El álbum gráfico de Factory Records.

Publicado originalmente el  2 de julio de 2010.

El fantasma de los mp3 no debe imperar. No debe. No debe. El disco, no sólo como portador de información sino como objeto de arte en sí, no se dejará vencer así como así. La profecía dice que regresará a reclamar lo que es suyo y espero que no tarde en suceder. Ya hay señales que dicen que podría estar cerca, aún más que el fin del mundo.

Un argumento más a la ya larga lista pro-disco es, vaya cosa, un libro. Lo firma Matthew Robertson, pero más como compilador y comentarista que como autor: se trata del libro Factory Records: The Complete Graphic Album (FAC 461, editado por Chronicle, San Francisco, en 2006), una impecable crónica del desarrollo de una parte esencial de la Música Pop de finales del XX e inicios del XXI. El libro, por cierto, es argumento porque se centra no en los artistas del sello Factory, no en sus canciones, tampoco en sus conciertos, sino en sus discos. Y no tanto en la música contenida, sino en el medio en sí.

Para Factory Records, un sello casi utópico nacido de la calentura y el ansia de un madman, Tony Wilson, nació en Manchester en los 70, intentando pasarlo bien dejando de lado la pomposidad vacía del progresivo y la cursilería estridente del metal peludo, tomando como base el discurso y la estética punk, pero dotándola de más sentido: escupidas y pogo por ideas y pogo, porque al final si no se puede bailar, a la mierda la revolución.

Wilson, que trabajó en Granada TV como presentador e incluso tuvo su show de música, en el que muchos northerners vieron por primera vez a los Sex Pistols, a Buzzcocks y a The Jam, se aburrió del gris panorama y fundó un club. Cada fin de semana presentaba bandas en vivo. Lo llamó Factory, en parte como declaración de intenciones e identificación con el carácter industrial de Manchester, en parte como ironía. Además, el club se encontraba en medio de la nada, en un área no precisamente hip. Aunque en ese tiempo en Manchester, ¿qué lo era? Un poco como el León de hoy…

Lo que sigue es historia bien conocida. Si no, ahí están dos películas: 24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002), tremendamente divertida y recomendable, fácilmente conseguible; y Control (Anton Corbjin, 2006), que es sólo para clavados y no terminó de convencerme, que también puede encontrarse en cualquier tienda especializada. Sigamos.

Factory es responsable, claro, de grandes revoluciones (para bien y para mal, hay qué decirlo) en el Pop británico. La primera se llamó Joy Division. La segunda, Happy Mondays. El nacimiento del acid house, atribuible en parte a Wilson y sus muchachos, también puede mencionarse. Tras cerrar el club Factory y con la inercia de los hits de Factory Records (nunca multimillonarios, pero sí influyentes: sus artistas nunca firmaron contratos, todo era verbal y, por tanto, la música era propiedad de sus creadores), Wilson fundó otro club, el Hacienda. Una discoteca cuya historia da para mucho: dicen que la figura del DJ se convirtió en sagrada allí, aunque esto se refuta fácilmente gracias a la escena Northern Soul, pues ya unos años antes en el norte de Inglaterra los DJs eran semidioses a la tornamesa, aunque tocando soul. Ahí se escuchó la más nueva y emocionante música de finales de los 80, fiestearon los más célebres con los desposeídos; corrieron drogas al por mayor y hubo hasta balaceras. Como todo club de leyenda. Era no el epicentro de Madchester, sino de Inglaterra misma. Por tanto, del mundo Pop.

Pero la Gran Revolución de Factory, según Robertson y su libro (que esta columna va sobre el libro, pero había que sentar antecedentes, no fue divagación) fue el diseño de sus discos. Si en los 60 se habló de arte objeto por la cubierta del Sgt. Pepper, Factory llevó el concepto mucho más lejos. El Complete Graphic Album es muestra de ello: 224 páginas de cubiertas de disco coloridas, artísticas e icónicas. Pero no sólo eso: otros formatos en apariencia segundones como el cassette o el VHS tienen predominancia aquí también como objetos pop, con cajitas de diseño artesanal, embolsados en celofán fluorescente o simulando elegantes libros de colección. En estas páginas hay lo mismo portadas icónicas (las de Joy Division, New Order, los Mondays, Orchestral Maneouvres in the Dark, A Certain Ratio, Durutti Column) que un poco más oscuras (Stockholm Monsters, Quando Quango, Vermorel, The Jazz Defektors); hay lo mismo obras maestras que trabajos regulares, pero nunca mediocres, siempre en la búsqueda del objeto perfecto, ese que es útil y bello. Esa obra de arte que no se expone en un museo, sino en el estante de los discos de la sala de estar: El Arte Democrático.

Hay también afiches de fiestas, de promoción de discos y de gigs. Hay ephemera como postales, invitaciones a fiestas y hasta adornos del Hacienda, todo debidamente etiquetado con un número de catálogo. Sí, Wilson era un obsesivo y no sólo numeraba sus lanzamientos discográficos, sino hasta sus apuestas, los lugares de los que era dueño, los muebles; incluso el libro que nos ocupa tiene su denominación numérica.

Un imprescindible para el music fan. La música también se ve y tiene formas preciosas de vinilo transparente, de caja colorida, de etiqueta codiciada. Hay, en el libro, algunos discos que parecen cualquier cosa, menos un disco. Y, claro, uno quisiera tenerlos todos en casa para escucharlos y verlos al cansancio.

Claro, esto no es trabajo de anónimos. Mención especial para artistas como Peter Saville, Central Station Design, 8vo y Mark Farrow. Más que un viaje de nostalgia, The Complete Graphic Album es un recordatorio para músicos, artistas, diseñadores y fanáticos de la música o cualquier persona medianamente interesada en las artes, sus caminos y consecuencias, de que el Pop aún puede ser poderoso.

C/S.

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