I’m a sucker for girl groups.

Publicado originalmente el 21 de enero de 2011.

Sí, los grupos de chicas me ponen demente. Tonto. Me convierto en un memo babeante, un Pepe Le Pew con peinado mop-top y una pinta mucho peor; comienzan a sonar las primeras notas, o comienzan ellas a cantar en ese tono que me sé de memoria, pero que aún quiebra el alma como la primera vez, y me vuelvo más lelo que un cachorro persiguiendo su cola, aunque mucho menos tierno: supongo que debo verme como Stimpy, el oligofrénico de las caricaturas. Me cuentan que una vez que, en una fiesta, hubo una sesión tremenda de canciones de girl groups, me puse peor que si me hubiese acabado la cava entera del anfitrión. Dicen. Pero les creo.

Entre la primera muerte del rock and roll en febrero de 1959, cuando se desplomó el avión en el que viajaba Buddy Holly (the day the music died) y febrero de 1964, cuando los cuatro melenudos invadieron los Estados Unidos armados de discordantes guitarras y mucha caspa, existió un universo musical tremendo al que aún hoy no termina de hacérsele justicia. Nik Cohn en su célebre libro Awopbopaloobop Alopbamboom (1970) describe esta época como un limbo en el que todos querían estar: cantantes prefabricados que despertaban instintos maternales en las señoras mayores, música high school con muchachitos brillantes de Ivy League cantando sus desamores, los últimos gemidos del doo-wop, el gigantesco soul que levantaba la voz desde Memphis y Detroit, surf californiano e idílico que se pasaba de dulce, cretinos bailes de moda (como el Twist), las novelties de turno y la lenta decadencia de Elvis y todos los primeros héroes del wokandwoe; en Inglaterra estaban el muy zopenco pero divertido y fundacional skiffle y el sofisticado jazz moderno. Pero entre toda esa caterva de voces y peinados, estaban los grupos de chicas, con su sofisticación, su sonido efervescente y una lujuria por vivir que poco se disimulaba. Iban a por el mundo. Y lo tuvieron en sus manos.

No hablo de cualquier grupo con chicas, aunque esos también me transforman en el lobo salido y rijoso de Tex Avery. Hablo de esos grupos con sonido inigualable e inconfundible, de esas chicas que cambiaron la historia de la música para siempre en apenas unos años y luego dejaron paso a lo que viniera. Hablo de esa música esencial que nacía del Brill Building, en Nueva York, donde muchos compositores trabajaban componiendo canciones a destajo, entre ellos nombres como Burt Bacharach y Hal David, Gerry Goffin y Carole King, Barry Mann y Cynthia Weil, Ellie Greenwich y Jeff Barry, Doc Pomus y Mort Shuman, Neil Sedaka y Howard Greenfield o Jerry Leiber y Mike Stoller. Hablo de esa revolución que nació tras las gafas de Phil Spector, ese soseras que un buen día decidió dominar el mundo y descubrió que la mejor manera de hacerlo era detrás de una consola en un gran estudio de producción. Hablo de las Chantels lanzando, en 1958, el single que lo empezó todo: Maybe. Era un grupo de cinco chicas, cinco amigas del Bronx, todas cantando.

La fórmula: un grupo de chicas bien peinadas y mejor afinadas, un productor cuya sombra estuviese siempre presente, canciones ingenuas pero intensas y una disquera dispuesta a explotar el menor detalle: coreografías, vestidos, caras bonitas, personalidades encantadoras y vulnerables. Negras, blancas, amarillas. Voces perfectas. Paredes de sonido. Letras sobre chicos, sobre sueños, sobre La Próxima Cosa Grande. Sobre sábados por la noche. Sobre la escuela, la calle; sobre las Cosas Que Importan.

Luego llegaron las Shirelles, magníficas. Will You Still Love Me Tomorrow sigue siendo, hoy, una canción pop perfecta. Entonces fue No. 1 en todo el mundo. El maldito big bang.

Nombres siguieron y cada grupo se acercó peligrosamente a Lo Perfecto. Flirteó con él. Hizo que las sacara a bailar, les comprara la cena y luego le botaban, dejándole con ganas de más y con una oligofrenia que no podía con ella. Así. Y con sello Philles o Red Bird o Motown, aparecieron las Crystals, las Ronettes, Darlene Love, las Shangri-Las, las Dixie Cups, las Jelly Beans, las Cookies, las Chiffons, las Exciters, Dee Dee Sharp, Little Eva, Leslie Gore, las Marvelettes, las Supremes, las Vandellas… Las Crystals y las Ronettes producidas por Phil Spector, gritando historias de corazones rotos y de mañanas de resaca para comenzar de nuevo. Un éxito. Qué emoción. Las Ronettes pueden presumir de haber cantado una de las mejores canciones de la historia del pop, si no es que la número uno (pregúntenle a Brian Wilson): Be My Baby. Una obra maestra. El jodido Louvre le queda chico y, como bien reza el slogan del museo Stax, ahí ni bailar se puede. Las Crystals no se quedan atrás con Then He Kissed Me o el chiclebomba Da Doo Ron Ron. Las Shangri-Las le cantaron al Leader of the Pack aunque nunca llegaron tan alto como con Remember (Walkin’ In The Sand) que hace que los pelos se pongan de punta. Las Cookies fueron versionadas hasta por los Beatles (Chains); las Chiffons fueron, tiempo después, incluso plagiadas por Harrison (He’s So Fine) y las Exciters hacían honor a su nombre cantando Tell Him como si fuese lo último. Dee Dee Sharp y sus Mashed Potatoes fueron de las mejores novelties como también el Locomotion de Little Eva o la lacrimosa It’s My Party de Leslie Gore. De Detroit, claro, salieron las Marvelettes con su Please Mr. Postman (de nuevo versionada por los mariachis de Liverpool), las Supremes pedían Stop! In The Name of Love y las Vandellas, lideradas por Martha, cantaron un himno histórico en Dancing In The Streets.

Y estas, chica, las digo de memoria.

Inglaterra, como respuesta, dio voces como Dusty Springfield, Sandy Shaw, Twinkle o PP Arnold. Y, claro, a los Beatles, que absorbieron la influencia y le dieron el giro que todos conocemos. Ahí comenzó el fin para los grupos de chicas. Pero los clásicos serán siempre modernos, así que ahí siguen los singles y las reediciones, las recopilaciones y los homenajes. I’m a sucker for girl groups. Quién no. El mainstream pocas veces vio tanta belleza ni tanta fuerza real. Muchas han querido imitarles y terminan, mejor, enseñando el ombligo.

Larga vida a los grupos de chicas.

C/S.

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