Maravillas del mundo moderno: Javier Bátiz and The Famous Finks.

Javier Bátiz - Javier Bátiz And The Famous Finks

Publicado originalmente el 19 de agosto de 2011.

Javier Bátiz debería tener una estatua gigantesca que le reconozca como una figura de culto nacional. Pero las cosas aquí no funcionan así…

Tijuana es un sitio mítico. El último rincón de Latinoamérica, dicen. De un lado y de otro de la frontera se reconoce esa ciudad como una exquisita anomalía: un choque de culturas, un hervidero de historias, una ciudad que lo es de verdad.

Culturalmente, México le debe mucho a esta ciudad que hoy intenta cerrar una violenta herida que en muchos otros lugares de nuestra geografía aún sangran. Welcome to Tijuana.

Javier Bátiz nació y se formó en Tijuana, Tee Jay. Por su geografía y mentalidad, la música negra llegaba a Tijuana como a ningún otro lugar de México a finales de los años 50. La radio programaba rhythm and blues afroamericano no sólo porque gustaba a los turistas que cruzaban la línea en busca de sexo desenfrenado, drogas y alcohol barato (y tomarse la foto con el burrocebra) sino porque resultaba elocuente también para los habitantes del lugar Donde Empieza la Patria. Ese ritmo subversivo y candente no era fácil de ignorar.

Tomó la guitarra, como lo hacen muchos, por coincidencia y porque era una buena manera de vivir sin tener que asumir responsabilidades. En 1957, sin ser siquiera mayor de edad, Bátiz formó un grupo, los TJ’s, que había asimilado la influencia negra del blues y la había decodificado, resultando en una música agresiva, directa y muy bailable, todo un éxito en los clubes sórdidos de la frontera. Un chaval imberbe y bastante pelele, llamado Carlos Santana, comenzó a tocar guitarra con él. Era bastante torpe, por lo que le guió y, bajo su consejo, se convirtió en un pequeño virtuoso. El chico Santana, por cierto, terminaría tocando en Woodstock y olvidando por completo a un tal Bátiz back in Tijuana que le presentó, por primera vez, a una chica llamada Música. Asno.

Eso sucedía, sin embargo, en una época en la que estar fuera de la ciudad de México equivalía, un poco, a ser un artista menor (en parte sigue siendo un lastre con el que cargan los músicos de los demás estados, pero esa es otra historia) así que un buen día tomó la decisión y se mudó.

Ya establecido en el Defe, reformó su grupo y lo renombró. The Famous Finks era un nombre más que adecuado para 1963, un año en el que por todos lados surgía música nueva y emocionante. Algún vivales con un buen puesto (y mejor salario) en las casas discográficas capitalinas lo quiso contratar para cantar con los Rockin’ Rebels, a los que recién había abandonado un tal Johnny Laboriel. Pero ese no era ni el estilo ni la tirada de Bátiz: los Rebeldes del Rock hacían una música inofensiva, meliflua y en extremo lela, traduciendo éxitos en inglés a un lamentable español básico. Y Javier Bátiz tenía el blues.

En cambio tomó por asalto los cafés cantantes de la ciudad con sus Famous Finks. Qué daría yo por tener un Delorean con condensador de flujo y poder regresar a esas épocas, a esos lugares. Sus shows eran tan poderosos que incluso los más despistados se enganchaban con esa música, herencia de Muddy Waters, Chuck Berry y Howlin’ Wolf. El más auténtico rock mexicano estaba naciendo. Y grabó un disco fundamental, que hoy los coleccionistas extranjeros desean con lujuria; los coleccionistas mexicanos se limitan con trenzarse a golpes en el Chopo por él. Se llamó Javier Bátiz and the Famous Finks, nada más.

Si sus incendiarias presentaciones ya habían impactado a muchas personas que descubrían que había mucho más que Pedro Infante y la Virgen de Guadalupe, el disco ayudó a propagar la leyenda. Un movimiento de rock mexicano mucho más propositivo (dentro de sus limitaciones técnicas y estilísticas), urbano y combativo surgió a partir de los Famosos Finks. Su abreviación del blues resultó ser la madre de muchas de las expresiones “rocanroleras” mexicanas que incluso hoy, en una nueva era, siguen vigentes. Y es que grupos como el Three Souls in My Mind (que cayó en desgracia años después y se convirtió, al mando del entonces segundón Alex Lora en El Tri) y el Hangar Ambulante, o los jalisciences La Fachada de Piedra o los duranguenses Dug Dug’s conformaron un movimiento musical tan potente que el inepto gobierno de finales de los 70 los censuró y los marginó por ser no sólo ajenos, sino contrarios a las buenas costumbres.

Javier Bátiz and the Famous Finks, disco, no sólo es una gran pieza de coleccionismo, sino una excitante recopilación de canciones interpretadas con un montón de alma y sensibilidad. Se trata de un disco de versiones, aunque lejos de la tradición de las inofensivas traducciones al español de los grupos dominantes en la vomitiva radio de la XEW y derivadas. Bátiz prefiere cantar en inglés canciones como Please Please Please de James Brown, Memphis de Chuck Berry o Walking the Dog de Rufus Thomas, tres muestras de lo avanzado que estaba este combo a comparación con muchos otros contemporáneos. Y no sólo versionan: replantean, rehacen, reproducen. Do Wah Diddy es un clásico indiscutible de Manfred Mann, pero rehecho en un estilo tan callejero y grasoso como hacen los Famous Finks adquiere una nueva dimensión, se convierte en una canción filosa y muy peligrosa.

Bátiz se convirtió en referencia para los marginales de todos lados. Pandillas de motociclistas, vagales, roqueros de cepa, músicos inteligentes y chavos de onda lo siguieron y le apoyaron. Después, al terminar los 60, incluso las celebridades más rampantes y brillodiamantes acudían a bailar a su ritmo. Justamente no pudo acudir al Festival de Avándaro por cumplir una actuación bien pagada en un local capitalino. Pero tras las consecuencias de Avándaro y la satanización del rock and roll vino una importante deblacle. Bátiz nunca dejó de ser un genio, sólo que se instaló mucho más bajo tierra que antes.

Hoy, Javier Bátiz puede presumir (aunque casi no lo hace) de ser el mentor del bigotón ese que popularizó a la Black Magic Woman, de Guillermo Briseño, Abe Laboriel padre y de Fito de la Parra, el jipi que fue a parar en Canned Heat, ese extrañísimo combo de blues psicodélico americano. También puede presumir de sus Famous Finks, fundacionales, exquisitos, tremendos, y de su único disco que, hoy por hoy, es una joya: musicalmente, es lo mejor y el disco en vinilo se cotiza más que bien en el mercado. Mientras los rockeritos mexicas de esa época terminaron en la XEWTV de comediantes de tercera, Bátiz siguió haciendo música importante. Y sigue haciéndola aún hoy.

Javier Bátiz debería tener una estatua gigantesca que le reconozca como una figura de culto nacional. Pero las cosas aquí no funcionan así…

C/S.

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