Astrud: Lo nuevo.

Publicado originalmente el 10 de diciembre de 2010.

Qué desconcierto y qué placer es poner a girar Lo Nuevo de Astrud. Es una maldita joya si logras abrir los oídos. Esos barceloneses, así como así, entran al edificio donde vives, le prenden fuego sin siquiera hacer ruido y lo ven explotar, de lejos, con una sonrisa apenas leve, bebiéndose una botella del mejor vino. Eso sí, antes se llevan todos tus discos que valen la pena, que son poquísimos; tampoco te darías cuenta. Los otros los dejan, junto a la basura de libros que lees, tu espantoso guardarropa y tus mediocres aficiones (a las que, subnormal, pedazo de cócora, osas llamar obsesiones.) No queda nada. Para qué.

Manolo y Genís, cuenta la leyenda, se encontraron en los ya lejanos 90 en un gig de Pulp. El primero, lacónica voz y mordaces letras-dagas-al-corazón; el segundo, teclista, dedos entrenados para matar en 5 pulsiones de nota; un dueto para conquistar el globo. Todo les parecía una mierda. Lo era. Al inicio, lo suyo era un synth-pop con innegable eco de la infame Movida; canciones inteligentes, aunque aún rudimentarias, que tomaban lo mejor de todos los mundos. Al poco tiempo, el sonido de Astrud era inconfundible, una especie de hijo espurio –aunque hermoso– de la chanson francesa más estirada, vinocárdena y prosopopéyica y el New Wave más corrosivo. Tres discos, Mi fracaso personal, Gran fuerza y Performance (99, 2001 y 04, respectivamente) les convirtieron en cult band entre los iniciados, en soundtrack de rituales de santería pop y en blanco del odio de montones de anodinos que entienden absolutamente nada.

Muchos grupos ibéricos hicieron BUM en la primera década del XXI, pero ninguno se parecía, ni de lejos, a Astrud. Complejos, cantando en un tono de humor cáustico y muy fino, una música con sabor añejo y refinado, melodías extrañas, no-melodías pegadizas, epinicios para los marginados interpretados por expertos en esta cosa de cantar canciones así en abstracto, irradiando una perturbadora alegría fuera de contexto. Un rompecabezas con piezas distintas y de otros colores que, no obstante, encajaban. Al enmarcarlo y colgarlo en la habitación, se descubría una precursora obra de arte, un dibujo retorcido y prodigioso: no se sabe qué va primero, si la rima o la idea.

Lo Nuevo (Elefant Records, 2010), que así se titula lo nuevo de Astrud, es un nombre irónico. Pasemos de la obviedad, porque funciona en muchos niveles. Para empezar, es un disco de Astrud con el Col-lectiu Brossa, un conjunto catalán de música de concierto. Es decir, Manolo cantando, con su impostada expresión de santo eclesiástico de pacotilla, sus icónicas letras sobre una música de sintetizadores, violines, chelos, vibráfonos, acordeones, zanfonas y guitarras. O, dicho de otro modo más temerario, pop + música clásica que funciona de verdad, sin sonar pomposo ni adulterado. Además de todo, Lo Nuevo es una especie de reinterpretación de canciones del pasado, sólo que con un nuevo tratamiento musical-estético-filosófico; sólo hay dos temas nuevos y son como para ponerse de rodillas: Lo Popular (“porque lo viejo es nuevo y lo culto, popular”) y La música de las supercuerdas, épica. Pero es LO nuevo, entiende: nuevo rumbo, nuevos sonidos. No es un disco de cerrar etapas, ya lo dice su disquera, como cualquier burdo cedé de grandes éxitos; más bien es como esa inexplicable y volátil escena en 2001: Odisea del espacio en la que el viejo ve pasar su vida, en una barroca habitación sideral, para luego morir y dar paso a ese majestuoso plano del embrión del niño de las estrellas, el próximo paso de la evolución, el Superhombre, La Próxima Cosa Grande. Lo nuevo, ya ves.

El álbum es resultado de un experimento que comenzó hace cosa de un año. Astrud, con formación de mini-orquesta con el Col-lectiu Brossa, se decidió a tocar en masías catalanas, en auditorios, aquí y allá. Cuando se les preguntaba a Manolo o a Genís si habría nuevo disco, evadían diciendo que cuando hubiese canciones para ello, lo harían. Aquí está. Nada sobra, nada falta. Los fieles, seguiremos siéndolo. Y cómo no. Este par, sin echar mano de riffs de bosta, de cursilerías innecesarias, de anómalos disfraces, de escandalitos de ocasión para tabloides insanos ni de trucos de los que la imbécil fauna del pop está acostumbrada a recurrir para suplir la falta de talento, ha hecho lo que se debe hacer: buenas canciones. Eso y nada más. Hoy sobran rostros. Canciones es lo que hace falta.

Canciones las tiene Astrud. Cambio de idea, Miedo a la muerte estilo imperio, Minusvalía, El vertedero de Sao Paulo, La boda, Noam Chomsky, Esto debería acabarse aquí… Canciones que importan. Esto sí es pop: ser espejo y reflejar, ver el hilo secreto, invisible de tan fino, y ser aguja e hilvanar. Lo viejo es lo nuevo y lo culto, popular. Gracias, Astrud.

C/S.

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