La ciudad de los oídos perdidos.

Publicado originalmente el 28 de mayo de 2010.

Estoy desesperado. 

Pero es posible que sea el único. Que no se malentienda: no soy el único desesperado. Sal a la calle y te das cuenta. Sin salir, siquiera. Tú eres uno de ellos: la Congregación de los Desesperados Sin Solución, millones de feligreses. Estoy divagando. Demasiado.

Estoy desesperado, como musicómano, de que no pase nada en esta ciudad. A eso me refiero.

Venga, que caiga la primera piedra. No importa. Sé que la ciudad atraviesa por graves problemas, que puedes tachas con todas las de la ley mis preocupaciones de insustanciales. Está bien.

Daré mi argumento, entonces, tras tanto balbuceo preliminar. En León no pasa nada de nada y eso también es un problema grave de la ciudad. Culturalmente, la capital mundial del calzado (y ya ni eso) está durmiendo una siesta centenaria de campeonato. Un león dormido al que las presas le pasan por encima, se burlan de él y hasta le escupen. Una fiera que, sí, ruge en sus fábricas y en su juego en una cancha de futbol. Pero que no se trata de mucho más…

Esta columna es de música, así que hablemos de ello. ¿A alguien le interesa la música en León?

Repito la pregunta y no es necedad ni locura ni senilidad. ¿A alguien le interesa la música en León? Dije La Música, no hacerse el hipster con los amiguetes, ni demostrar lo rápido que puede tocar la guitarra y lo bien que se le da el rasgueo flamenco. Amar la música.

Yo sé. Ahí están ustedes, tú y tú y tú y tú. Les conozco a algunos. A otros no. Me consta que no pegan el ojo por leer sobre ese disco raro en que se les va la vida; que escarban hasta lo indecible con tal de dar con esa canción, esa canción, que les va a reventar el cerebro y el jodido corazón si no dan con su nombre (enamoramiento total); que se quedan tardes enteras descifrando el acorde imposible de esa melodía, aporreando el piano, sangrando los dedos en una guitarra; que hacen listas interminables de discos, canciones, videos, películas, dejando la piel trazando mapas-del-alma, cuídenla, intentando encontrar sentido en unos cuantos acordes a este embrollo al que fuimos a caer, los Desesperados, claro.

¿Y los demás? No, a los demás no les interesa la música. Les interesa tener algo para cantar cuando están ebrios. Les interesa tener algo para bailar cuando hay que desahogar la tensión de la semana. No está mal, ¿sabes? No te culpo. Tal vez yo estoy mal quejándome, tal vez, porque no tengo derecho. O sí. Pero lo que no va es ese hipster que una semana es techno y la siguiente es grupero y la que sigue lo-que-esté-de-moda; no va ese que cree que nos va a impresionar haciendo acrobacias guitarreras ni los poseros sin vida que se encontraron el remedo de una en el, meh!, rocanrol.

La Música, como la Desesperación, es una religión. Y haciendo la obligatoria referencia cruzada, ya citaba Kiko Amat al Lermontov de Las Zapatillas Rojas: “a uno no le gusta ver su religión practicada… así.” Con tanta falta de respeto.

Si no te interesa la música, no te interesa. Créeme. Y no vamos a extrañarte. Esto no da status ni nada de eso. Pregúntale a cualquier musicómano. Al contrario. Porque cuando amas la música de verdad, no importas. No eres más cool por conocer el último de, no sé, los Franz Ferdinand o porque eres amigo de León de Marco. Si te gusta su música, está bien. Pero es por su música. Te vas a perder en ella y vas a olvidarte hasta de comer.

Ahora, ¿qué tiene que ver esto con León? ¿Con su cuasi-muerte cultural? Pues eso, que estamos siendo un sedante más de la fierecilla, domada por cierto. Muchos años de administración azul nos tienen más acostumbrados a que el letargo es lo que hay. A que la música es para divertirse, para pasar el rato y para el ocio. Que no puede ser un modo de vida porque, cómo creerlo, ni se gana ni sirve de nada ni es de provecho. La cultura es una comezón molesta en la nariz, parece, para los que mandan.

Pero los que mandan no saben nada, ¿o sí? Démosles crédito: no saben nada de música, ni de creación, ni de Las Cosas Que Importan, al menos al que escribe esta columna y a sus lectores (si es que hay alguno ahí afuera.) Y no hablo de Gobierno exclusivamente, que quede claro. Hablo de Los Que Mandan.

Escuchen nuestra vomitiva radio. Entren a nuestras paupérrimas tiendas de discos. Hablen con la mayoría de los gerentes y PR’s (nefasto terminajo) de los somnolientos bares con grupo en vivo. Vayan a uno. ¿Qué hay? En la primera, anuncios y estiércol auditivo. Nos están tomando el pelo. Creen que somos imbéciles. Pero no lo somos. ¿O les daremos la razón? Debemos exigir una radio inteligente, de calidad, con propuesta hablada y musical, con anuncios que no se burlen de sus consumidores. Una radio digna de una ciudad como esta.

En lo segundo, la mala costumbre y la pereza (tiene razón, como siempre, Sr. Fischer) siempre se impone. Somos malos consumidores porque nos comemos cualquier bicho que nos pongan en el plato. Y pedimos repetir. Ni siquiera un aderezo. Cuando, con todas las posibilidades de comunicación e información que existen, podríamos darnos un banquete romano. ¿La música es para ratos de ocio? Te compro el argumento. ¿Pero no te gustaría incrementar la calidad de tu ocio? En cuanto a los baretos, también es culpa nuestra: seguimos yendo los fines de semana a bebernos su cerveza y a rompernos en la cabeza sus botellas de Bacardí (ni para eso hay buen gusto) y a cambio, seguimos sin exigirles nada. Nos conformamos (y no sólo eso, las pedimos a gritos) con versiones manoseadísimas de las mismas viejas canciones horrorosas. En parte porque, carajo, no conocemos más. En parte por perezosos. Pagamos por ver lo mismo cada fin de semana. La Gran Monotonía.

Hagamos algo. Músicos, musicómanos, artistas, librepensantes (a ver si es cierto que lo son), teatreros, escritores, periodistas, comunicadores, obreros, estudiantes, mujeres, hombres, todos. Gente. Hagamos algo. Porque, la verdad, es que León es de Segunda División en más que futbol. Y, contrario a lo que pasa en el Nou Camp, en donde lo más que podemos hacer es apoyar con gritos y aplausos, aquí sí podemos hacer algo. O eso creo.

C/S.

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