Un lugar común, no tanto: la música de las películas de Stanley Kubrick.

Publicado originalmente el 11 de junio de 2010.

Tres notas: Do-Sol-Do. Una imagen: un monolito, negro, misterioso. Así era Stanley Kubrick, un monolito que decía poco, pero lo decía muy bien. Este neoyorquino de nacimiento, pero británico de adopción es posiblemente el cineasta que define lo total en el siglo XX: su imaginación insultantemente gigante nos dejó películas que, bien que mal, son parte del mainstream, de la cultura y de la colectividad. Todo un logro en la cruel y ambigua industria del entrenimiento, cuyos círculos interiores distan mucho del sueño que vende.

¿Por qué escribir sobre Kubrick hoy? ¿Qué puedo agregar sobre un hombre del que todos han hablado? No sé mucho de cine, aunque me gusta casi tanto como La Música. Sólo sé que Dr. Strangelove (1964) es, posiblemente, mi comedia favorita de todos los tiempos; que La Naranja Mecánica (1971), a pesar de haberse convertido en un espantoso cliché, sigue emocionándome como cuando la vi por primera vez con trece o catorce años y sigue hablando no sólo claro y fuerte, sino con un acento inconfundiblemente estiloso; que El resplandor (1980) es la película de horror definitiva; que 2001: Odisea del espacio (1968) es posiblemente el equivalente fílmico del What’s Going On de Marvin Gaye por su belleza, imponencia e importancia; que Full Metal Jacket (1987) es un tremendo texto sobre la humanidad con disfraz de película de guerra; que The Killing (1956) y Paths Of Glory (1957) son posiblemente un primer paso hacia el cine del futuro. Y sé también que siempre al recuerdo de las secuencias más emocionantes de todas estas películas lo acompaña una música indeleble. Porque Kubrick tenía un gran sentido para la música, cosa que sí nos ocupa en esta columna.

Lo único que este sujeto tan extraño, para su gran frustración, nunca pudo fue componer un score para sus películas; pero sí las musicalizó con collages musicales que siempre flirtearon con la locura total, además de haber tenido algunas colaboraciones afortunadas con músicos que intentaron llevar al pentagrama las ideas de un genio. Esa es la razón de ser de un disco como en lanzado en 1999 por Silva Records, la recopilación Dr. Strangelove… Music from the Films of Stanley Kubrick. Pensado como un homenaje en vida, el disco, interpretado casi en su totalidad por la Filarmónica de la Ciudad de Praga dirigida por Paul Bateman, tuvo qué ser un tributo póstumo, ya que Kubrick murió en marzo del 99 y ya no pudo escuchar el resultado final.

Muchas de las piezas que éste elegía para musicalizar sus narraciones eran de música clásica. Tenía un excelente oído para hacerlo, porque a pesar de ser highlights (para usar el lenguaje radiouniversidad), piezas tremendamente conocidas, casi lugares comunes, suenan como algo nuevo y excitante. Y es que sólo él pudo hacer que El Danubio Azul de Johann Strauss sonara tan importante, como música para su vals estelar en 2001 – y más considerando los elementos casi involuntariamente cómicos de la pieza, una favorita de los que hacen reír para comer. Otro Strauss, esta vez Richard, le sirvió como inevitable introducción a su épica espacial: ese inconfundible Do-Sol-Do, monolítico, pero elocuente e inconfundible. Un hardmod futurista, Alex, es un tremendo fanático de Beethoven (sobre todo de su afilada Novena) en La Naranja Mecánica, la película que, tal vez, actualizó para el XX la música clásica. Barry Lyndon, un truhán venido a más, se pasea por el palacio que invadió al compás de Handel, un barroquismo que camina, cual cuerda floja, sobre la delgada línea entre lo inevitablemente genio y lo irremediablemente vulgar.

Pero no todo era música clásica de las grabaciones de la Deutsche Grammofon. En Dr. Strangelove suena la increíble The Bomb Run, inconfundible marcha marcial que, como la película, no se sabe bien si es severidad militar o pura guasa (ta-da-da-da-dá-da-dá-da-dá-da-dáaa… da-dá). Y qué mejor música para ese apocalíptico final que We’ll Meet Again de Vera Lynn, favorita personal, un himno de los soldados que dejaban su tierra para ir a pelear en la Segunda Guerra Mundial. En Full Metal Jacket, además de la percusiva banda sonora a cargo de Abigail Mead (la hija del director), se escucha ese clásico del surf chamagoso: Surfin’ Bird de los rasposos The Trashmen. En The Shining suena otra de mis favoritas personales, la melancólica y extrañamente escalofriante melodía de los años 20, Midnight, the Stars and You, de Ray Bowlly con la Al Noble Band, un swing macabro. Un clásico.

Wendy (Walter) Carlos colabora con el tema de El resplandor, que eriza los pelos. Música sintetizada que no suena falsa. Lo mismo sucede en La naranja mecánica, con sus adaptaciones electrónicas de Beethoven y de Rossini, trabajos tremendos que derivaron de sus experimentaciones anteriores con Bach. Que no te engañen: la cosa no empezó con el pelmazo de Robert Miles.

El disco de Silva Records, ya bastante escaso pero más que recomendable, también incluye una suite de las primeras películas de Kubrick, todas musicalizadas muy poco espectacular, pero efectivamente, por Gerald Fried, quien también coordinó el proyecto para Silva Records. Para el cinéfilo diletante, dichas películas (Day of the Fight, The Flying Padre, Fear and Desire) son una pequeña joya pues el director intentó detener su distribución, lográndolo con éxito por bastantes años. Eso sí, del bootlegging nadie se salva, así que esperen encontrarlas en la red – y también el disco.

Un excelente disco para un día solitario. Por la noche, al asomarse a la ventana, se podrá ver claramente al Niño de las Estrellas, en el cielo, anunciando una nueva etapa para la humanidad…

C/S.

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