Discos que importan: Funkadelic, Free Your Mind And Your Ass Will Follow.

–”La locura que desatamos por pasión es lo más cerca que nunca estaremos de la grandeza, Pànic.”

Así le dice un ratón (¡un ratón!) al protagonista de Cosas que hacen BUM, la novela de Kiko Amat, en un momento álgido del relato. Todo se construye y está a punto de desmoronarse, pero con una explosión (provocada) tan intensa que deja cicatrices por todos lados. La locura, esa cosa que si no se ha experimentado al borde no se ha vivido, es, a veces, la única manera de estar vivo.

Funkadelic siempre fue un combo de locura, en este sentido. Un happening de ritmo y colores chillantes, disfraces y apariciones. Liderados por el desquiciado George Clinton (que antes tocó en un grupo de doo-wop y soul importante, The Parliaments), esta comuna de extraterrestres con alma grande como planeta, mutó a finales de los 60 en un monstruo de varias cabezas, colmillos afilados y venenosos, traje plateado y gafas de estrella con brillantina. Su primer disco ya anunciaba de qué iba la cosa y vaya que sonaba bien: una sección rítmica pesada, el funk de la época con un mucho de lisergia y largos pasajes instrumentales. Mística espiral con lo sincopado y machacón de James Brown. No apto para squares.

Su segundo álbum tiene uno de los grandes títulos de Toda La Música y, posiblemente, incluso de la filosofía: Free Your Mind… And Your Ass Will Follow. Todo un manifiesto en ocho palabras y, por supuesto, en 30 minutos de música para lograr la emancipación bailando como poseso. Para ponerse al servicio de La Locura, de lo esencial, de abandonar el cuerpo sin dejar de moverlo por una pista. La locura como única manera de contactar con lo verdaderamente espiritual, con el más allá, con todos los dioses de la historia; la locura como eso que falta en nuestras vidas y que buscamos por todos lados, evitándola, sin embargo, cada que se nos acerca. Si supiéramos.

La locura hecha música. De veras. Eso se ha dicho –equivocadamente, además– de tanta música efectista y poco molona, de tanta música plañidera y falsa. Ok, computadora, chilla lo que quieras. ¿Sabes, blanquito, que aquí nos lo estamos pasando mucho mejor? ¿Llamas a eso locura? Yo le llamo spleen. ¿Llamas a eso viaje? Yo le llamo ir a la esquina. ¿Llamas a eso espiritual? Yo le llamo constipación.

Vamos al disco. La canción (¿?) titular es como Can, pero en plan funk y repletos de drogas: un jam de diez minutos amorfo y brillante –como The Blob–  que, carajo, resulta sorprendente de tan, tan bueno. La guitarra de la era espacial de Eddie Hazel atascado de ácido es antológica. El teclado de Bernie Worell, ni se diga. La Iglesia de los Hermanos Funk de Marte les da la bienvenida con este himno. Libera tu mente, hijo, y tu culo la seguirá. El Reino de los Cielos está allí dentro. Bebe de este lisérgico cáliz y ponte a bailar de una vez. ¡De una vez, dije!

Lo que sigue no decrece. Coros góspel con guitarras eléctricas, siniestras líneas de bajo. El camino del exceso que conduce a la sabiduría, la locura sin la que la vida es una meada no sólo nimia sino dolorosa y discursos políticos – unidad, hermanos, que si la cosa está difícil se pondrá peor. Todo eso era Funkadelic y a todo eso suena Free Your Mind. Seis tracks. Media hora. Liberador.

La mezcla final es un disco-experiencia. Los truculentos estudios modernos pocas veces parieron tal creatura. Eco, reverberación, distorsión, experimentos electrónicos, sección de metales saturninos, obsesiva separación estéreo, sonidos tan afilados que uno termina de escuchar el álbum lleno de cicatrices fluorescentes.

Funkadelic toma en este disco lo que dejó Hendrix al morir, lo rocían de LSD y lo ponen a quemar. Las llamas son no sólo gigantescas, sino caleidoscópicas. Saben a metal. Y a soul food. Huelen a azufre. Y a alcohol barato Robert Johnson Brand. Toman el discurso de Luther King y lo adornan con grafitti para que todos lo vean. No hay Jules, el personaje que hace Samuel L. Jackson en Pulp Fiction, sin Funkadelic. No hay hip-hop sin Funkadelic. No hay Yoshimi sin Funkadelic, un grupo tan seminal en todas sus etapas: como The Parliaments en su etapa soul, como Funkadelic y como Parliament, a secas, a partir de 1974. Gusto de connoisseurs, adictos al ritmo y locos.

Locos que ya han liberado su mente. Y, claro, lo que sigue es natural.

C/S.

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