Maravillas del mundo moderno: Betty Davis.

Publicado originalmente el 4 de junio de 2010.

Betty Mabry nació en Carolina del Norte en 1945 y, como muchas otras chicas, encendía la radio y fantaseaba con ese mundo del que todos cantaban. Ella creía en lo que esas voces con acentos tan extraños le decían desde el parlante de una radio o los surcos de un disco. Pero ella no iba a pasarse la vida escuchando esas canciones y soñando con esos mundos.

Es más, lo suyo ni siquiera era vivir esos mundos. Era hacerlos.

Como muchas otras chicas comenzó una carrera como modelo en Nueva York. Y las modelos, claro está, son de otra galaxia y tienen acceso a todo. Era 1966. El mundo de Betty se movía más rápido y más descontrolado que un maldito Cadillac modificado por las calles desiertas del barrio a medianoche. Cuántas cosas no pasaron durante ese año.

Fue entonces que Betty conoció a Miles. Davis, sí. “El Jazz”, claro, ¿es que había otro? ¿O fue al revés y Miles conoció a Betty?

Como sea, siempre que dos personas se encuentran suceden cosas. Los mundos hacen colisión y ya nada vuelve a ser igual y todo eso. Con Miles y Betty no se dio la excepción. Incluso la colisión fue de escalas cósmicas.

Betty Mabry se convirtió en Betty Davis en 1968. Eso decía el acta. Y el jazzman, obesionado –con mucha razón– con esa piel, esa risa estruendosa y esa estela de destrucción que dejaba Betty a su paso, cayó rendido. Ella, frenética, irresistible (esas piernas, esas discusiones), no dejaba de hablar de Sly Stone y de Jimi Hendrix y de esa sordidez/ruido de feedback sexual y violento en guitarrazos imposibles y líneas de bajo de fuego. Miles seguía obsesionado con la música modal y en sus ansias de encontrar La Siguiente Cosa Grande y su obsesión por esos pechos en los que podía perderse por siempre, también cayó rendido.

La música de Miles Davis (y por consiguiente, La Música) ya tampoco fue igual. La locura –él la conocía y ella, ella, la había despertado de nuevo con violencia– debía desbordarse en la música. El jazz también podía (debía) entrar en esa espiral maniática y dejar muy en claro que esa era La Música, que nadie sería nadie sin Miles Davis y que los tiempos habían cambiado. No iba a ser un paso que gustaría a todos. Pero para bien o para mal there’ll be some changes made (como dice aquel standard.)

Betty Davis apareció no solo en la cubierta del LP Filles de Kilimanjaro (enero 1969.) También se siente su presencia (agresiva, lujuriosa, obsesiva) en las notas del disco e incluso la última pieza lleva su nombre: Mademoiselle Mabry (Miss Mabry). Y eso era poco. In A Silent Way (octubre 1969) era un disco de Miles Davis aún más extraño, posiblemente el primer grito de ese hijo bastardo y malcriado del jazz que algunos llaman fusión.

Pero llegó Bitches Brew (grabado en agosto de 1969, pero lanzado hasta el verano del 70), disco de creación/destrucción, de locura, de ruido, de conjuros cósmicos escupidos desde una esquina oscura y maloliente de una callejuela. Es la risa incontrolable de Betty Davis mientras acaricia la cabeza de su marido, o lo que quedaba de ella. Uno de esos discos que desafían todo.

La relación no duró mucho más. El Cadillac se quedó sin gasolina… o tal vez sin frenos en 1969, con el humo que aún salía de la cabeza de Miles y los ojos enrojecidos de Betty (y no por las lágrimas, que quede claro) se dijeron adiós y ella se fue a Londres. Pero ella no era una mujer que viviría para los hombres. Tendría que ser al revés.

Betty Davis nunca tuvo suficiente. Entre fiestas jet set y delirios sin medida, siguió escribiendo sus propias canciones (ya había escrito por ahí para los Chambers Brothers y para los Commodores que comenzaron a grabar en una Motown ya establecida en la Costa Oeste y alejada de Hitsville, Detroit.) ¿Y quién iba a detenerla, Superfly? Regresó a Estados Unidos a producir un álbum de sus canciones, en su propia voz, con una banda conformada la Family Stone (incluido Mr. Sly) y las Pointer Sisters.

Este LP homónimo (1973) es, sin duda, uno de los momentos más imponentes de la música negra de la década. Adoptando el funk más crudo, Betty Davis cantó, en plataformas, atuendos camp de ciencia ficción y un afro monumental, sobre sexo, violencia y sobre cómo sobrevivía (sin perder el cool sino todo lo contrario) en el mundo enfermo, idiota y macho en el que fue a caer. ¡A un lado, Superfly! Con esta mujer no podrías… En Anti-Love Song cantó “you know I could possess your body, you know I could make you crawl…” Es un disco que suena como si hubiese grabado ayer. Incluso los músicos suenan eufóricos. Es un disco que provoca adicción.

Por supuesto, ni este disco ni el siguiente, They Say I’m Different (1974) fueron éxitos de ventas. El mundo no estaba listo para Betty Davis. El titulo de su segundo disco lo dice todo, una bofetada bien colocada, shoo-b-doop and cop him… Aún en épocas tan turbias, tan alocadas, llenas de conflictos de todo tipo, en que el negro seguía siendo el color a perseguir, en que aún persistía el tufillo de la resaca de los años 60 y su descabezada revolución, Betty Davis era un fenómeno extraño. Tenía demasiadas cosas qué decir. Y muchos no estaban listos para escucharlas.

Nasty Gal (1975) completa una trilogía que hace de Betty Davis una mayor leyenda de lo que ya era. Su F.U.N.K. era cada vez más sucio y agresivo. A mayor resistencia más duro el golpe parece decirnos, aunque también que lo está pasando en grande, getting kicked off, havin’ fun. Y, claro, los grupos religiosos la atacaron por pasarlo tan bien y tener la boca llena de verdades, las estaciones de radio se negaron a programarla, el mundo la oyó pero no la escuchó y Betty se convirtió, con su retiro de los estudios de grabación y de los escenarios, en un expert’s treat, en ese tesoro que sólo puede encontrarse buscando con paciencia y dedicación. Mejor. Si no es tu música, aléjate, no la manosees. Si no vas a dejar el cuerpo en el piso por el ritmo, entonces a qué vienes. Si no te andas con cuidado, Betty Davis va a por ti. Porque no sabes con quién te metes, Superfly. No sabes.

En 2007, después de las recopilaciones de rigor, bootlegs, leyendas y recomendaciones de boca a boca, Light In The Attic reeditó los dos primeros álbumes de Betty Davis. Ya no hay pretexto. ¿O sí, Superfly?

C/S.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s