Discos que importan: Manic Street Preachers, The Holy Bible.

Publicado originalmente el 15 de julio de 2011.

Los noventa no fueron tanto una década como un ridículo happening. Como en otras décadas notorias, lo sublime dormía con lo cutre una noche sí y la otra también; su hijo bastardo se encarnó en la cultura popular y se hizo célebre, rico y poderoso. Same old story, Brian.

Hoy toca hablar de un disco importante, fundamental, hermoso, ruidoso, espantoso e histórico. Y, por supuesto, un álbum sin el que los noventa no serían tal. Apártense Liam y Damon, hoy toca hablar de los Manics y de The Holy Bible.

Antes de hacer la necesaria elipsis, hay que resumir la historia de los Manic Street Preachers de manera injusta y superficial. Salieron de Blackwood, en Gales, ese pequeño país olvidado y extraño, incrustado en el Reino Unido. Comenzaron a llamar la atención con sus letras abiertamente políticas y su ruido glam de acordes de poder y melodías cantables. El título de su primer disco lo dice todo: Generation Terrorists (1992). Fueron, entonces, la contraparte elegante del sucio grunge, cantando también sobre alienación y juventud extraviada (teenage wasteland) aunque con los pantalones bien puestos y los zapatos limpios, cosa que en la Gran Bretaña significa dignidad e infunde respeto. El segundo disco, sin embargo, usa un poco, como recurso, el sonido de Seattle, Gold Against the Soul (1993), como vestuario para que sus cada vez más contundentes letras-manifiesto salieran cómodas a escena.

Entonces eran cuatro: James Dean Bradfield, Nicky Wire, Sean Moore y Richey Edwards. Guitarra y voz, bajo, batería y guitarra, respectivamente. La historia después sería otra.

Durante 1993/4 se cuestionó mucho a los Manics acerca de si eran de verdad o sólo eran maniquíes que querían forrarse. La respuesta de Richey fue escribirse 4REAL en el cuerpo, con una navaja, perdiendo chorros de sangre y casi llevándose una arteria principal. No sólo era uno de los gestos más wokandwoe de la historia del wokandwoe, sino el prólogo a lo que seguía, un síntoma de una enfermedad incurable.

The Holy Bible es otro de esos síntomas, uno de esos hijos bastardos (de un marinero drogata y una puta enferma) que se convirtieron en eminencias, luz del mundo y ejemplos a seguir. Lanzado en 1994, fue el último disco en el que participó Richey Edwards, un álbum devastador y único, desgarrador y lleno de himnos de ruido y sangre. The Holy Bible es uno de las colecciones de canciones más definitorias de los noventa y, posiblemente, de toda la música de guitarras que hay. The Holy Bible, por principio, se llama así porque pretendía ser La Verdad. Se acerca bastante.

En muchas otras ocasiones se ha hablado en la historia del pop de testamentos musicales, un término tan grosero como imbécil. Pero si hay un testamento musical es posiblemente este, en toda la extensión de la palabra. En tiempos bíblicos, testificar significaba jurar agarrado de los testículos del que buscaba vindicarse. Los Manics se tenían bien cogidos de las bolas cuando se metieron a un pequeño estudio de Cardiff para grabar su obra maestra, conscientes de que no querían irse a Barbados o algo parecido a hacer un álbum en modo-estrella-de-rock y esnifar todo lo que se encontrasen en el camino. Además, Richey ya desvariaba demasiado y perderlo era cuestión de tiempo.

The Holy Bible se grabó en cuatro semanas en enfermizas sesiones que duraban para siempre y en las que, a veces, ninguno de los Manics veía la luz del día. Richey escribió gran parte de las letras, en una especie de catarsis de grito primario, flujo de consciencia; después, se limitó a aparecerse en el estudio, bebido y drogado, a llorar y a golpearse contra las paredes. Era casi un fantasma a punto de desaparecer, literalmente: la anorexia nervosa le tenía en los huesos, pesando alrededor de 30 kilos. Era totalmente frágil.

El disco va de wokandwoe puro y directo: el consumo idiota, la estupidez de los medios (¿por qué dejar que el país más estúpido e inculto sea el que dicte a dónde debe ir nuestra cultura global?), la revolución (que no será televisada), la niñez y su dolor, el spleen, el blues. Dentro del caos hay un orden matemático, una disciplina de artista torturado y una tortura de artista disciplinado. Casi todas las canciones se basan en la fórmula guitarra-bajo-batería-voz y en la filosofía de captar el sonido de cuatro tipos aporreando sus instrumentos en una habitación, pero eso costó mucho trabajo y muchas horas. Y es que no debe ser fácil poner música a relatos tan sórdidos y tormentosos. Decir La Verdad cuesta.

No sé a qué le temo y no sé qué disfruto. Los conservadores dicen que no hay negro en la bandera inglesa, los demócratas que no hay suficiente blanco en las barras y en las estrellas. Todos somos abordos andantes. Ella está sufriendo, te succiona más profundo, tú existes dentro de su sombra. Me pregunto quién te crees que eres, crees que eres Dios o algo, Dios da vida y la quita, tú no, creo que eres el mismo puto Diablo. Como demasiado para morir y no lo suficiente para mantenerme vivo, sólo me siento en el medio esperando. Ven y camina por el sendero de la memoria, nadie ve nada pero pueden fingir. Detesto la pureza, detesto la bondad, no quiero que la virtud exista en lugar alguno, quiero que todos se corrompan. No escuches ni una palabra de lo que digo, sólo escucha lo que callo, la única manera de ganar tu aprobación es explotando cada cosa que me abarata. Quiero morir en el verano, quiero morir. Bébetelas, cada lágrima es falsa, Churchill no fue diferente en nada, deseaba que los trabajadores sangrasen en una máquina. La atrocidad sistematizada es ignorada.

El álbum fue lanzado el 29 de agosto de 1994. El primero de febrero de 1995 Richey Manic desapareció. Sólo se encontró su auto. Nadie le ha visto desde entonces. En 2008 fue declarado muerto oficialmente por las autoridades, que cesaron la búsqueda.

C/S.

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