Discos que importan: The Jesus and Mary Chain, Psychocandy.

Publicado originalmente el 28 de enero de 2011.

El wokandwoe, chica, esa música primordial, es lo único. Yo aún creo en ella, a veces, sólo a veces, cuando me pongo los audífonos o me largo a destrozar los zapatos en una fiesta; creo en esta música, nuestra música (supongo que es nuestra, nos la hemos apropiado, robado), cuando escucho a las Ronettes y cuando escucho a la Velvet. Pura armonía, puro ruido, pura inmediatez y fuerza y calentura y euforia. Todas esas cosas que el jodido rock de estadio nunca será; todas esas cosas que esos imbéciles peludos con penosas camisas de cuello puntiagudo y esos cretinos oídos blandos no comprenderán nunca. Nuestra música es roja con flashes púrpura, ruido primal y descarado, fiebre y obsesión mortal.

Nuestra música es punzante y eléctrica. Es Phil Spector y sus colosales murallas de sonido, es esa voz negra y alborotadora y también lo es esa guitarra disonante y provocadora, atada a una vieja bocina de bulbos. Es puro ritmo bestial y melodías de Brian Wilson y no mucho más, pero yo no quiero más.

Por eso Psychocandy de The Jesus and Mary Chain, es uno de nuestros discos. Mis discos. De esos que están siempre sonando, en el tocadiscos o en la cabeza; es esa píldora que un día nos comimos y que se niega a abandonar el sistema y cada vez la cosa va peor. Lanzado en noviembre de 1985, fue un BUM necesario para el mundo que, a esas alturas, ya podía irse mucho a la mierda. Cuatro escoceses salidos de East Kildare, un lugar sin opciones, sin futuro y con apenas un mísero pasado: fue construido tras la Segunda Guerra Mundial como un New Town a las afueras de Glasgow y fue llenándose de inmigrantes y sobrevivientes. Años después Jim y William Reid, hermanos, vagaban por las calles sin mejor cosa qué hacer que mearse en las esquinas y escuchar el White Light/White Heat de la Velvet Underground. Aburridos de tanta acción, decidieron que lo mejor era formar una banda. Lo hicieron, por qué no. Se armaron de guitarras, cosa extraña en una época en que todos sumían sus grasientos dedos en pueriles sintetizadores y reclutaron a un bajista, Douglas Hart, y a un baterista, Murray Dalglish, quien tiempo después se marchó y fue reemplazado por Bobby Gillespie, de Primal Scream. Las primeras demos parecían rehechuras de viejas canciones de las Shangri-Las llenas de feedback y ruido. Todo elemental, tanto que Hart arrancó dos cuerdas a su bajo ya que no las utilizaba, jamás. Los gigs: sesiones de un interminable zumbido de guitarras, dilatadas versiones de himnos de Syd Barrett y Jefferson Airplane, puro wokandwoe. Por algo les fichó Alan McGee, el maverick de Creation Records, con quienes grabaron un single, Upside Down.

Pronto ficharon para Blanco y Negro, con quienes lanzaron otros tres singles y Psychocandy. Y el rock nunca murió, a pesar de que agonizaba en esas estúpidas épocas. Estos cuatro insignificantes sujetos, cantando sin afección alguna sobre chicas, sexo, sustancias y calle, haciendo un ruido que causaba jaquecas (dulces jaquecas) y peleas; los días de todo en rosa y synths amadamados estaban por terminar. Desafiaron a todos a lo Sex Pistols pero con estribillos pop en armadura de muralla de sonido discordante a lo Lou Reed en Metal Machine Music. Regresaron a nuestra música a su modo más elemental para llevarla luego en otra dirección, lejos del MOR radial y esa basura corporativa. Había qué destruir ese “mundo lleno de Dire Straits”, como bien lo dijo Gillespie, y devolverle a nuestra música su sentido y su esencia. Apenas comienza a sonar Psychocandy (ese intro a lo Ronettes, ese acorde afilado, esa voz elocuente, ese coro épico) y la sangre hierve. La locura. La vida.

Resulta ocioso buscar qué es lo mejor del disco, porque lo tiene todo. La irónica cubierta frontal, el ruido (¡el ruido!), las melodías fáciles, el ritmo básico (un tambor violento y otro de piso), The Living End, la actitud farruca, My Little Underground, los himnos, You Trip Me Up, las paredes de sonido, The Hardest Walk, el frenesí, Sowing Seeds, la Música, Taste of Cindy, las fotos en blanco y negro de los héroes, Inside Me, esos peinados, Something’s Wrong, el bajo insistente, Cut Dead, el eco-eco-eco-eco, Taste The Floor, la jaqueca, It’s So Hard, el azúcar y el licor, Just Like Honey, la aguja y el daño hecho, Never Understand, la Puta Poesía, In A Hole. Todo es excitante y peligroso, amenazante; todo está en su lugar, de un modo tan perturbador como sólo en las obras de arte; todo es caos, brillante y espectacular; todo es contradictorio, extremo, al filo del abismo; es el shoegaze antes del shoegaze y el rock después del rock; es el anarquismo de Stirner; es Emma Goldman transformada en vibraciones sonoras que rompen todo.

Gillespie también se marchó tras Psychocandy para concentrarse en su Primal Scream, otros clásicos. Los gigs, acontecimientos importantes, duraban veinte minutos de distorsión y violencia; giraron codo a codo con Sonic Youth y de su simiente nacieron los Pixies, My Bloody Valentine, Spiritualized. Protagonizaron historias sórdidas, fueron adorados por John Peel y se dedicaron a lanzar más discos, a girar por todos lados, siempre andando aquí y allá sin afección. Escaparon de East Kildare y del aburrimiento. Hicieron ruido hasta 1999, cuando el grupo terminó. Se reunieron en 2007. Son un culto entre los que saben.

Nuestra música es punzante y eléctrica. Nuestra música es ésta.

C/S.

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