Santana: el estado de las cosas en León.

santana

Publicado originalmente el 21 de octubre de 2011.

El sábado 15 de octubre regresó Carlos Santana a León. Fue todo un acontecimiento. Veinte mil personas estuvimos allí. Había expectación. El estadio de las gradas fieles, siempre ansioso, se convirtió en un foro ideal para un concierto grande. De esos se ven poco aquí. Los periódicos se volvieron locos durante los siguientes días, unos con titulares más rimbombantes que otros.

Que este haya sido no sólo concierto más atractivo sino el más propositivo de toda la vorágine de eventos que ha habido en los últimos días en la ciudad es un síntoma preocupante del estado de las cosas en cuanto a cultura en una de las urbes más importantes del país. Se podrá argumentar que Carlos Santana es un nombre importante en la música. Lo es, sin duda. Un sujeto con más historia y más talento que todos los otros profesionales del espectáculo que nos ha visitado. Un tipo que hizo cuanto quiso en cierta etapa colorida de la música. Un tipo con currículum (que incluye una impactante aparición en el sobrevaluado festival de Woodstock en 1969.) Pero es, también, un tipo que sigue dependiendo de un catálogo de canciones viejas, que se vale de la nostalgia para cautivar y que está lejos de su momento más fino en cuanto a música, ideas e incluso lucidez.

Pero en León, dicen los políticos, hay espectáculos. Hay cultura. León, dicen, se ha convertido en el lugar donde las cosas suceden. Pues no. Fue un concierto destacado, sí, pero también uno desfasado. Aclaro que aquí se habla del concierto en sí y no de su trasfondo político ni sus organizadores.

Todo hay que decirlo: Santana es un gran guitarrista, de los mejores; pero también es un jipi viejín que se quedó en el viaje y que parece, en ocasiones, que cree que vive en 1972 por siempre y que insiste en que se habla de tú con dios. Se le anuncia como orgullo nacional y presume su sangre jaliscience, pero le cuesta demasiado esfuerzo hablar español (“yo quiero que las mujeres sean feliz“) y en realidad, desengañémonos, su música nunca ha tenido mucho que ver con México…

El gig fue musicalmente impecable. En ese sentido la única queja es que, con este tipo de artistas que basan su espectáculo en su capacidad de tocar quinientas setenta y cinco mil notas por minuto, puede ponerse un poco aburrido al abusar de la exhibición de sus talentos: solos que comienzan atractivos y emocionantes, que se extienden sin que suceda demasiado (lo que se busca es impactar al público con muestras del virtuosismo de los músicos) y después de varios minutos, parecen interminables. Luego aburridos. Luego confusos. Y la canción se trató de absolutamente nada.

La grada del Nou Camp, la más fiel de estas latitudes, festejó todo, por supuesto. Chifló cuando los sermones de Don Carlos se volvían balbuceos jipis, claro, no nos tragamos cualquier cosa. Tuvo un gran sábado, como pocos. Brincó no por un gol, sino por ver a un bigotudo que toca la guitarra con una espantosa expresión de eyaculador precoz aunque el sonido que hace con su Paul Reed Smith es memorable; gritó por ver a un sujeto que sólo se ve en revistas viejas, libros y en carátulas de discos viejos. Sea quien sea, siempre es bueno ser parte de la historia.

Lo de Santana no estuvo mal. Tampoco fue espectacular. Pero la reacción del público y de los medios es un síntoma de que queremos más y mejor música. Ojalá, también, sea un síntoma de cansancio de ese darnos atole con el dedo, de reacción ante la cultura de lo imbécil, que nos quieren vender como un producto de entretenimiento y nada más. León quiere más, espero. Haber pagado esos precios por ver a Carlos Santana debe ser una muestra de ello (aunque es cierto que muchos boletos fueron acaparados por la clase pudiente y… pero dije que no me metía en cosas de política.)

León tiene la infraestructura, pero en contenidos sigue sufriendo, sobre todo en cuanto a conciertos masivos. Es como tener una alacena lindísima, grande, fresca y bien iluminada, pero que sólo sirve para guardar tres o cuatro bolsas de papas fritas y latas con refresco tibio. Y no mucho más.

Entiendo que León es una ciudad limitada en cuanto al consumo cultural. Pero también está ávida de cosas nuevas. Nos toca proponerlas. Nos toca apoyarlas. Santana es el nombre del estado de las cosas, hoy, en León. Es cuestión nuestra, de todos a los que nos interesa la música, el arte, cualquier actividad creativa, ponerle nombre a lo que vendrá.

C/S.

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