The Monkees, cabezas de chorlito.

Publicado originalmente el 24 de septiembre de 2010.

En 1966, las cosas estaban hermosamente fuera de control. La chica no podía evitarlo: gritaba desaforada, húmeda, cuando salían los cuatro greñudos en la tele, ya sin uniforme pero siempre elegantes, con esas guitarras plateadas. Y, luego, en casa de su amiga pesada, la chica escuchó el disco doble de Zimmerman y alucinó. Se fumó su primer porro, también. Llegaba por las tardes, se tiraba en la alfombra, y escuchaba todo el día ese ruidoso disco de los garrulos de Mick, Keef y Brian. La chica escuchaba cada vez más ruido, cada vez más incomprensible. La falda cada vez más arriba. Una locura.

Pero luego también la hermana pequeña comenzó a escuchar música de greñudos. La cordura no estaba de moda. Pero los delirios de la pequeña entraron por la tele: cuatro trapeadores trajeados, saltando como imbéciles, riendo sin motivo alguno, cargando guitarras y cantando incoherencias. Al menos no eran los gamberros de los Stones. No le irá tan mal, a la pequeña. Eso sí, el cuarto está forrado de posters con los cuatro simios peludos; ahora hasta a la escuela lleva una lonchera de The Monkees.

En la primera mitad de la década del 60, montones de grupos se subieron al tren de los Beatles y los Stones, queriendo llevarse parte del botín. Esto dio montones de grupos memorables de un solo single, fascinantes copias, tremendos experimentos y cantidades de música como para curar por nueve o diez vidas a un alérgico al silencio. Y también algunos esperpentos, todo debe decirse.

Los Monkees fueron un grupo que se trepó a este tren con más descaro que el grupo de garaje común. Los cineastas y productores Bob Rafelson y Bert Schneider reclutaron a cuatro jovenzuelos con buena pinta para un programa de televisión de la NBC. La sitcom seguiría los pasos de un desenfadado grupo de rock (muy ’66: camisas coloridas, cabello largo, botines) conformado por cuatro actores, que también músicos pero en menor medida, llamados Mickey Dolenz, Peter Tork, Michael Nesmith (todos americanos) y Davy Jones (un británico, how chic.) Un proyecto tan caprichoso como redituable, el show de The Monkees fue un éxito en Estados Unidos y el grupo, de la noche a la mañana, se codeaba con los Beatles y los Stones en las listas, respaldado –eso sí– por un cancionero impecable, con firmas de Gerry Goffin, Carole King, Tommy Boyce, Bobby Hart y Neil Diamond.

Irritante para muchos fue que cuatro sujetos que, al menos en sus primeros singles, no tocaban siquiera sus propios instrumentos, tuviesen tal repercusión. Irritante era hasta para los propios Monkees. Producto descarado en una época de creación, les tenían limitados en muchos aspectos: su aspecto, su personalidad y su música tenía qué apegarse a lo que el público, en su mayoría niños y adolescentes, esperaba ver. Pero no faltaba mucho para que se salieran con la suya.

Fue en 1968, tras 5 discos de estudio, numerosos singles y cientos de apariciones en todos los medios, que liberaron al monstruo. Ya en sus anteriores discos, los Monkees dejaban ver que algo traían entre manos. Si el pretexto para encerrar a estos cuatro monigotes en una caja idiota fue un show de comedia, el pretexto para demoler la prisión fue una película. Head (1968), que alguien describió como “A Hard Day’s Night en pleno viaje de ácido”, surgió de un proyecto entre Bob Rafelson y Jack Nicholson, el actor. Totalmente volados en alguna reunión con los Monkees y su séquito californiano, comenzaron una lluvia de ideas que terminó siendo un incoherente guión repleto de absurdo y psicodelia. Una receta que, claro, podía funcionar en una época de caos y color. Así que había que poner manos a la obra.

Head (llamada así por un desplante vulgar: si había una secuela el afiche podía decir “from the producers that gave you Head”) fue un fracaso. Y ni siquiera es una película deleznable. Al contrario. Convertida en objeto de culto ahora, es una estupenda locura, gran cápsula del tiempo y muy divertida. Un flick muy arthouse, con un humor que no sabe si es lelo o genial, pero le da igual. En ella, los Monkees hacen de los Monkees burlándose de los Monkees. Con ganas. Con sorna. Hay cameos de Frank Zappa (¡!), Jack Nicholson, Sonny Liston, Teri Garr, Anette Funicello. Pura anarquía: los Monkees haciendo pedazos su imagen, su show, sus personalidades impostadas, rindiéndose a la lisergia y divirtiéndose a lo grande.

El problema era que el público de los Monkees no estaba preparado para tanta pesadez. Y los demás no los tomaban tan en serio como para tomarse la molestia de ver su película.

Pero en Head había algo más. La música. La música. La música.

Nunca los Monkees habían hecho algo así, aunque se habían acercado. Con una actitud distinta, su música comenzó a sonar distinta. Arriesgada. A tono con los tiempos. Y con un sonido que iba a resultar clásico, siempre moderno. Para empezar, ahí está Porpoise Song, posiblemente el mejor momento monkee: un Mickey Dolenz medio colocado en medio de una nube púrpura de sonido. Señor Barrett, muera de envidia. Un temazo escrito por el tándem Goffin/King, que hace que los Monkees suenen eufóricos, top of the world high. Un clásico.

Ahí están también Circle Sky¸ furiosa composición de Michael Nesmith, con impresionantes guitarrazos y un coro combativo. Can You Dig It, de Peter Tork, es otro gigantesco monumento a la primera psicodelia de la Costa Este, lleno de cítaras y voces que se quiebran como espejo del Hilton en plena fiesta rockstar.

Y esos solo son tres temas. Pero también suenan Daddy’s Song (de Harry Nilsson), Long Title: Do I Have to Do This All Over Again? (de Peter Tork), As We Go Along (otra de Goffin/King), la extática Happy Birthday To You y una extraña pieza, un grito de batalla titulado Ditty Diego-War Chant, compuesto por Jack Nicholson y en la que los Monkees aceptan ser un producto insustancial, pero divertido.

Head es, posiblemente, el mejor momento de una banda controvertida por las razones equivocadas: por inofensivos, por plásticos, por livianos. Cuando el cachorro se convierte en bestia, cuidado. Podría ir a por ti. La portada del disco en su primera edición, incluso, era de película de aluminio, como un espejo para que el fan se reflejase. Qué volado, tío.

Es 1968. La chica ya no lo es tanto y no tiene remedio. Se fue, va por el mundo con unas ropas casi extraterrestres, los ojos de vidrio. Y la hermana pequeña también ha sucumbido al ruido. Y ya no sabemos qué pasará con ella. Todo por unos greñudos.

C/S.

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