Discos que importan: Miles Davis, Kind of Blue.

Publicado originalmente el 23 de julio de 2010.

Sucede que ahora todo el mundo es fan de todo. Fandetodo. Hipster. Modero. Posero. [Inserte peyorativo aquí.] Sucede que ahora la música se escucha para estar a tono con los demás, para demostrar que uno también es cool y todo eso. ¿No?

No. No en todos los casos, afortunadamente. Si eres de esos, no sigas leyendo. Aquí no hay modas. Aquí hay música. Y hoy toca hablar de un disco tan esencial, tan importante y tan especial que se va a resistir a ti si no entras a él con los oídos abiertos. Despeja tu cabeza. O como decían los Funkadelic (y también la tía abuela, ¿verdad, Pànic?), libera tu mente y tu culo la seguirá.

Este disco es tan hip que se resiste al hipsterismo barato; tan verdaderamente cool que expone lo frágil de tus poses. Este disco es tan sensacional que pasa de lo que se anuncia como tal sin llegarle ni al talón; es tan gigantesco como su nombre y su creador; es una colección de grandes éxitos que se han convertido en standards de la música. Es un disco tan icónico como cualquier gran disco en que pienses: ahí encima, aplastando sin piedad pero sin escándalo al lado oscuro de la luna, al corderito que yace en Broadway y a casi cualquier álbum que los sabihondos nos han enseñado a venerar. Axiomas que, carajo, funcionan por pura inercia ignorante y medrosa: para qué excavar aunque sea un poco cuando ya me han dicho que aquí se está bien.

No. Aquí no se está bien.

Aquí la complejidad no está peleada con la accesibilidad. Tampoco hay torceduras innecesarias de partitura: todo está en su lugar, cae suavemente pero haciendo un estruendo de tirarte al suelo, buscando refugio. Todo aquí va a su ritmo, nada de prisas. Nada de letargos. Un balance tan logrado que resulta abrumador.

La música es técnicamente impecable. Aquí, allá y en todos lados. Con todo, no se jacta. No se pavonea. Se sabe hermosa, por lo que no hay necesidad. Además de todo, es música que nació porque así tenía qué ser, no por capricho, no por necesidad de compensación de algún ego atrofiado. A partir de improvisaciones que intentaron (y lograron) trazar nuevas pistas en el mapa de una música bebop que se volvía incomprensible e intratable entre sus übercomplejos cambios de acordes y su acercamiento cada vez mayor a una pretensión demasiado poco tolerable, los responsables de este disco construyeron un monumento. Tras varias experimentaciones utilizando como campo de juego armónico figuras modales en lugar de progresiones de acordes, se logró la libertad ansiada, un Nuevo Sonido y un nuevo mundo. Era 1958.

La historia de este disco, entonces, es igual de excitante que sus sonidos. Grabado en apenas dos sesiones largas sin que los músicos hubiesen ensayado una sola nota, fueron entregadas a cada uno de ellos solamente algunas hojas con escalas sobre las que estaba permitido improvisar. Los músicos se pusieron manos a la obra y casi todo quedó hecho en una sola toma. No se necesitaba hacer mucho más y lo que se hizo fue superlativo. Todo esto, claro, en busca de La Próxima Cosa Grande. Nunca buscando pajearse a costa de La Música. Nunca. Por favor.

El cerebro de la operación, Miles Davis (trompeta y líder), sabía que iba a resultar. Mucho más porque estaba respaldado por Julian “Cannonball” Adderly (saxofón alto), Paul Chambers (bajo), Jimmy Cobb (batería), John Coltrane (mejor conocido como Dios, en el sax tenor) y Bill Evans (piano.) Un supergrupo, donde los haya. Wynton Kelly apoyaba en el piano. Teo Macero e Irving Townsend estaban en la cabina de grabación, con el mismo gesto de convencimiento de estar cambiando la historia de la humanidad que el que tuvieron los hombres en los tableros de la NASA al pisar Neil Armstrong la luna.

Kind of Blue es, valga la redundancia, un álbum esencial. No hay mucho más qué decir. Lo que sí es que hay que ir a escucharlo. Ya. Es el álbum de la vida. Es el tipo de jazz más hardcore, el de verdad, el que buscó y encontró sin perderse en el camino; el que tomó lo mejor de lo que había ahí afuera y construyó un palacio que ninguna guerra se atrevería a rasguñar; un Golem que puede ser ruido de fondo pero también la escucha más vertiginosa de todas. Es la revolución. Es la Biblia. Es la Mona Lisa. Es la Capilla Sixtina. Es Kind of Blue, ve a por él. Es the Top.

El año pasado, la placa cumplió 50 años y se reeditó con excelente sonido, impecables extras y muy bonito empaque en Columbia, disquera que lo lanzó originalmente. Distribuye Legacy en CD/DVD y vinilo. Si no, ahí hay otras muy buenas ediciones circulando (destaca el CD de 1997, en Legacy, con el pitch corregido de una edición anterior, buena fidelidad de sonido para un posavasos y destacadas liner notes.) No lo descargues, por favor. Ten respeto al artefacto, al Disco y al monstruo llamado Miles Davis. En toda casa tendría que haber un Kind of Blue. Quita la pose.

C/S.

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