Vince Guaraldi y la nariz de Charlie Brown.

Publicado originalmente el 30 de julio de 2010.

Charlie Brown y su perro Snoopy son dos personajes icónicos. Si a alguien le pesa, que suelte el periódico ahora. Los monitos creados por el implacable Charles M. Schulz son tan parte de la cultura popular como la Coca-Cola o Frank Sinatra: todo el más o menos enterado sabe que los Peanuts son algo a lo que hay qué prestarle atención. Amar u odiar el tebeo en cuestión ya es criterio de cada cabeza, pero ignorarla es Pura Necedad.

Como todo Lo Que Realmente Importa, los Peanuts están rodeados de historias y leyendas. Sus personajes, delineados cuidadosamente por la mano neurótica y obsesiva de un sujeto tímido y reservado, hablan mucho más elocuentemente que nadie y nacieron de la total confusión de una mente peleada con el mundo. Tal como los personajes de Tennessee Williams o Woody Allen. Personajes reflejo de una compleja y privilegiada personalidad, capaz de entender demasiadas cosas y, por tanto, cuestionarlas. Desde los años 50 y hasta la muerte de su creador, Charlie Brown, Snoopy, Lucy, Linus, Sally, Schroeder, Peppermint Patty, Pigpen y todos esos monitos cabezones fueron un reflejo fiel de lo que pasaba por su cabeza (y de lo que pasaba en El Mundo): confusión y desencanto, la Sensatez desesperada del que ve la marcha del mundo y no puede –incluso en toda su incomprensión y lucidez– hacer mucho por detener tal locura.

La tira cómica, ya popular durante el final de los 50 y el inicio de los 60 del XX, se convirtió (inevitablemente) en un programa televisivo en 1965. El productor Lee Mendelson, en equipo con el animador Bill Melendez, animaron a Charlie Brown y a todo el universo Peanuts para un especial animado para la TV. El éxito fue tal que siguieron muchos más especiales: no sólo los conmemorativos (Navidad, Halloween, San Valentín) sino series escritas especialmente por Schulz y sus obsesiones (el enamoramiento fallido, la pérdida de un amigo, el equipo destinado a perder.) Es redundante decirlo, pero las series fueron un éxito total. Rotundo. Espectacular.

La animación era buena. Los guiones, mejores. Las voces, impecables. Pero un sujeto colaboró como casi nadie para que Charlie Brown se convirtiese en un suceso. Un tipo nacido en San Francisco (of all places), un tal Vincent Anthony Guaraldi. Pianista entrenado en el boogie-woogie más primitivo, ese en el que la técnica refinada consiste en aporrear las teclas más fuerte y con más estilo que nadie, pasó su juventud tocando en bailes, clubes desiertos y cafeterías. Vince Guaraldi, como le llaman (aún ahora) sus amigos, se curtió bebiendo y tocando música con distintos músicos de la región, incluso supliendo al gigantesco Art Tatum en alguna ocasión (sería como si cualquier hijo de vecino entrase en un partido de fútbol a suplir a Puyol en la defensa central del FCB.) La experiencia adquirida le llevó a tocar con el grupo del maestro Cal Tjader, así como se lee.

Para cualquiera este habría sido el punto más alto de la vida. Pero no para Guaraldi. No conforme, formó su propio trío, se puso a girar y exigió a sus manos educadas tocar aún mejor el piano. Su primitivo estilo de tres acordes se convirtió, para entonces, en un jazz suave as hell, elocuente, impactante: imposible de ignorar. Una de las cosas más difíciles para un músico es encontrar un sonido único y personal; tras los años de obsesión y de noches enteras invertidas sobre el teclado, Guaraldi tenía uno.

La historia viene a cuento porque, precisamente, Lee Mendelson paseaba en su auto, planeando el primer especial de TV de Charlie Brown, cuando escuchó en la radio una pieza que llamó su atención y taladró su cerebro. Cast Your Fate To The Wind era la tonada en cuestión, un lado B que algunos DJ’s habían elegido tocar en lugar de la canción principal. Al piano estaba Vince Guaraldi y para Mendelson, como para millones de personas después, el mundo cobró sentido.

Contactó con ese tal Guaraldi y le encargó componer música original para las series de Peanuts. Lo que sigue, dice el cliché, es Historia, pero aquí con mayúscula. Los amigos y colegas de Vince Guaraldi sabían que él siempre había soñado con componer un standard de jazz, una pieza trascendente. Lo iba a lograr y vaya: su estilo sincopado, su mano izquierda desquiciada (casi siempre tocando temas cambiantes e imposibles) y su mano derecha haciendo extrañas figuras melódicas eran garantía de calidad. Ya entonces incluso presumía su excentricidad –antes disfrazada de timidez– portando un gigantesco bigote y las ropas más brillantes de toda Califas. Una de las leyendas alrededor de Peanuts había nacido, tal vez la más grande de todas.

No se puede pensar en Charlie Brown, en animación, sin el piano de Guaraldi. Cautivadora como tienda nueva, impactante como supermodelo en paños menores, su música era todo un suceso. Capturando la inconmensurable melancolía dominguera de Charlie Brown y su filosofía cuasi existencialista, pero también dando un poco de luz a la neblina Schulziana, esa música se hizo inmortal. El sueño de Guaraldi cumplido, estableciendo standards no sólo en el jazz, sino en el Pop: basta con escuchar Linus y Lucy, una de sus obras maestras, para caer destrozado y rendido ante Vincent Anthny Guaraldi, el estrafalario, el genio, el indeciso que un buen día encontró el sonido que buscaba y cuyas manos pudieron más que su cabeza.

Durante toda la siguiente década Schulz, Snoopy, el cabezotas de Charlie Brown y Vince Guaraldi hicieron reir y llorar a millones. La televisión valía la pena. Todo valía la pena. El círculo estaba completo con esa música, ese piano hipnotizador. La Historia se escribía.

Los especiales de TV de Charlie Brown y Peanuts son, hoy, icónicos y rescatados a la menor provocación: retransmisiones, reediciones en VHS y DVD, remasterizaciones y tributos hay por donde sea. La música de Vince Guaraldi es, por supuesto, parte esencial. No hay Charlie Brown sin ese piano casi demencial…

Guaraldi murió, súbitamente, en 1976 de un ataque al corazón, en un descanso de una actuación de su trío. En su funeral, los parlantes de la iglesia vibraban con Linus y Lucy y la concurrencia no pudo dejar de llorar. Charlie Brown perdió un amigo.

Lo bueno es que Schroeder encontró una nueva obsesión, junto a Beethoven: Vince Guaraldi.

C/S.

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