Cinco canciones para el weekend (y II.)

Publicado originalmente el 8 de junio de 2011.

Usaría el espacio que este periódico me otorga cada viernes para hablar de lo nuevo de los Strokes y el de los Arctic Monkeys, o del cartel de ese festival que todos comentaron el martes pasado por Twitter, o de cosas así. Pero, francamente, ni me entusiasma ni me apetece. Para que quede claro, no soy un vejete que se quedó en 1977 y no escucha más. Para que quede claro, también, tampoco soy un imberbe que babea porque el nuevo de Kasabian va a llamarse Velociraptor! o que se crea el hype. Simplemente, ese tipo de cosas no me entusiasma. Lo siento.

Además de todo, no tengo por qué justificarme. O eso creo. Y como un último e innecesario argumento, si quieres leer sobre eso que comento arriba basta con entrar a [inserte aquí nombre de sitio web sobre “música”] o leer la [inserte nombre de pasquín pretensioso sobre “música” que este mes tuvo de portada, una vez más, a Lady Gaga] o ingresar a Twitter o a Facebook.

Sea como sea, disculpe usted, lector, mi sermón y vayamos al grano. Hoy tengo ganas de hacer listas (los mapas de los obsesos, las migas de pan a lo Hansel y Gretel que uno va dejando para no perderse en el camino) y van, una vez más, listadas las 5 canciones que hay que oír durante el weekend. Funcionan para fiestear, beber, bailar, follar, pero también para quedarse en casa, tirado en la alfombra o en el futón. Vamos a hablar de Música, entonces. La lista no incluye un orden jerárquico, por supuesto. Son sólo cinco canciones. No es mucho más. Ojalá funcionen.

1. Nashville Ramblers, “The Trains”. Single 7”, 1986.

Tal vez nunca hayas oído a los Nashville Ramblers y no tendrías por qué. Hasta ahora. Si has posado tus ojos en estas letras, entonces estás avisado de que te vas a enamorar de ellos. O al menos, de sus pocas canciones que han sido editadas. Formados en San Diego, California, en los 80, en medio de una época gloriosa para la música de la ciudad (dos otros nombres: The Shambles y The Tell Tale Hearts), han pasado los años yendo y viniendo, tocando intermitentemente en lugares oscuros. Sus gigs, se dice, son maratones interminables de canciones rarísimas, entre temas propios que nunca han salido en disco y versiones a oscurísimas joyas de los años 60. Majaras. En 1986 lanzaron The Trains, una de las canciones más bonitas de Toda La Historia, una obra maestra que debería vivir por siempre. Si un día queremos convencer a los extraterrestres de que hubo vida inteligente en el planeta, habría que enseñarles esta canción, no tanto la Mona Lisa. The Trains no tuvo mucho éxito, aunque con el pasar de los años ha aparecido en recopilaciones (The Roots of Powerpop, un discazo; It’s A Mod Mod World, sólo para clavados y la ya legendaria caja Children of Nuggets), así que las nuevas generaciones la han podido escuchar y cada vez funciona mejor. Ugly Things lanzó hace poco una reedición del 7” y es un obligado en cualquier colección medianamente respetable. Una de las mejores canciones que se han hecho. Gracias, Nashville Ramblers.

2. Stereolab, “Fluorescences.” Del EP Fluorescences, 1996.

Sí, puedo ser un poco predecible, pero es que nunca he podido resistirme a Stereolab. Son una locura. Ruido electrónico aquí, sonidos espaciales acá, cool jazz por el flanco norte y sunshine pop por el sur. No les cuelgues, por favor, etiquetas absurdas, post-lo-que-sea y toda esa basura. Son simplemente música genial. Fluorescences fue lanzada como EP en un año que dio bastantes buenos discos, casi todos del viejo continente y aún así destaca. Y es que si la música de Stereolab siempre hizo honor al nombre, aquí todo se vuelve más efervescente y extraño: es como una canción muy volada de Chris Dedrick y sus Free Design, pero eléctrica, electrónica y muy jazzy. La letra es pura psicodelia, pero la música es puro Stereolab. Laetitia canta como si fuese a seducir a la Hal-9000, acompañada de una orquesta espacial (is there life on Mars?) tarkovskiana. Y es que Stereolab siempre ha sido un grupo que hace música emocionante y matemática, visceral y calculada, amorfa y geométrica, ruidosa y armónica. Es vieja nueva música o nueva vieja música. Es el pop más inteligente que hay y también el más divertido. Arty AND catchy. Situacionismo, arte pop, dadaísmo, futurismo, psicodelia, jazz. Todo lo bueno hecho grupo. Lástima que Mary haya partido para siempre y que sean un satélite inactivo.

