Un poco de jazz en Europa.

Publicado originalmente el 6 de mayo de 2011.

La historia del jazz en Europa comenzó a Original Dixieland Jazz Band, la primera en hacer grabaciones de esta nueva música del nuevo mundo en 1917. Fue en 1919 cuando este grupo que venía precedido de varios proyectos integrados, como debe ser la música de verdad, visitó Londres y tocó en el Hipódromo. Los libros lo tienen como un gig controversial: la aristocracia londinense, portando el dominguero y sendos binoculares para la ópera, veía en menos a este grupo de desquiciados que brincaban por el escenario como demonios. Por fortuna el Rey Jorge V, padre del heroico tartamudo al que se le ha hecho una película recientemente, demostró que el primer gran éxito del jazz, el Tiger Rag, le había encantado: soltó una carcajada y aplaudió con un gesto grande, que se notase. Sólo entonces el público se relajó un poco y se divirtió.

Unos años después, en el 26, Paul Whiteman (a quien la prensa llamaba entonces el Rey del Jazz) también tomó la capital del Reino respaldado por su espectacular Orquesta. De nuevo controversia: los más puristas decían que Whiteman (1890-1967) era demasiado superficial y cuadrado para la sensibilidad del jazz (despreciaba la improvisación, por ejemplo), pero incluso Duke Ellington (otro notorio anti-improvisación) le llenaba siempre de elogios. Lo importante es que Whiteman llevó a Londres una de las piezas musicales más importantes de la Casi-Siempre-Miserable y Sólo-Muy-A-Veces-Poética Historia de la Humanidad: Rhapsody in Blue, de George Gershwin (1898-1937), un tipo que sí que merece la beatificación por su contribución espiritual al mundo, aunque tampoco la necesita. De Londres siguió París. Luego Berlín. El jazz tomaba por sorpresa al Viejo Mundo, que tenía que apartar la vista del espejo en el que se miraba sin apenas notar que en todos lados estaban sucediendo cosas que iban a cimbrarlo.

París adoptó esta nueva música como ninguna otra ciudad de Avrupa, tierra mítica de por sí. A pesar de que Londres fue, de nuevo, escenario de dos episodios magníficos en el 32 con la visita de Louis Armstrong (1901-1971) y en el 33 con la del “Duque” Ellington (1899-1974), el gran acontecimiento sucedió en Civitas Parisiorium con la fundación del Hot Club de France, un garito del diablo en donde La Música ocurrió. Los bohemios habían dejado herencia. En el 34 surge el Quintette du Hot Club de France, el primer grupo de jazz europeo que podía enfrentarse cara a cara a uno americano sin marrullerías ni miedos. Y es que en su alineación había dos übercracks, capaces de hacer palidecer al mismo Mefistófeles cuando tomaban su instrumento: Stephane Grapelli (1909-1997), un violinista fuera de serie y Django Reinhardt (1910-1953), un gitano cuyo nombre pone a temblar de emoción a cualquier musicómano. Si la historia de la humanidad fuese justa y sensata, los libros hablarían de esto y no de algunas lelísimas e inutilísimas monarquías o de dictadores peleles. Estos son los nombres que importan.

Pero siempre se estropean las cosas. En septiembre de 1939 estalló la Guerra. Europa se volvió idiota. Cuando llegaron las primeras noticias sobre las belicosidades el Quintette estaba en el Reino Unido. Grapelli decidió quedarse. Los demás, incluyendo a Django, regresaron a Francia para encontrarla reprimida y triste. Por fortuna, pudieron continuar con su carrera, aunque con muchas limitaciones y cuidando las formas, pues había demasiados ojos sobre ellos.

Y es que la idea de la “pureza cultural” permeó todo territorio ocupado. Y es que ese grandísimo imbécil, Josef Goebbels, veía en expresiones como el jazz un concepto despreciable: no sólo era subversivo, rítmico y muy americano, sino una doble amenaza (como Leonard Zelig), al ser un producto “impuro” concebido por los negros, los judíos, los gitanos. Ya desde el 38 en Alemania había una ley (?) que decretaba que sólo podían comercializarse discos de artistas arios y el régimen quería hacer extensiva esta idiotez. Conocidas son esas emocionantes historias de los Swing Kinder, chavales alemanes que en los años 30 no sólo se oponían a las ideas nazis y a las juventudes Hitlerianas (una especie de perversos scouts), sino vivían en la total subversión bailando y escuchando jazz, viviendo y vistiendo a la americana y arriesgándose a perder la vida por una buena pieza de música. Héroes, donde los haya. La mayoría eran de St. Pauli, ese extraordinario distrito liberal de Hamburgo. Esto sí es contracultura.

La canción popular en los estados ocupados o aliados a la causa se convirtió en una completa basura. Como lo cuenta entre nostálgico y horrorizado Umberto Eco en La misteriosa llama de la Reina Loana, las tonadas tradicionales de ragtime, de jazz o de canción popular eran mancilladas con letras pro-fascismo/nazismo, una joya para los coleccionistas, una vergüenza para la historia. El jazz sobrevivió, como en otros tiempos, en el bajotierra, en tugurios, escabulléndose entre túneles y callejones, preservándose para que los que nacieran después aprendieran un poco y no repitieran los errores del pasado. Los soldados americanos llevaban, también, discos de jazz y escuchaban, en radios de onda corta, programas dominados por piezas sincopadas.

Tras la guerra, el jazz se quedó en Europa. Incluso, copulando con la cultura británica, hizo nacer a una de las subculturas más definitorias del XX, la de los Modernistas, Mods. Comenzó como una batalla entre tradicionales y vanguardistas, pero la discusión siempre gravitaba en torno a esa música caliente y peligrosa. Hoy, los que saben siguen discutiendo lo mismo. Jass it up, boys!

C/S.

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