Discos que importan: J Dilla, Donuts.

Publicado originalmente el 8 de octubre de 2010.

Dilla fue un maldito genio.

Sí, lo sé. Hoy todos lo son. Aunque no lo sean. Los que escribimos y publicamos sobre música usamos, a veces, palabras muy a la ligera. Genio es una. Obra maestra, otras dos. Es culpa nuestra, a veces, la devaluación de lo Realmente Bueno. Pero también es tuya, listener. En la entropía informativa del XXI, es muy fácil perderse.

Pero disculpa mi divagación, Holden. Estaba en que Dilla fue un maldito genio.

No encuentro otra manera de referirme a este sujeto, nacido como James Dewitt Yancey en Detroit, Michigan, gran capital de la música. Rapero, DJ, músico y melómano de verdad, no una caricatura; un tipo de cuidado. Poseedor de una colección de discos a lo Biblioteca del Congreso, pero en pop muzak, James pasó toda su (lamentablemente breve) vida escuchando y haciendo música, una liga primordial entre lo viejo y lo nuevo, un renovador, un justiciero del ritmo. Un vago armado de two turntables and a microphone, con uno y varios nombres de batalla (Jay Dee, J Dilla, Dilla Dawg) un ladrón de fragmentos musicales que después unía en una especie de monstruo de Frankenstein, pero exitoso: una creación total, una Rutina de Edén en la que la nueva vida sí trasciende.

Su fuerte siempre fueron los sampleos: tomar lo mejor de una canción (los beats, un riff, un gancho, incluso una línea vocal) para hacer otra. El método del rap. Pero Dilla no se conformaba con tomar un elemento para servir como base musical a la rima. Lo que él hacía era rehacer por completo una canción, retorciendo sus elementos, mezclándolos, derribando sus estructuras para reconstruirlas de otro modo. Sí, Jay Dee era un blasfemo, pero también un profeta. No hay revolución sin transgresión.

Prolífico y consecuente, Dilla participó de montones de proyectos: Slum Village, su primer grupo de barrio; 1st Down, un monumento a la experimentación que les valió un contrato; Jaylib, pura complicidad hip-hop. Fue productor para gente como The Pharcyde, Talib Kweli, Erykah Badu, Madlib y Common y remezcló, con gran éxito, tracks de Janet Jackson (a quien le produjo Got ‘til It’s Gone, un trancazo), Busta Rhymes, de sus héroes De La Soul y de A Tribe Called Quest. Algunos de estos trabajos se recopilan en las Dillanthologies 1 & 2 de 2009.

Donuts es, tal vez, el disco más importante de Dilla como sampler, una colección en la que el maldito genio sólo manipula las tornamesas y la mezcladora y, partiendo de lo que hicieron otros, genera un material original, sorprendente y fascinante. Es un disco especial porque, además, fue lanzado el día del último cumpleaños de Dilla, el 7 de febrero de 2006. Tres días después, murió tras una lucha breve, pero intensa, contra una extraña enfermedad de improbable nombre: púrpura trombocitopénica trombótica. Nunca se rindió. Dio shows en silla de ruedas y vivió sus últimos minutos al lado de sus tornamesas.

Construido como una colección de bases del que cualquier rapper puede disponer para rimar, Donuts contiene 32 tracks, casi todos de duración menor a los dos minutos. Hay sampleos, sin prejuicios, a 10CC, The Trammps, Luther Ingram, Isley Brothers, Eddie Kendricks, Jerry Butler, Gene Chandler, Kool & The Gang y hasta al pionero de la electrónica, Raymond Scott. Donuts es un collage desquiciado de música que muestra, además, el oído de Dilla, siempre abierto a cualquier canción que pudiese ser interesante sin importar género. De hecho, dos de los tracks más interesantes son sampleos de 10CC: la übercool Waves (que utiliza partes de Johnny Don’t Do It) y la patasparriba Workinonit (basada en The Worst Band in The World.)

Estas bases, claro, fueron utilizadas –con grandes resultados– por Busta Rhymes (Lightworks), Ghostface Killah (One for Ghost), Talib Kweli (Bye), The Roots (Time: The Donut of the Heart precisamente en una canción tributo a Dilla, Can’t Stop This.) El disco, Donuts, fue también un éxito en ventas y descargas. Y no sólo por la triste noticia del fallecimieto de Dilla, sino por la reputación que ya tenía. De cualquier modo, Donuts funciona también como colección de canciones, un álbum en la tradición de arte-objeto. Es un discazo.

En Donuts, Dilla dejó gran parte de su vida y, sabiendo que la muerte le respiraba en la nuca, vació todo lo que tenía en él. Trabajó días enteros, medicado y haciendo dietas, hasta en los más pequeños detalles del disco. Planeó cada sonido, grabó y regrabó; y cuando la masterpiece estaba lista, también Dilla. El genio.

C/S.

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