Maravillas del mundo moderno: Van Dyke Parks.

Publicado originalmente el 8 de enero de 2010.

Admitámoslo. La música popular se ha volcado a buscar, por todos los medios, el cool. Pero no el irremediable cool de Jacques Dutronc y su presencia enloquecedora. Tampoco el desquiciado encanto de los jazzmen en sus trajes de mohair, de los bluesmen con sus botellas de whisky en el bolsillo del pantalón o de Paul Weller echando abajo la casa sin despeinarse ni ensuciar el traje.

Todo lo contrario. El cool falso de la pose ridícula, del peinado insufrible y del cliché rocanrol que, hey, ya era un chiste viejo en los 70 y hay quien sigue riéndose de él a estas alturas.

Afortunadamente para cada día hay una noche. Y hay casos excepcionales en la pop muzak, realmente excepcionales. Porque lejos de ser anti­-cool por pose o convicción, lo son porque no pueden ser de otro modo. Vamos, ni siquiera les pasa por la cabeza.

Uno de estos casos es Van Dyke Parks.

Van Dyke Parks es un californiano debe tener unos 66 años ya. Pero desde que tenía 22 su interés musical era distinto a sus contemporáneos. Estamos hablando de 1967, el mundo lisérgico (y más en la Costa Oeste), las ropas coloridas, los raros peinados nuevos y las guitarras estruendosas. El joven Van Dyke Parks sólo quería hacer canciones hermosas, en la vena de George Gershwin y Cole Porter, del viejo Tin Pan Alley y de las viejas melodías que la Generación del Amor rechazaba todo lo que tuviese tufillo a tradición.

Músico con formación de tal, nunca quiso ser una estrella. La fama es una cualquiera, una vulgar que pilla a cualquier desprevenido y luego le roba la billetera. Siempre de bajo perfil, Van Dyke Parks comenzó su sinuoso camino participando con Brian Wilson, de los Beach Boys, escribiendo en su totalidad las letras de su disco SMiLE. El proyecto de Wilson fue abortado, pero Van Dyke Parks se decidió a seguir haciendo música por su cuenta. Fichó para Warner Bros. Y comenzó el viaje.

Sus composiciones, desde entonces, fueron desconcertantes ejercicios de desafío musical. El barroquismo de sus canciones no cabía en ningún lugar, era demasiado incluso para sí mismo. Construidas como odiseas en las que la melodía mutaba compás tras compás, arropadas por complejos arreglos de cuerdas y sonidos clásicos, las canciones de Van Dyke Parks suenan como sólo ellas mismas.

Acusado por sus detractores, y con algo de razón, de componer piezas un poco demasiado melosas, Van Dyke Parks siempre ha establecido sus propias reglas. Todo debe subordinarse a la canción. Nada de pose, nada de exhibición inútil. Eso sí, todo muy recargado, llegando incluso al pastiche más descarado, porque Van Dyke Parks siempre ha sido un explorador: prueba todos los arreglos posibles para una canción, sólo que al final los utiliza todos.

Song Cycle (1968), su debut discográfico, es uno de los Grandes Discos Olvidados del pop. Escrito como un homenaje a California y a la niñez, está repleto de melodías que comienzan con una estructura normal, se tuercen como un gran lamento y terminan en una explosión de sonido, que no ruido. Las letras, marca registrada de Van Dyke Parks, eran pura flow of conscience, asociación libre de ideas, nada convencionales; sucesiones de imágenes y colores, pura poesía en el sentido estricto. Compuesto tras la muerte de su hermano, Song Cycle es más que lo que su título sugiere: es, sí, una colección de canciones, pero también uno de los más geniales discos sobre Obsesiones Primordiales. Este es el sonido de una mente destrozada por el dolor, la añoranza y todo es tan barroco y pintoresco que suena casi feliz. La locura.

El disco, por supuesto, no vendió nada. Eso sí, la crítica, entre desconcertada y extasiada, lo adoró. Pero ya lo había dicho el mismo Van Dyke Parks: “en la música, si algo no satisface la libido, entonces pasa a ser tabú.”

Tras el fracaso comercial, Van Dyke Parks produjo a varios artistas (como los Beau Brummels o Gordon Lightfoot) y, ocasionalmente, lanzaba discos propios. Muchos de ellos, por su saturación de elementos y, en ocasiones, exceso de miel en los arreglos, se ganaron una buena legión de detractores, como el brillante, pero muy criticado disco de calypso Discover America (1972) y su continuación, Clang of the Yankee Reaper (1976). Continuó con temas de infancia en Jump! (1984) y con temas histórico-políticos en el prácticamente desconocido Tokio Rose (1989). Sus colaboraciones con Brian Wilson han continuado como en Orange Crate Art (1995) y That Lucky Old Sun (2007).

Con el paso de los años, ha compuesto música para series de televisión (incluyendo Plaza Sésamo) y hecho orquestaciones para discos de contemporáneos como Joanna Newson (Ys) y The Shortwave Set (Replica Sun Machine), además de haber colaborado con una gran lista de nombres conocidos – el suyo casi siempre en las sombras.

No toda la música pop rebuscada tiene sustancia. No toda pose es cool. La de Van Dyke Parks es música compleja sin complejos y sin poses innecesarias. Al escucharlo, todo parece una gran contradicción. Al entenderlo, todo tiene sentido.

C/S.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s