Sinfonías de vértigo.

Publicado originalmente el 19 de febrero de 2010.

Por varios motivos, la música clásica es vista y escuchada como algo anacrónica y desfasada. Si bien puede parecer que no tiene el ritmo de los tiempos que corren, pocas músicas siguen significando tanto y hablando tan fuerte y tan claro acerca del mundo. Definitivamente, como en todo el Arte, hay obras hijas de su tiempo y otras que lo trascienden.

La música clásica ha adquirido una fama de solemnidad, seriedad y pomposidad que le han quitado el favor popular. En parte, ella misma se lo ha ganado. En parte, es pura incomprensión.

No voy a decir que soy un experto en música clásica. Definitivamente el Pop, con mayúscula, atrapa mucho más fácil a cualquier sobreviviente del siglo XX ya bien entrado el XXI (y cuando digo Pop hablo de la Música Que Importa, apócope de popular, la música del ritmo, de la inmediatez, del peligro y no de la Gran Basura que the media llama pop, con minúscula.) Pero como musicómano no puede pasarse por alto.

En la cultura masiva del siglo pasado hay varios momentos álgidos para la música clásica, sobre todo en el cine. Pero hay dos esenciales que hay que comentar.

El primero llegó en los años 50 gracias a la sobre-desarrollada imaginación de Michael Maltese y al indiscutible genio de Chuck Jones, uno guionista, el otro uno de los grandes caricaturistas y animadores de todos los tiempos. Juntos, y gracias al trabajo de un impresionante equipo de animación (el trabajo más arduo desde las pirámides) crearon hilarantes historias de apenas unos minutos, protagonizadas por los más desternillantes personajes marca Looney Tunes, enmarcadas en algunos de los más grandes pasajes de la música clásica. Fue un momento definitorio para eliminar la solemnidad que se le atribuía a esta música.

El conejo de Sevilla de 1950, que satirizaba sin piedad y con un montón de alma y de cerebro la célebre ópera de Gioacchino Rossini (basada, a su vez, en la comedia El barbero de Sevilla de Pierre-Augustin de Beaumarchais) fue un éxito total. Protagonizada por el corrosivo Bugs Bunny y ese pelmazo calvo llamado Elmer Fudd, la animación define Lo Clásico en cada una de sus acciones. El conejo hace de las suyas no sólo destrozando cualquier concepción ortodoxa sobre la ópera sino cantando con una horrenda y aguda voz. Puro genio.

Otro gran éxito fue What’s Opera, Doc? de 1957, una nueva caricatura animada que se decantaba por el humor involuntario de las dramáticas óperas de Richard Wagner. De nuevo son el conejo y el pelmazo los protagonistas de unas bucólicas cabriolas que se salen de graciosas. No fueron estas las únicas caricaturas que utilizaron música clásica para lograr efectos humorísticos, claro está. No hay nada más fácil de satirizar que las cosas intrínsecamente serias. Pero sí fueron, posiblemente, las que tuvieron un efecto mucho más extenso y una influencia más profunda.

El segundo momento álgido llegó gracias a otra desbordada imaginación y a una lente maestra. En 1971, Stanley Kubrick estrenó su versión Gran Pantalla de la novela futurista y ultraviolenta de Anthony Burgess, La Naranja Mecánica. El personaje principal, el antes ícono subcultural y ahora archiconocido Alexander DeLarge, estaba obsesionado con el crimen y con Ludwig Van Beethoven, en especial con su Sinfonía Coral, la muy manoseada Novena – una desesperada obra maestra que ha sobrevivido a la sobreexposición, la banalización y a las adaptaciones más cursis y sinsentido.

Además de utilizar las versiones ortodoxas de grabaciones de la legendaria casa de grabaciones alemana Deutsche Grammofon, Kubrick encargó al músico de vanguardia Walter Carlos (luego conocido como Wendy Carlos tras una operación de cambio de sexo) una adaptación electrónica de la sinfonía de Beethoven. Carlos, uno de los pioneros del Moog, un primitivo pero espectacular (y aún vigente) sintetizador analógico, ya había realizado grabaciones electrónicas con música de Bach. El resultado fue tremendo.

El detalle maestro es que esta música suena mucho más peligrosa y extrema que nunca, haciendo perfecto juego con el look modernista del film. Kubrick ya había llevado la música clásica a otro límite en 2001: Odisea del espacio, haciendo que el universo bailase un meloso vals de Strauss y haciéndolo ver cool. Decididamente no era la primera vez que alguien usaba música clásica en una película; mucho menos el último. Pero pocas combinaciones música/celuloide han resultado tan icónicas. De algún modo, La Naranja Mecánica restableció a la música clásica en el lugar que merecía en la cultura.

C/S.

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