Discos que importan: Mark Eric, A Midsummer’s Day Dream.

Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2010.

1969, dicen, fue un año tremendo. Todo era sórdido. Ruido, jipis, année erotique gainsbourgiano, Woodstock, progs. El hombre en la luna. Lunáticos en la tierra. Skinheads. Políticos desquiciados. Disturbios en las calles. Rock and roll. ¿El declive del imperio?

En el turbulento mundo del pop (que ya para 1969 estaba más que establecido el orden de todo hombres tras un escritorio, todo millones de billetes de banco en juego, todo engaños, todo traiciones, todo producto) un disco como A Midsummer’s Day Dream de Mark Eric es una anomalía. Lo sigue siendo hoy. En 1969, un rubio con cara de niña, totalmente desfasado, pelo largo, pinta de cualquier paseante en Frisco, lanzó una colección de canciones cuyo eco no escuchó nadie; hoy vale la pena rescatarlo, porque sigue siendo una rareza, una Gioconda apócrifa, pero con más intriga y color, colgada de la pared de un motel desahuciado. Debería estar en un pedestal. Pero así es la vida.

Mark Eric, este orate de ascendencia sueca, hizo un disco difícil de explicar. Intentemos. Por un lado es totalmente pop, armónico, suave, lleno de melodías de fácil tarareo –un criterio por el que deberían pasar todos los discos– y muy en la tradición de la Canción Total de Brian Wilson, un paralelo inevitable; por otro, es un disco totalmente subversivo en su forma, totalmente personal, anti-comercial, desafiante sin pataleos ni revoluciones gritonas: basta con llevar la contraria al establishment. Mark Eric tomó un sonido que ya no estaba de moda (y que, en realidad, nunca lo estuvo del todo), que parecía ya haber dado todo de sí con los desplantes barrocos de Michael Brown y The Left Banke, el Odessey and Oracle de The Zombies, los discos más grandilocuentes del Moody Blues y, por supuesto, el ascenso y posterior colapso total de Brian Wilson.

A Midsummer’s Day Dream es bucólico desde su título y nos da lo que promete. Aquí no hay estridencias. Sólo canciones. Pianos, cuerdas, metales, armonías vocales, guitarras. Todo al servicio de las canciones. Y nada más. Y nada menos. Puro sonido California de mediados de los 60, sunshine pop, melodías que giran en círculos concéntricos; que hablan de sol, de niebla, de las chicas del verano que desaparecen con el otoño pero dejan su olor por todos lados, como el humo de un carrujo. Puro sonido California naïf, con consciencia de serlo y encantado de conocerse. Puro Pop.

Es cierto que en algunos momentos, Day Dream suena un poco demasiado melifluo. Pero, al menos, es un sonido sincero, honesto, de un sujeto frágil, sumido en su poesía, sus libros, sentado al piano, soñando con tiempos mejores. Un sonido que debía prevalecer, que no podía morir entre las llamas de una Fender zurda; habría sido una gran pérdida. Todo estaba yéndose al carajo y de poco servía berrear. Había qué recuperar la ingenuidad para tratar de reconstruir el puzzle, que se había puesto complicado por el exceso de puntos de vista sobre él.

Day Dream es un disco de total melancolía, pero de esperanza total. Uno que llegó tarde, que debió ser grande. Uno que se escucha aún hoy con lágrimas en los ojos y la maldita piel de gallina, que funciona para viajar por la carretera y para sentarse en el living a fumar. Como los buenos discos, se convierte en un amigo. En lugar de telefonearle cuando se le necesita (y los amigos se necesitan en las buenas y en las malas: para acabar con una botella de gin, para pasar la tarde con alguien agradable o para contarle penas), uno sólo debe ponerlo a girar. Funciona cada vez. Cada vez.

Estos discos importan, duran, permanecen. Giocondas perdidas en moteles, en bodegas, en tabernas y figones de tercera, en apartamentos oscuros, que esperan a alguien que les rescate y no para pujar por un lugar en el Louvre. Solamente para ser apreciadas. Amadas. Hoy, una copia original del vinilo de A Midsummer’s Day Dream, de Mark Eric, se cotiza como el oro, por su escasez. Pero la música que contiene no tiene precio.

Así es la música que importa: una obra que obedece más al exorcismo, a la obsesión; un aquelarre en el que, de una vez por todas, saldrá del alma y en forma de canción ese Mefistófeles que quema en lo profundo.

 C/S.

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