El ritual de lo habitual.

Publicado originalmente el 1 de enero de 2010.

En una reseña web de un libro sobre música y violencia escrita por Carlo Nardi me encontré con una reflexión, sacada de un libro de Walter Kaufmann. Este último publicó un libro llamado Las ragas de India del Norte y las palabras son extraídas de una conversación que tuvo con un músico clásico en Bombay. Este decía (la traducción es mía; cualquier error o imprecisión, mea culpa):

“¿Sabes que la gente en Occidente va a experimentar un terrible desastre? […] Porque ustedes, la gente en Occidente, abusan de la música y la interpretan en los momentos más erróneos. Tocan marchas fúnebres y cantan endechas cuando no hay funeral ni causas de tristeza, cantan canciones de amor y de primavera cuando no hay ni una cosa ni la otra, tocan nocturnos durante el día, música de boda cuando no hay boda. Cuánto más va el universo a tolerar este abuso de la música, la música siendo la cosa más sagrada.”

Suena drástico. Lo es. Si bien, como también lo aclara Carlo Nardi, esta concepción hindú no considera la variable que de la música no es inherentemente buena ni armoniosa (la furia de Double Dagger, el ruido de My Bloody Valentine, la ponzoña de Screamin’ Jay Hawkins, la violencia de las canciones tradicionales irlandesas, la monotonía macha de los corridos) la afirmación tiene razón en dos de los males de la Sociedad del Espectáculo: la sobreexposición que genera pérdida de significados y la pérdida de los rituales.

Una mentira mil veces dicha se convierte en verdad. Una palabra mil veces dicha pierde significado. La música está en todos lados y, si bien no es algo malo per se, también ha perdido a nivel mainstream mucho de su esencia. La música como algo espiritual, como conexión identitaria/comunitaria, como expresión primordial ha pasado a ser un producto más.

Antes, antes, escuchar música era una cosa extraordinaria. No existían las grabaciones, sólo la música en vivo. Cuando el hombre logró su gran paso a la civilización (el encapsulamiento de sonido en un medio móvil) creó algo sublime y con las mejores intenciones para el mundo. Por supuesto, fueron las mentes corporativas de inicios de siglo XX quienes vieron que con el invento podía hacer dinero a costa de las ideas de alguien más y de las sensaciones de la colectividad. Un proceso al que estamos ya tan acostumbrados que damos por hecho.

El estado de la música hoy es tan complicado que es muy difícil dar con el ojo del huracán. Por un lado, la culpa es de las compañías discográficas. Por otro, del público. La música, filtrada por las primeras para poder llegar al gran público, tiene que ajustarse a ciertos parámetros para que pueda ser vendible. Esto, en sí, ya es una aberración. Todo sentido de ritual y sublimación se pierde, porque no vende. No vende, porque el público no lo compra. No lo compra, porque las compañías discográficas no lo venden, ni lo han vendido, ni lo venderán.

La música, entonces, ya no tiene funciones esenciales. Es un adorno para la venta, un placebo, una manera incolora de pasar el tiempo y una distracción vacía. Y eso sí es un terrible desastre. Ya no tanto cantar endechas cuando no hay tristeza que las necesite, sino que una melodía ya no significa nada.

Las canciones en la radio siguen una fórmula que sorprendentemente sigue funcionando. Una consecución vacía de notas sintetizadas que significan nada, letras endebles y oligofrénicas (¿alguien realmente puede emocionarse con eso?), una perfecta herramienta de dominación mental. Sí, Sr. Debord, esta es la Sociedad del Espectáculo, de las mentes dormidas, de la mediocridad, de los no-significados y de la muerte de los rituales.

Ese es el gran desastre. Aquí es donde la reflexión de Kaufman no sólo tiene sentido, sino resulta obligatoria para cualquiera que esté interesado mínimamente en la música (y, vale decirlo, en cualquier expresión cultural de creación.) Así como las ciencias de la nutrición del siglo XXI cuidan que lo que cae en nuestras barrigas sea no sólo rico sino bueno en todo sentido, habría que cuidar que lo que nos alimenta las sensaciones sea beneficioso.

No hay excusa. Eso de que la música pop es insulsa y por eso, popular es la Gran Mentira que muchos se han creído. La música pop era una de las expresiones más prometedoras en su explosión en los primeros años 50 del XX. Con el paso del tiempo, se ha convertido en algo que da pena, subyugada a lo que dicta la oficialidad, sumando cabezas incautas a las filas del “todo-va-bien” falso de los sistemas que nos rigen.

El ritmo es subversión en sí mismo y puede hacer magia. La batalla no está perdida, pero hay que estar en permanente guardia. Hay demasiado qué hacer y qué decir como para quedarse con lo que nos ¿ofrece? la Sociedad del Espectáculo. Sr. Debord, le prometo que esto no se va a quedar así.

C/S.

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