Comprar discos.

Publicado originalmente el 15 de junio de 2011.

No entiendo a la gente que no compra discos. Y con esto, que quede claro, no estoy criticando, no estoy juzgando ni quejándome. Simplemente no lo entiendo. La empresa que me fabricó me colocó un mecanismo, fetichista si quieres, que me hace necesitar de los objetos. Mi habitación cada vez tiene menos espacio para mí. Creo firmemente que pereceré aplastado por la cantidad considerable que acumulo de libros, películas, parafernalia alusiva a cosas que me gustan (futbol, cine, juguetes, Woody Allen) y, sobre todo, discos. No es presunción, tampoco, sólo es lo que me gusta (¿obsesiona?) y es mi manera de adaptarme para crear sentido. Unos corren o van al gimnasio, otros gustan de explorar cavidades de otros vestidos de cuero y blandiendo látigos; yo compro discos.

Así como los occidentales no entendemos en gran parte las costumbres orientales (y viceversa) porque hemos sido criados de cierto modo, así es que no entiendo yo a quien no compra discos. Porque yo desde pequeño he estado rodeado de ellos, cierto, pero también porque me gusta la música y, en mi línea de pensamiento, si me gusta la música lo más lógico es que compre discos (y, claro, que vaya a conciertos y ese tipo de cosas.) Para mí un musicómano que no compra discos resulta es como un futbolero que no ve los partidos o un cinéfilo que nunca visita la Gran Pantalla. Como un devoto que no participa del culto.

Estoy muy habituado a comprar discos, aunque eso no signifique que los compre por inercia o por costumbre. De hecho, los discos me han hecho sufrir desde hace muchos años, aunque es parte del trato que tengo con la música. Si no se padece, no vale, ¿no, Carl, me mate? Sufro porque no los tengo, sufro cuando los quiero y luego cuando no los encuentro o cuando no puedo dar con ellos por una cuestión u otra, muchas veces económica. Sufro porque, como creo que sucede con los obsesos, nunca tendré todos los discos que necesito.

A veces gasto más de lo que, en un lugar como éstos, está socialmente aceptado gastar en discos. Que, si lo pensamos, es nada. Nada. Aún así, parte de mi fluidez económica se ve mermada conforme avanzo hacia la tumba (con epitafio a lo Groucho) por considerar prioridad la compra de plaquitas redondas negras que, tras colocarse en la charola de un sofisticado aparato sigloventista y pasar por un proceso físico más o menos complejo de decodificación/traducción-a-ondas-sonoras, logran hacerme feliz por unos minutos. Lo que es un decir, porque una buena canción dura tres minutos pero se queda incrustada en el cuerpo (no sólo en el cerebro ni en el corazón) por toda la vida, como una rara enfermedad incurable.

No me bastan los mp3, esos fantasmas. No es pose, lo juro. Soy muy prácticos, se pueden llevar por ahí en una iPod y en una laptop, sí. Pero no son emocionantes. Son meramente informativos. Son como ver un juego importante por televisión pudiendo conseguir asiento en el estadio. O su equivalente cercano: ver una película en YouTube pudiéndola ver en el cine, pantalla grande, el full-monty, the real deal, la adrenalina por la que se paga. No sé. Creo que, como Brian Wilson, I just wasn’t made for these times. Los mp3 (y sus evoluciones [?] posteriores) no pueden entusiasmarme, no hay manera. Tan sólo hay que ponerlo de este modo: invitas a tus amigos a casa a una velada y les muestras tu colección de discos, armada con cariño y esmero gracias a años de búsquedas y sacrificios e historias, los escuchan, los admiran (ya lo he dicho, un disco, especialmente de vinilo, es además de todo un objeto sumamente estético.) Por ningún motivo invitas a tus amigos a casa a una velada y les presumes tu colección de mp3. “Este lo descargué una vez en un hotel en la costa” y “Este no recuerdo si lo bajé de Soulseek o de iTunes” o “Este mp3 cambió mi vida” o “Esta es la mejor carpeta de mp3 de todos los tiempos.”

Jugando a eso, simplemente no funciona. Llámame anticuado, insensato; llámame lo que quieras. Llena aquí: ____________. Pero no funciona.

Es más, no tengo iPod. Ni iPad. Ni iPed. Me doy el lujo de comprar discos, de disfrutarlos, de acumularlos y de poder recurrir a una fonoteca distribuida entre libreros y estantes y mesas y cajones y hasta sobre un órgano destartalado que tengo en casa. Es hasta una ventaja fitness: si quiero una canción, debo hacerlo aeróbicamente, quemando calorías buscando un LP en la parte más noroeste de mi estante; tú sólo mueves tu pulgar sobre una pantalla sensible. La evolución de las especies.

Hay, sí, una ventaja que me proporciona el formato fantasma, el digital: escuchar el disco antes de comprarlo y decidir si vale la pena gastar en él la energía (tradúzcase así: traslados, trabajo manual, trabajo intelectual, resolución de problemas, conversaciones insufribles de pasillo, juicios sobre compañeros y jefes, sudores, ansias y todo eso que conlleva un trabajo) que mi empleo convierte en papelitos con rostros de mexicanos ilustres y denominaciones de 20, 50, 100 y 200 (los que tienen plasmados números más grandes, siendo franco, los conozco poco) en discos y discos y discos. Si el dinero sirve para que yo pueda intercambiar por cosas que me hagan vivir (como el pan nuestro de cada día) o, si por llevar la contraria tomamos en cuenta la dignidad humana, que me hagan vivir mejor, entonces los discos son parte de mi canasta básica. Barriga llena, corazón contento; oídos llenos, mente ocupada, corazón rebosante.

Una cosa más, si amas la música es sólo lógico que compres discos. Y no sólo por una cuestión cultural, que resulta muy importante, sino por una económica que resulta vital. Si no compras discos, no apoyas a tu equipo. Como una escuadra de deporte cuyos seguidores no asisten al estadio ni compran sus casacas, seguro quebrarían y el equipo desaparecería. Como un director cuya película fue vista por Nadie y su siempre fiel acompañante, La Miseria; seguro que ya no le darán dinero para hacer otra, por muy obra maestra que resulte, por muy talentoso que sea. Pues la cosa es también así: si a los artistas que te gustan no les compras los discos que te gustan, se verán en aprietos para hacer más música que podría gustarte. Sí, ahí están las giras y los conciertos, pero no son un circo itinerante, sino músicos (algunos lo son, otros, muchos, sí son sólo circos itinerantes, pero ellos no nos interesan aquí), pero si son músicos creativos y llenos de alma y música, se les acabará porque, así como tú, deben alimentarse para que los engranajes orgánicos se mantengan funcionando, ya no decir hilando notas.

¿El disco es cultura? Que se note.

C/S.

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