3. Billy Bragg, “Levi Stubbs’ Tears.” Del disco Talking with the Taxman About Poetry, 1986.

Ojalá el mundo escuchase más a Billy Bragg, el verdadero working class hero. Armado de su guitarra (esa máquina que mata fascistas, señor Guthrie) ha hecho de sus canciones la poesía del XXI. Contó alguna vez que, a pesar de que se paraba ante la gente sólo con una guitarra conectada a un amplificador a cantar sobre política y amor, nunca se imaginó que era un Bob Dylan, sino más bien que era The Clash completo. Más cercano a la ética punk que al sermón, Billy Bragg ha escrito algunas de las canciones más importantes de este cambio de siglo, siempre viendo cosas que nadie más ve y diciéndolas con todas sus letras. Su activismo le ha generado no pocos enemigos, pero su música le ha granjeado más afectos que nada. Cuando es político, es incisivo. Cuando es romántico, es un jodido golpe al hígado, un KO seguro. Como en Levi Stubbs Tears, la historia de una chica (¿o un chico?) sin más en el mundo que sí mismo y que, sin embargo, sabe que todo está bien cuando pone su disco de los Four Tops a girar. Una carta de amor a Motown y a Levi Stubbs (uno de los cantantes más geniales de todos), pero también a la música. La Música. Escuchar a Billy Bragg cantar esto de verdad estremece.

4. The Dirtbombs, “Chains of Love”. Del disco Ultraglide in Black, 2001.

Mike Collins, ya lo he dicho, es un tipazo. The Gories es uno de mis grupos favoritos de siempre y The Dirtbombs no se queda muy atrás. Su furioso garaje y su negritud me han hecho mantener la fe en la música de guitarras por muchos años. Cuando todo parecía perdido, ahí estaba de nuevo Mike Collins con su impecable traje negro, sus gafas oscuras, sus seis cuerdas y el amplificador con un lápiz encajado en la bocina, para la distorsión. Ultraglide in Black es un discazo lleno de versions funk y soul; la abridora Chains of Love, original del soulman J.J. Barnes, es como un choque de trenes. Aunque bailable, si sabes lo que digo. Nadie se queda indiferente ante Chains of Love. Tal vez un muerto (y hay muchos caminando por las calles de la ciudad, cuidado), tal vez alguien con un gravísimo problema de frigidez. O tal vez ni siquiera. Adrenalina de verdad, no rock pasteurizado del que se vende ahora en cada esquina.

5. Flamin’ Groovies, “Yes It’s True”. Del disco Shake Some Action, 1976.

Los Flamin’ Groovies aparecieron en 1969 y nadie les hizo caso, pero con el tiempo se convirtieron en una banda seminal: el punk y el powerpop les debe demasiado, una deuda como de país tercermundista que jamás será compensada. Su himno más conocido sea probablemente Shake Some Action, pero hay otras joyitas en el álbum homónimo ya de 1976. Como Yes It’s True, una canción tan adolescente que suena a 1963. En específico, parece un outtake impresionante del With the Beatles. Es decir, es una canción simple y llana de rock and roll y nada más. Pero tampoco es necesario más, si sabes lo que digo. Con una progresión de acordes totalmente beat los Flamin’ Groovies podían hacer maravillas. Tampoco es que la Música se trata de mucho más. Es una canción genial, paradójicamente, por ser tan derivativa, tan imberbe, tan urgente y tan sencilla. Héroes adolescentes, vidas suburbanas, guitarras afinadas en Mi y letras sobre chicas y divertirse. Yes, it’s true.

¿Tienes tu cinco canciones mejores para el weekend? Quisiera escucharlas. De veras.

C/S.

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