Avándaro: ¿cuarenta años de qué?

Publicado originalmente el 16 de septiembre de 2011.

El fin de semana del 11 y 12 de septiembre de 1971, Valle de Bravo se llenó de jipis y se escribió una de las historias más legendarias de la historia de la cultura popular de México. El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, Estado de México, puede verse como el punto final de una etapa para la música popular o, como algunos prefieren, el inicio de un párrafo nuevo. Avándaro fue un festival que está marcado por los extremos, incluso en los juicios que se hicieron sobre él desde recién terminada su puesta en escena y en los que siguen haciéndose en nuestros días: para algunos fue una orgía repugnante de vicio y decadencia, un sinsentido que sólo pudo tomar lugar en un ambiente de ingenuidad y estupidez total; para otros, es la idealización total del amor, la paz, la vindicación de la juventud y sus expresiones en nuestro país y el despertar musical de México. Dos posturas insensatas, por cierto.

Avándaro comenzó como una ocurrencia y se convirtió en un gigantesco monstruo. En Valle de Bravo se organizaban carreras de autos bastante pijas y alguien creyó que era buena idea terminar una jornada con un par de los grupos musicales de los que estaban haciendo ruido en tardeadas, clubes y fiestas en el Distrito Federal. Lo que siguió fue que Armando Molina, manejador de muchos grupos y figura central de la escena rocanrolera, consiguió más de diez grupos para conformar un improbable festival de automóviles rugientes y melenudos estridentes. La noción de una especie de Woodstock azteca pero con veloces máquinas quemando gasolina furiosamente parecía tentadora a más de uno.

Llegado el día, y tras una campaña radial intensa para que los jóvenes asistieran, comenzó a llenarse la carretera a Toluca de autos y caminantes. El ambiente era intenso, por supuesto. Los jóvenes aún tenían la memoria de la violencia de octubre del 68 y de junio del 71 en la parte de atrás de sus cabezas, aún doliendo. La oferta para el consumo juvenil era marcada por una censura y una represión de miedo: la dictadura perfecta. Era normal que quisieran ir a ver de qué iba todo aquello, formar parte de eso.

Se dice que llegaron más de cien mil personas (hay fuentes que aseguran que fueron cerca de un cuarto de millón.) Estaba claro que iba a haber problemas. Para empezar, los organizadores, que veían en el concierto un añadido al evento de ruedas, montaron un escenario tubular bastante anodino, muy elevado y pequeño. Y cuando se dieron cuenta que Avándaro se había convertido en un inmenso hormiguero peludo, cancelaron las carreras. Había que escuchar a esos desquiciados que uno a uno iban subiéndose al escenario.

Los grupos presentes fueron Dug Dug’s, El Epílogo, División del Norte, Tequila, Peace and Love, El Ritual, Los Yaki, Bandido, Tinta Blanca, El Amor y Three Souls In My Mind. Algunos sonaron muy bien. Otros se quedaron mudos. En cierto momento quedó sólo un micrófono activo. Los dos órganos Hammond que estaban montados en el escenario se quedaron sin funcionar. Algunos grupos tocaron mal por desánimo, por no saber reaccionar ante un público así o simplemente por su inconformidad con cómo se desarrollaban las cosas detrás del escenario (en donde sólo una tienda con algunos catres servía como refugio para los músicos y la organización era lamentable.) Algunos pasaron de esto y dieron un buen show. Hubo por ahí una chica semidesnuda que causó furor (el estado de las cosas en el México post-sixties) y jipis gringos tan volados que amaron lo que veían; alguien gritó “que chingue a su madre el que no cante” en el micrófono y la Altísima Moralidad Mexicana lo vio como un síntoma de que todo se había ido al carajo. ¡Imaginar que ese era El Gesto Desafiante para poder definir esa extrañísima mentalidad nacional, tanto de un lado como del otro!

Llovió. Mucha gente se trepó a los tubos del escenario, escapando de los empujones y aplastamientos, o para estar más cerca o tener protagonismo o ya en un trance psicodélico, quién sabe. Porque sí, hubo sustancias, muchas, circulando de mano en mano, de pulmón en pulmón, de panza en panza. Hubo demasiado alcohol (y demasiadas latas de cerveza que se convirtieron en proyectiles) y demasiada yerba. Hubo peleas, normal en un ambiente tan sórdido, de tanto contacto físico, de tanto entusiasmo descontrolado y de tantísima gente. Hubo policías ahí, que no intervinieron en el desarrollo del festival, sólo miraban. Los jóvenes les llamaron alivianados; los detractores, pasivos. Hay el rumor de que algunos de ellos (y algunos periodistas) llevaban drogas. Y hubo mucha “buena onda”, lo que sea que eso signifique.

