France Gall, petite lolita pop.

Publicado originalmente el 9 de marzo de 2011.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. LO-LI-TA. La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes.”

Así comienza Vladimir Nabokov su gran novela, Lolita, ese hito del siglo XX. La historia de un hombre maduro que se enamora perdidamente (en todos los sentidos de la palabra) de una jovenzuela en apariencia inocente, pero que –en el fondo– resulta una tremenda manipuladora, fue uno de los grandes escándalos de la época (se publicó en 1955) y ayudó a crear un ícono fascinante de la cultura popular que comenzaba a nacer y a esparcirse alrededor de esta enferma y colorida esfera azul llena de bípedos con cerebros infrautilizados y corazones que sirven de nada. Un genio, Nabokov.

Pero hablemos de música. O tal vez no…

La lolita francesa es un espécimen muy peculiar en esta historia del Pop. Los ha habido siempre y los habrá. Esos franceses, tan extraños, que dicen una cosa y hacen otra (¿o no Arsène Wenger?); esas francesas, llenas de intriga, que fueron de una vez por todas romantizadas para la era del sonido y de la imagen por el cine (dos acontecimientos: la Bardot y la Nouvelle Vague) y por esa no menos bizarra ola ye-yé galoise de los años 60. Asterix nunca se imaginó lo que iba a desencadenar.

No sé a qué se debe, pero supongo que hay algo esencial en estas filles pop que han puesto el mundo de cabeza. Mientras los americanos se han obsesionado con esa idea de lo sexy epitomizado por dos gigantescos bultos de carne acolchonada y saltona, por aquellos lados siempre entendieron lo que ahora ha hecho rico y famoso al Rebel Mayhem: la insinuación y el juego resultan mucho más atractivos y fascinantes. El anunciar y no mostrar dejará al público en vilo, siempre. Es una fórmula que rige más de un “producto cultural.” No podemos mentir ni disimular, porque así es la cosa.

Como sea, el epítome de la lolita pop francesa, y que me disculpen todas las demás que llegaron tarde, fue una rubia llamada Isabelle Geneviève Marie Anne Gall, un nombre con el que no llegaría ni a la boulangerie de la esquina. Por eso se transformó en France Gall, la chica ye-yé a la que todos conocemos y amamos. Comenzó su carrera temprano en los 60 y a los 16 años ya tenía un single en las listas, Ne Soit Pas Si Bête. Su padre, por cierto, era su manager y controlaba cada aspecto de su carrera, diciéndole cómo debía vestir y eligiendo las canciones para ella.

Todo habría quedado en anécdota, pero algo estaba ocurriendo en Francia entonces; algo tan grande, Bonaparte pop-art, que resultaba incomprendido en el momento porque tenían que pasar años, décadas, para valorarlo. Ese algo tenía nombre: Serge. Y apellido: Gainsbourg. Ese perverso músico/monstruo algo-gitano algo-judío algo-francés y totalmente visionario estaba decidido a voltear al mundo de cabeza y nada iba a detenerlo. Pero, claro, era demasiado sofisticado como para ensuciarse las manos.

France Gall fue su primera gran arma. Ya exitoso en ciertos niveles de la canción francesa, compuso un primer tema para la núbil artista, que ya perfilaba para gran ícono juvenil. Era 1964 y la industria pop era un campo de juego gigantesco en el que casi todo valía porque casi nada se sabía. La primera intención de Gainsbourg, un vicioso bicho con el talento del mundo, era pervertir a la juventud mediante una pequeña de cabellos dorados, cuyos bailecitos tiesos en escena no prometían una gran carrera. Primero fue N’écoute pas les idoles. Luego, en 65, ese himno a-go-go Laisse tomber les filles (manoseado y malfollado por gentuza como Tarantino en la década pasada.) Ese mismo año ganan, juntos y representando a Luxemburgo, el entonces prestigioso concurso televisivo-musical Eurovision con Poupée de cire, poupée de son. La canción, pegadiza e irresistible, es en realidad uno de los más brillantes doublés-entendres de Gainsbourg, en el que France Gall canta a todo pulmón que es una muñeca con la que cualquiera puede jugar. Otro clásico Gaoinsbourg-Gall es la perturbadora (pero imperdible, con ese riff asesino) Dents de lait, dents de loup, en la que France alega tener dientes de leche y Serge la amenaza con sus dientes de lobo. Baby Bop es una de las canciones más perversas y pegadizas de la historia del pop. Lo mismo le gusta a un niño de 7 que a un anciano de asilo. Así se las gastaban estos dos.

Pero eso no era nada aún. Entre hit y hit, la France dañaba seriamente las listas, y no sólo las francesas. Y, así como así, llegó Les Sucettes, de nuevo escrita por Serge. En ella, France cantaba con inocencia acerca de una niña cuyo pasatiempo favorito consiste en succionar paletas de anís que compra en la drugstore de su calle. France Gall siemore ha alegado que nunca entendió lo que el Gainsbarre quería decir hasta que un tercero le explicó; hay quienes creemos que la chica cantó todo sabiendo que lo hacía. Pero no nos pondremos a debatir. Mientras esto se discutía, France Gall cantaba, aún siendo la muñeca de sonido/muñeca de cera de Gainsbourg, acerca del LSD, la pena capital, el sexo (siempre disimulado, teaser) y la vida alocada de la época. Un hit.

Llegó el rompimiento con Gainsbourg y France se dejó crecer el cabello y se adaptaba a las modas pop, siempre acertada: que molaban los jipis, cantaba a lo jipi; que molaba lo más serio, ponía cara de gravedad; que había que hacer cosas más ligeras, canciones-brisa-fresca-para-el-verano-technicolor, las hacía. Se fueron los 60 y France Gall era ya ícono. Llegaron los 70 y seguía vendiendo lo que le entraba en gana, ahora apadrinada por su nuevo esposo Michel Berger, que también componía. Con los 80, llegó también un declive en el que comenzó a cantar en musicales y mejor se dedicó a proyectos humanitarios. Sufrió lo suyo (una hija suya con Berger falleció en los 90 de una enfermedad de la que nunca se habló en público) y desapareció de la faz de la tierra, dedicada a sus cosas. Pero ahí está su exquisito pasado, del que jamás podrá escapar. Del que jamás podremos escapar.

Íconos pop hay pocos, aunque parece que pululan por todos lados. France Gall debe ser uno de ellos, una precursora, una lolita que precedió a todas las demás, la original, la de la voz de bebé cantando en dobles sentidos que (eso se cree) ni ella entendía. Una muñeca de sonido. La Lolita de Nabokov, encerrada para siempre y heredada a la posteridad en forma de disco de 45 revoluciones por minuto. Y al ponerlo a girar, el corazón

C/S.

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