Woody Allen: Clarinet kid.

Publicado origilamente el 19 de noviembre de 2010.

Woody Allen es lo puto crack. Woody Allen es Woody Allen. Ya he dicho.

Tío Woody es puro cine, pura música, puro jazz. Pura vida.

Hay un personaje de Woody, Emmet Ray, que hace Sean Penn en Sweet and Lowdown (1999), una película sobre los años 30. Ray es el mejor guitarra del mundo. Después de Django Reinhardt, por supuesto. De hecho, Ray admira al gitano como a nadie. Lo idolatra. Un par de veces se lo topa, cosas de la vida. Y Emmet Ray sólo atina a desmayarse. Niñata, Ray.

Bueno, creo que eso me sucedería de conocer a Woody. Niñata, Cisneros.

Pero hoy no toca hablar del Allen de las películas. Nunca acabaríamos. Hablemos, mejor, de ese niño pelirrojo, Allen Stewart, que quiso mejor llamarse Woody por su héroe, el clarinetista Woody Herman. Ese plebe miope, precoz, que se encerraba en su cuarto por horas a practicar sus trucos de magia, ver revistas de desnudas y a tocar el clarinete. El que consideraba la radio y la discoteca como la verdadera escuela, que sabía reconocer miles de canciones al sonar apenas los primeros compases.

The Man, Woody, nunca sucumbió a otra música. Se puso a coleccionar discos como comida la hormiga a la que se le viene el invierno encima. Su lujuria de entertainer le llevó a los escenarios desde joven, ya fingiendo que era Bob Hope y contando historias para doblarse de risa, ya fingiendo que era Sidney Bechet y dejándose la piel y los pulmones en soplar. Que un enclenque así tocase el clarinete así era de verse.

Hay qué decirlo, sin embargo. Lo de Woody, más que técnica, es pura pasión. Es como un Little Richard del clarinete; no en lo fundacional, claro, sino en que es simple, sin rodeos, enérgico y con una actitud totalmente awopbopaloobop alopbamboom. Incluso, prefiere el jazz más primigenio, Nueva Orleans, con sabor a pastel de intestinos, pollo frito y pecan pie.

La música siempre ha sido una actividad esencial en su carrera, nunca paralela. Cuando era exclusivamente stand-up comedian, actuaba ya en pequeños clubes de Manhattan tocando jazz estilo Nueva Orleans. En 1971, año en que apareció Bananas, apenas su segunda película como director, apareció en el show de Dick Cavett tocando el clarinete. Para El Dormilón (1973), su cuarta comedia, tocó con la Preservation Hall Jazz Band en la banda sonora, impresionando incluso a los músicos más veteranos no sólo por su habilidad instrumental, sino por su enciclopédico conocimiento de su música: discos, nombres, canciones, fechas, trivia. Un potencial ganador de la pregunta de los $64,000. Sorprendente que ese hombrecillo fuese un judío, blanco, intelectual, afincado en Manhattan.

Además de la obviedad de que sus soundtracks, marca de la casa, siempre incluyen el mejor y más tradicional jazz, tío Woody toca con su grupo desde hace años, cuando no está ocupado filmando su película anual, todos los lunes. Antes lo hacía en el Michael’s Pub. Aún hoy se le puede encontrar en el Hotel Carlyle, al iniciar cada semana, tocando de un repertorio de miles de canciones que ha crecido con los años. No es barato escucharle, al contrario, pero uno se asegura una buena cena, un par de tragos y Woody Allen haciendo de Bechet.

Con su New Orleans Jazz Band, cuyo director musical es el genial y rechoncho Eddy Davis, ha esparcido por el mundo su sentimiento mitológico. Bueno, lo justo es decir que ha girado por Europa y nada más, donde el hombre es más un mito. Incomprendido en Estados Unidos, ni se diga en el resto del continente (y que conste que Montreal cuenta como de otro continente aparte, ahí le idolatran), Woody tiene su fanbase en Europa. Y, hay que ser francos, la gente allá va a verle a él, no a escuchar su música. Pero generalmente salen no sólo satisfechos, sino sorprendidos.

De todo esto da cuenta el documental Wild Man Blues (1998) de Barbara Kopple, un fascinante viaje por Europa con tío Woody liderando una extraña comitiva de músicos barrigones, calvos y totalmente uncool, enfrentándose a fanáticos cuyas señoras prefieren “sus películas chistosas de antes” y paseándose con su esposa Soon-Yi. Eso sí, haciendo gala de una neurosis antológica. Woody Allen es Woody Allen. Para fanáticos y jazz aficionados, o simplemente para una tarde de lluvia y pereza, Wild Man Blues es una buena opción.

Esta misma comitiva ha grabado, también, dos cedés que, de encontrarse, no hay qué dejar pasar por el factor novelty y por su escasez. Uno es, obviamente, la banda sonora del documental, pero también está The Bunk Project (1993.)

Sidney Bechet, Manzie Johnson, George Lewis, Johnny Dodds, Louie Armstrong. Todos ellos reviven un poco gracias a tío Woody, el muchacho del clarinete. El niño pelirrojo que ahora tiene mucho menos cabello (y ahora es blanco) que tuvo la mala fortuna de no ser negro. De no ser Bechet. Pero que tuvo la fortuna de ser Allen, el genio, la figura y poder hacer lo que se le plazca. Como tener un grupo de jazz de Nueva Orleans. Y divertirse como teenager de garaje.

 C/S.

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