundo un lugar habitable (adaptarse para crear sentido, dice Héctor Gómez Vargas) y hasta divertido. Y, claro, con una recopilación de floorfillers en CD-R. A veces pasa. Cuando pasa, lo vale.

Anoche la música salvó mi vida. Por mi, hang the DJ.

C/S.

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