Con todo, el recuento que estoy haciendo lo hago de la documentación que existe del Festival, que no es tanta, aunque hasta ahora parece suficiente para saber qué pasó, no así para ponderar sus implicaciones y consecuencias con mayor rigor. La grabación oficial, realizada por Telesistema Mexicano (ahora Televisa) fue confiscada y enlatada; por ahí existe una versión bootleg con pietaje del festival, hay dos o tres libros bastante decentes (y uno de próxima publicación escrito por Armando Molina) y muchos artículos virtuales y en tinta. Todo lo que sabemos es por relatos, que se fueron distorsionando conforme pasó el tiempo, haciendo que el Festival Rock y Ruedas, uno que se las dio de importante y trascendente desde un inicio, se haya convertido en un punto confuso en nuestra historia cultural.

Por un lado fue una muestra de que la cultura juvenil en México siempre ha ido rezagada y ha podido producir muy pocas cosas originales, aunque eso no debe quitarle tanto mérito ni interés a un nivel didáctico. Los grupos que se presentaron lo hicieron con un material arriesgado, propositivo y bastante elocuente, que ha sobrevivido bien hasta nuestros días, con algunas excepciones. Eso sí, fue una etapa muy limitada y prejuiciosa de detractores y defensores del rock mexicano y sus expresiones: unos estaban muy ocupados criticando el cabello largo y los otros con manifestaciones burdas de lo que debe ser un movimiento juvenil. Esto se ha quedado hasta nuestros días y la absurdas ideas divisionistas de que “el rock es música que vale la pena” o la idealización de aquellas épocas se han quedado incrustadas en el corazón cultural de México, cuando también se han convertido en parte de un sistema cultural viciado y que ha dejado de ser propositivo y fresco.

La juventud que supuestamente quedó representada por Avándaro al final cometió los mismos errores (advertidos estamos nosotros también) que la generación que criticaba. El divisionismo entre clases sociales, consumos culturales y hasta lugares de origen se mantuvo y hasta se agudizó, al banalizarse el combate de los jóvenes (cosas, sí, del sistema pero también de las convicciones tan ingenuas y pasivas de la nación jipi.) Los de más arriba aprovecharon esto para prohibir las expresiones del rock, satanizándolo y prohibiéndolo, lo que mermó la producción en cantidad y calidad, pero también demostró que somos medrosos y confirmó nuestra costumbre hacia el trato paternal.

Avándaro, como Woodstock, es un tiro que salió por la culata, pero del que podemos aprender y tomar como punto de inicio. Ahí hubo buena música y buenas intenciones; la primera sobrevive y de las segundas qué puede decirse. Hay que aprender de esa generación, porque fue de pioneros que deben ser reivindicados como parte de nuestra historia cultural. Y que se joda César Costa. Por otro lado hay que aprender también que no basta con buenas ideas, sino que hay que trabajarlas. Festivales hoy como Vive Latino han comenzado, de nuevo, con esa buena intención y se han convertido en un mediocre divertimento veraniego, con pocas propuestas y muchas consignas sin cumplir, un producto más. Hoy se necesitan ideas y, sobre todo, acciones. Nos jactamos de nuestra creatividad y picardía como pueblo, pero siempre lo hacemos cuando improvisamos algo y logramos salir bien librados. Si hubiese una verdadera organización, una verdadera idea, una verdadera convicción compartida, entonces tendría que haber un buen plan (y un buen plan B) para lograr lo que queremos. Avándaro sucedió y fue una gran idea. Han pasado 40 años y tal vez ya es muy tarde, pero sería bueno tomar la lección, rendir tributo como se debe y hacer lo que nos toque y comenzar a escribir el cuento en donde se quedó interrumpido y suspendido por años. Y hacerlo bien. La historia está en nuestras manos.

C/S.

One thought on “Avándaro: ¿cuarenta años de qué?

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