Maravillas del mundo moderno: Kamenbert.

Publicado originalmente el 27 de mayo de 2011.

Voy a comenzar con un cliché: Tengo un amigo que afirma que Kamenbert es la mejor banda de todos los tiempos.

El cliché se vale hoy porque, te pillé, creo que no tenías ni idea sobre Kamenbert. Admítelo. Y si la tenías, bueno, ya sabes de lo que voy a hablar y va a encantarte.

Kamenbert nunca vendió cientos de miles de copias. Tampoco tocaron en festivales gigantescos, ni hicieron que sus fans desmayaran. No fueron carne de tabloide ni hay escandalosos documentales de tele de media tarde sobre ellos. Nunca fueron ni serán portada de una revista musical transnacional. Jamás usaron una canción suya para sintonía de alguna pauta publicitaria. Es decir, eran PERFECTOS.

Porque, en cambio, una sola copia de sus discos es la joya de tu colección. Si tienes algún single o EP en vinilo es como el arca perdida, así de raro y valioso; si tienes la preciosa cajita de dos discos que Flor y Nata Records editó en 2006 recopilando sus grandes momentos, seguramente no la cambias por nada. Sus vídeos, en VHS o en digital, subidos a YouTube por algún obseso, son otro maldito tesoro; una especie de time machine hacia una época de idealización y puro pop. Son, en cambio, la portada de tu fanzine favorito o, mejor aún, de tu fanzine propio; son un afiche en tu pared que se reserva sólo para cosas importantes: tal vez un poster de Harold y Maude, otro de Paul Weller, uno más de Penelope Tree o de Jane Birkin. Y son el jodido soundtrack de tu vida. Ese sí, no la insulsa música que nos quiere vender cierta estación que así se anuncia. Pobres.

Y es que Kamenbert es lo mejor porque su música era adolescente, exquisita, urgente, moderna. Olvida esas grabaciones limpísimas con orquestas y violines y esos desplantes de virtuosismo a millones de notas por segundo. Con Kamenbert la cosa era distinta: anfetamínica, nerviosa, machacona, canciones pop de tres minutos sobre calle y chicas y chicos y salir a bailar y discos 7” de soul y punk.

Era 1981 en Castelldefels, Barcelona, cuando surgió Kamenbert (formado entonces por Dani, Robert, Xavi, Carlo y Manolo, una formación mod-revival por donse se le viese). La explosión del revivalismo modernista había llegado a Cataluña y calado hondo. Los jóvenes, que vivían en una ciudad gris, violenta y aburrida, estaban hartos de los cabellos largos, el rock progresivo, el jipismo y la pasividad. Unos se fueron por la new wave. Otros, por el punk, como Kamenbert, que comenzó haciendo una música de guitarras agresiva y fulgurante, adornada con impecables tejanos blancos, camisas inglesas y zapatos de boliche. Las discográficas, aprovechando la explosión juvenil y derrochando ingenuidad, estaban a la caza de cualquier grupo de chavales, por lo que hubo oportunidad de editar un 7” para DNI en 1983. Dos títulos: Tuve una novia psicodélica y Último grito. Obras maestras con guitarra, bajo, batería, voz rasposa y no mucho más. El opuesto exacto de Genesis, por decir algo.

Le siguió una maqueta sensacional, Terciopelo azul, un himno donde los haya. “Por todas partes veo terciopelo azul / En Barcelona ya no hay nadie como tú.” Incluso hoy los chicos la cantan por las calles, lo juro (¿o no, Ooh My Soul?) Tiempos fríos ya iba en clave de soul y fue la primera vuelta de tuerca en la historia del grupo. Sale Manolo (voz) y entra a suplirle una chica, Maika, una modette irresistible que dio a Kamenbert un look y un sonido mucho más sixties y negro. Y surgen más himn0s para una juventud que empezaba a entender que había algo más y que no había Próxima Cosa Grande, porque la estaban viviendo. En la diana y El negro es mi color son intentos de emular el sonido Stax de los 60. Por supuesto que se quedan cortos. Suenan amateurs. Suenan a grupo de Castelldefels que intenta desesperadamente emular a sus héroes. Es decir, suenan a pura grandeza. Suenan a música importante, a sudor y a pildoritas azules. Créeme, estos grupos son los mejores. Puedes quemar todas esas grabaciones impolutas de esos egos con cabello largo, porque al final no sirven para nada, son vacías y dicen nada. Hay más belleza aquí, en estas demos torpemente grabadas y en las cintas con grabaciones en vivo que han sobrevivido a los años, que en toda la gama de triquiñuelas de estudio de cualquier productor con casa en Elei, alberca y criados. Escúchame.

En el 86 hay desbandada y queda sólo Dani. Albert y Joan se unen y en la voz ahora hay una triada de modettes, Mireia, Charo y Mari, que graban canciones tremendas. El autobús de Tom, James Martin y Underground de mediodía (todo un tratado filosófico sobre La Vida Moderna basado, por supuesto, en el fundacional texto de Tom Wolfe) y ahora graban para DRO. Soul Nights (1987) es un EP hoy muy cotizado entre los pocos que han tenido la suerte de llenar su vida de Kamenbert. En esta época llega, también, lo que más se pareció al éxito en toda la carrera de nuestros héroes. Entran, aunque brevemente, en los 40 principales y aparecen en la televisión local. Pero hay de nuevo salidas y nuevos cambios de formación.

Kamenbert sigue girando por Cataluña, luego por España. Clubes oscuros en esquinas habitadas por scooters y parkas, por soul boys y chavales modernos, que buscan the thrill. Y, otra sorpresa, de repente son la sintonía de un programa de televisión catalán, Judes Xanguet i les Maniquins, que se transmiría en TV3. Los chicos iban creciendo, sin embargo.

Y, luego, todo terminó. No hubo más Kamenbert y cada quien tomó su rumbo. Una historia de ocho años de música y clubes y carretera se habían terminado y la vida seguía su curso, mal que mal…

Quedaron las fanzines, las grabaciones en cassette, los discos en vinilo, las fotos. Y no mucho más. Pero así es la vida. Porque en La Vida Real nuestros pequeños grupos de secundaria (un garaje, unas cervezas, un par de amplificadores y mucho ruido) no retransmiten videos en VH1 treinta años después. Eso es una farsa. En La Vida Real, las cosas se esfuman. Y quedan sólo snippets, instamatics borrosas que, ¡hey!, siempre nos permiten romantizar las situaciones, magnificadas por el recuerdo y la emoción.

De Kamenbert quedó poco para los que no lo vivimos por motivos temporales o geográficos. Pero lo que quedó da una pista de algo que seguramente fue lo más grande. Ahí están los discos (muy pocos), las demos (de mala calidad), las fotos (escasas), las anécdotas de los afortunados que sí les vivieron (gracias por algunas de ellas, Sr. Puig.)

Ya lo dijo mi amigo: Kamenbert es la mejor banda de todos los tiempos. Porque era su banda, de sus amigos, de su ciudad. Y porque, admitámoslo, me emocionan como casi nada cada que les escucho y a ti también. Kamenbert está lleno de himnos en cassette, himnos para un mundo que ya se olvidó de lo que es bueno.

Manolo, Carlo, Xavi, Robert, Dani, Maika, Joan, Carmen, Charo, Alberto, Mari, Juan Manuel, Mireia, Andrés, Emma. Working class gods. Gracias por la música y por la emoción.

Esta va para los drugos que aún se creen lo de if you’ve lost your faith in love and music then the end won’t be long: Sol, Ulises, Camisa, Mara Pop, Ña, Poke, Goku and the Lot. Nos leemos.

C/S.

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