La no revolución musical de Steve Jobs.

Publicado originalmente el 14 de octubre de 2011.

Steve Jobs es de esos sujetos que, ya hoy, son historia. Así lo hemos dictado todos desde todas las interfaces posibles, pero sobre todo en la Internet. Ponderar a un personaje así es históricamente difícil, por lo que hacerlo en la inmediatez de su muerte resulta una tarea abrumadora. Está bien claro que la revolución tecnológica de la que fue parte visible (y esencial) nos ha alcanzado a todos, queramos o no. Aquí toca hablar de música, un tema que es idealmente el mejor método de expresión que ha descubierto la humanidad, pero también la cruza perfecta entre negocio y tecnología.

Los defensores de Jobs y su compañía podrán argumentar que estos nuevos gadgets nos han puesto en un nivel nuevo de emoción, pero emoción al fin: la posibilidad de comunicarse al instante con alguien al otro lado del mundo, estar informado las veinticuatro horas o el acceso total a montones de productos culturales son cambios significativos y definitivamente importantes. Por otro lado, los detractores tienen razón al criticar la fiebre consumista (y generalmente poco razonada) de productos que se actualizan con una rapidez exponencial y que se vuelven obsoletos apenas uno los ha sacado de la caja, que es como se construyó el Imperio Apple, sin mencionar las condiciones infrahumanas en que se fabrican estos aparatos.

Uno de estos productos es, por supuesto, el iPod. Pensado como una manera de saltarse pasos en la cadena evolutiva de la música portátil, aprovechó como ninguna otra marca lo más esencial del formato fantasma mp3 (y m4a, aiff, wav y algunos otras extensiones): facilidad de llevarse de un lado a otro. Había otros reproductores, pero fallaban mucho o se escuchaban pésimo o bien eran espantosos y muy poco atractivos de llevar. El iPod, en un inicio, no sólo fue una revolución en cuanto a que mejoraba el sonido, sino que su portabilidad mejoró (era una tableta ligera y lisa que cabía en cualquier bolsillo) y su diseño era muy atractivo (su gran revolución fue su panel de disco supliendo al tradicional y enojoso teclado.) Pero más aún, el iPod se convirtió en un fetiche primero exclusivo y casi sectario -los pequeños audífonos blancos eran símbolo de status– y, más tarde, en un punto común de convergencia para millones de personas, todas parte de un gigantesco club, de una comunidad global. No hay que olvidar que gran parte del pensamiento “revolucionario” de Mr. Jobs y su compañía es un replanteamiento de negocios con mucho de canalla: antes era crear un producto para satisfacer las necesidades del consumidor y desde Apple, era crear una necesidad en el consumidor para crearle un producto.

Acompañando al iPod, otro producto, por supuesto: iTunes. Un software de reproducción de música en formatos comprimidos con liga a, no es de sorprenderse, una iTunes Store. Y, dicen montones de artículos y merolicos de café, el modo en el que escuchábamos música cambió. Vaya que lo hizo. Y no necesariamente para bien.

En cuanto a portabilidad, todo muy bien. Pero el espectro sonoro de la música se redujo enormemente cuando ésta se mudó a vivir a lo digital. Esto nos quedaba claro a los que usábamos archivos comprimidos desde la época Napster, pero entonces era sólo una manera (relativamente) rápida de acceder a algunas canciones favoritas para poder adquirir los formatos físicos después (o al menos ese era mi caso y el de varios conocidos.) Además, claro, del obsoleto romanticismo de tener el disco con portada y folletín and all that jazz.

El iPod suena mal. Muy mal. Por más comprimido que esté, jamás tendrá la “resolución” necesaria para poder sonar natural. Los audiófilos ya llevan varios años en una cruzada contra la música digital con buenos argumentos. Porque ya no sabemos escuchar música, ya no hay manera de apreciarla completa. Podré pecar de purista al hacer esta afirmación, pero los sommeliers hacen carrera por este tipo de cosas en otros ámbitos y a los que exigimos buen sonido tenemos que soportar adjetivos (ya dije.) Somos una generación de escuchas que ya no saben escuchar. Es como si perdiéramos parte de nuestro sentido del gusto o si viésemos sólo en algunos colores y los demás los olvidásemos. Llevamos la música a todas partes, sí, pero con una calidad fast food.

El acceso total a la música, que nos han querido vender como la más grande cosa desde la música misma, tampoco es tan ideal como parece. El flujo de archivos de sonido en la web es una gran ventaja, sobre todo para estar al día, pero ha creado una entropía insana. Aprovechando el hueco que han dejado MTV y las grandes estaciones de radio (que se volvieron de música de segmento social) iTunes tomó un lugar preponderante en la distribución de música nueva. Pero en lugar de la democracia de la música, ha fomentado el crecimiento del vicioso poder de las casas disqueras. Paradójicamente, los grupos pequeños o emergentes se han visto igual o más limitados que antes para conseguir que su música llegue a los grandes públicos. Al final, los inquietos tendrán, en muchos casos, que buscar fuera de iTunes para encontrar nuevos sonidos y discursos, pero Jobs y su compañía también saben que los inquietos son pocos en una demografía contenta de consumir comodidad (aunque el discurso de Apple siempre ha sido el de ser una marca para los que buscan algo más.)

En una época en que la música pop está en un punto creativo y discursivo muy bajo, en que las disqueras están desesperadas por retomar una posición perdida (y basada, como los maestros de secundaria de la vieja guardia, en relaciones de poder) y en el que el público quiere consumir y la medida es siempre “más”, Apple encontró un nicho que no va a soltar en mucho tiempo. Ojalá venga otra revolución, para seguir demostrándonos que, en el fondo, las tecnologías son sólo medios, no fines.

Que se entienda este texto como un punto de vista de un músico y musicómano que sabe de música, escribe de música y vive para ella. Por lo tanto, una opinión autorizada. Y que, en muchos aspectos, admira a Steve Jobs. Un sujeto que dejó un legado cultural lleno de cosas buenas. Como Pixar, una de las mejores cosas que le han pasado al siglo XXI. Pero esa es otra historia.

C/S.

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