Discos que importan: The Kinks, Arthur.

Publicado originalmente el 5 de marzo de 2010.

Antes (sólo un poco antes) que Tommy, existió Arthur. El primero era puro espectáculo, un niño extraordinario enajenado en circunstancias extraordinarias. Un pinball wizard fuera de este mundo. El segundo, era un niño extraordinario también, que en cierto momento perdió el rumbo, creció, peleó en la guerra, la ganó, regresó a su país para vivir el sueño prometido pero se topó con la burocracia de la vida, su ritmo ordinario y sus gustos mundanos.

Más o menos esta es la premisa de Arthur (or the Decline and Fall of the British Empire) (1969) de The Kinks, uno de los cinco mejores grupos de todos los tiempos – ya dije. Por encargo de Granada Televisión, el compositor de los dientes raros, Ray Davies creó sobre un argumento de Julian Mitchell la primer gran rock ópera junto a S.F. Sorrow de los Pretty Things y posiblemente las únicas que valen la pena.

El personaje central es un desilusionado británico de clase trabajadora en la post-guerra. Un tipo real. En una gran crisis, decide mudarse a Australia y antes de emprender el viaje repasa su vida como fue y la compara con lo que pudo haber sido. Nada de Jesucristos Superestrellas: a working class hero is something to be.

El gran talento de Davies y la gran ejecución de la banda (conformada por su hermano Dave, Mick Avory y John Dalton ya supliendo a Peter Quaife) hacen de lo que podría ser un gran lamento, un sorprendente disco lleno de melodía, ira y, por supuesto, una melancolía enorme por un imperio en declive: el propio Arturo, nombre siempre heroico en la mitología de la vieja Albión. El gran sueño que construyeron sus caballeros de la mesa redonda terminó en un suburbio londinense sucio y sin esperanza. En este sentido, el disco-concepto es mucho más cercano al Quadrophenia de The Who, otra de las pocas operas rock que sí lo valen.

El disco comienza con los ánimos exaltados. Victoria es un canto de los ganadores en la Segunda Gran Guerra (“Nací, por suerte, en una tierra que amo”), uno de los grandes éxitos de los Kinks. Pero la alegría parece no durar mucho. Pero así es la vida. Yes Sir, No Sir es un himno maquinizado: mientras Davies canta, un gendarme lo mira fijamente con un mazo en la mano (“Permiso para respirar, Señor”). La ira contenida se convierte en una solitaria canción de trincheras: Some Mother’s Son, una enorme canción anti-guerra que destila puro horror y olor a pólvora y cadáveres. Pero cuando se está a punto de soltar la lágrima, Drivin’ es un escapismo necesario y fácilmente una de las canciones más geniales de los Kinks, una fantasía de añoranza del futuro: los tiempos mejores pueden venir, pero difícilmente nos tocarán; conformémonos con los pequeños placeres. Melodía, melancolía y verdad: esto es Pop.

Pero el martillo sigue golpeando y Brainwashed nos devuelve a la enajenación con un redoble de batería que da paso a una guitarra estridente seguida por la voz cáustica de Davies. La inclusión de una sección de metales la hace un tema que raya en lo sardónico (“¡De Rodillas!). La primera mitad del disco cierra con Australia, una canción agridulce con sutiles ironías (“Surfearemos como lo hacen en U.S.A”.) que comienza como un alegre rock’n’roll y culmina con una locura instrumental guiada por un solo de guitarra de esos que, sin desplantes innecesarios, logran poner la piel de gallina. Ruido primordial.

Las imágenes, de nuevo, de los grises suburbios donde las casas de los trabajadores son todas iguales son inevitables cuando inicia Shangri-La, una oda/sátira a la vida provinciana que comienza engañosamente con guitarras acústicas y armonías vocales y poco a poco desemboca en estruendo. La vida real, te digo. La intensamente política Mr. Churchill Says es una obra maestra, con la necesaria referencia a Vera Lynn y su We’ll Meet Again, himno personal de muchos soldados británicos que se fueron a luchar contra el Tercer Reich. Le sigue She Bought A Hat Like Princess Marina, barroca y circense, tremenda, llena de humor ácido e imágenes patéticas de una hipócrita mujer que quiere aparentar ser de una clase superior a la suya por las ropas que porta – un tópico sensible aún ahora (ingenuo o imbécil quien aseguró que ya no existía tal cosa como la lucha de clases.)

Ya hacia el final, Arthur, personaje principal se sume en la nostalgia suicida en Young And Innocent Days, una chef d’oeuvre por derecho propio. Sin palabras. La desilusión llega a tal límite que se convierte en sarcasmo en Nothing To Say, momento en que nuestro antihéroe toma la decisión de irse (“¿Y tu seguro de vida? Nada que decir. ¿Y tu independencia? Nada que decir”). Y finalmente: Arthur, que en cinco minutos resume la vida de este sujetillo, que, ¡vamos!, no es su culpa, pero lo ha pasado mal.

Como cualquiera.

La vida sigue, Arthur, we know and we sympathize. No queda más que seguir a buscar la Próxima Cosa Grande. Tal vez nunca llegue, pero mientras estemos aquí, al menos habrá que buscar algo para poder esperar a la muerte ocupados.

Obra maestra de los Kinks y de la música. Tal vez en ciertas partes la producción pudo superarse. Pero el punto está claro. Y de eso se trata. We sympathize.

C/S.

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