La vuelta al mundo en 33 1/3rpm.

Publicado originalmente el 30 de abril de 2010.

Algo sucede.

O algo no sucede.

Comienzo. Siglo XXI. En pleno. Diez años ya de nuevo milenio y no sólo no vivimos como los Jetsons, sino que algunas cosas están peor que hace unos años. No voy a dar un discurso retrógrado aquí porque ni me corresponde, ni quiero hacerlo, ni nada de eso. Dejémosle esas cosas al Obispo, le fascinan. Otras cosas siguen iguales, sin embargo, que hace treinta años.

La música, por ejemplo.

Con calma, que a eso voy. Sí, claro, aquí podría dar otro discurso insulso sobre esa noción de que no queda ya cosa nueva bajo el sol (esas frases hechas salvan casi a cualquiera) y, no, tampoco lo haré. Porque me gusta la música, es mi vida, porque igual escucho (y busco) música de ayer y de hoy (esas frases hechas salvan casi a cualquiera.)

El punto es –llegaré a él, tened paciencia– otro, al menos hoy. Durante la semana tuve un encuentro con un amigo que comparte mi ansia musical y que, claro, sabe una cosa o dos sobre el tema que alimenta esta columna semana a semana (expresión prefabricada, frase hecha.) Entre musicómanos, audiófilos y coleccionistas, siempre existirá La Presunción. Nadie se salva. Y, entonces, hablaba a mi amigo sobre aquel nuevo grupo extraño que yo escucho y que él debería y, sin falta, ese nuevo disco que, por fin, pude conseguir en vinilo, como se debe.

El paréntesis obligado aquí es que mi amigo es treinta años mayor que yo. Más o menos. Y más o menos ese es mi demográfico, como dicen los productores de cine, cuando de música se trata, aunque esa es otra historia (esas frases hechas salvan a casi cualquiera.)

Y, entonces, mi amigo me preguntó dónde había conseguido ese disco. En una tienda online, claro, que la Internet es la Revolución, ¿no te has dado cuenta? Lo enviaron desde Inglaterra, esos británicos siempre bienhechos, era el único lugar en que podía conseguirlo. Escéptico y brillante como suele ser, mi amigo cuestionó mi insulsa y patética Revolución: pero si eso hacía yo hace treinta, veinticinco, veinte años, me dijo. Igual pedía música a otros lugares, porque, claro, aquí en Este Nuestro País no se puede conseguir eso. Cambió la interfaz, sí, pero el acceso a buena música sigue siendo difícil. Razón tiene.

Otro paréntesis obligado: no se te ocurra siquiera mencionar los mp3, mp4 y esos archivos fantasmas que, carajo, suenan mal, no tienen portadas chulas y definitivamente hacen la música más portátil, pero también le quitan valor. Es como el sustituto de azúcar de la música. O algo así. No sirven. La practicidad está sobrevaluada. Punto. Ya dije.

Hoy, continuó mi amigo, se supone que la Internet más que interfaz para pedir discos a otros lugares del mundo, tendría que ser para que todos estuviésemos mejor comunicados, tuviésemos mejor información, fuésemos más inteligentes y pudiésemos consumir mejores productos culturales que continuarían con el ciclo vital (y con el pretérito perfecto subjuntivo o lo que sea.) Pero el acceso a La Música sigue siendo una misión para intrépidos y tan difícil como hace treinta, veinticinco, veinte años. Y, claro está, también el acceso al Cine, La Literatura, y todas esas cosas que hacen de mi vida una Vida. Porque sigo entrando a las tiendas de cedés de la ciudad a encontrar lo mismo y en un formato que no me fascina; sigo encendiendo la radio para escuchar flatulencias de la industria de las grabaciones (ya no del disco por razones que ya hemos discutido); sigo encontrándome con revistas que siguen hablando de los Beatles (y, hey, me fascinan, lo juro, pero hay demasiado más que eso) y sigo saliendo a las calles a toparme con rocanrroleros y demás fauna melómana que siguen atragantados con los mismos nombres, las mismas canciones y las mismas opiniones de hace treinta, veinticinco, veinte años.

Sigo encendiendo la PC (¿Mac? No, gracias, ya dije que soy un retrógrada) para intentar descubrir a Mi Nueva Banda Favorita, aunque ese título les dure una semana pues a la siguiente fueron ya sustituidos por Mi Nueva Banda Favorita. Sigo intentando escuchar porque es muy poca vida para todo lo que está en la lista de espera y seguiré pidiendo discos de Estados Unidos o Inglaterra y, definitivamente también de la Ciudad de México o de otras ciudades un poquito más interesadas en la música. La Música, perdón.

¿Soy un cerrado? ¿Un enfermo? ¿Un amargado? Di lo que quieras. Un título de una canción de Madness siempre será buena respuesta: One Step Beyond. ¿Claro está? Conseguir un buen disco en este Lugar Desolado sigue siendo un lujo. En la Era de la Comunicación, de la Cultura y de Lo Global, tendría que ser casi una necesidad básica.

Así o, por favor, dejen de insistir con que el disco es cultura.

C/S.

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