Discos que importan: The Streets, A Grand Don’t Come For Free.

Publicado originalmente el 18 de diciembre de 2009.

El mejor disco de la primera década del 2000 es un álbum de hip hop blanco, británico y conceptual.

No, en serio.

El responsable de tal cosa se llama Mike Skinner, mejor conocido como The Streets. El nombre ya es elocuente. Tiene un acento extraño (¿Londres? ¿Las Midlands?) y una pinta a lo Mr. Bean, pero en punk (música de baile para tomar el té.) Es un maldito poeta, no al revés. Un bluesman de la metrópoli, pero que creció escuchando a De La Soul y a Ian Dury. Un tipo con los cojones para hacer un disco así, como este que discutimos, cotidiano pero emocionante, totalmente personal y –por lo mismo– universal.

El LP se llama A Grand Don’t Come For Free. Se escuchó por primera vez en 2004. Y si no lo has escuchado (ya no digamos si no lo tienes) es que estás un poco desfasado.

Tuvimos noticias de The Streets desde 2002 con un debut que sacudió al Reino Unido. Original Pirate Material era todo lo que se necesitaba: callejero, furioso, divertido; lo suficientemente hip hop, lo suficientemente garage. Un genial complemento a otro disco de ese año que comenzó una pequeña e incomprendida revolución en la Vieja Albión, Up The Bracket de The Libertines.

Pero a lo que nos atañe. A Grand Don’t Come For Free es un disco de hip hop que podría gustar hasta a los que aborrecen el género (que también están un poco desfasados.) Lleva una línea narrativa pero cuyas canciones funcionan por sí mismas. Olviden a Tommy o ese tipo de discos conceptuales, lo de The Streets es pura urbania. Todo comienza una tarde en que Mike Skinner debe regresar un DVD de renta, llegar a tiempo para el té y, además, su tele se descompone y se da cuenta de que ha perdido mil libras que tenía ahorradas. Un día como cualquier otro, en el que todo comienza a ir mal, muy mal.

En el curso de los siguientes días/canciones, un frustrado Mike (chaqueta deportiva Fred Perry, Levi’s, zapatillas Adidas, cabello corto, enclenque y lleno de ira) flirteará desesperadamente con una chica que trabaja en el mostrador de una tienda de deportes (Could Well Be In), apostará al fútbol para intentar recuperar su dinero (Not Addicted) y se va de fiesta, bebe como un campeón y termina en un club atestado, el lugar más podridamente solitario del mundo (Blinded By The Lights). Todo esto, como lo cuento yo aquí, suena simple. En las rimas de The Streets es pura poesía.

La cosa no acaba allí. Mike consigue a la chica. Está feliz porque ella incluso de deja ver el fútbol en su casa. Así cualquiera. Pero comete el error de encender un porro (I Wouldn’t Have It Any Other Way) y, claro, la chica lo corre de la casa (Get Out Of My House). Hecho una furia, sale, se embriaga y trata de ligar con otra chica (Fit But You Know It) tras otra noche de mucha, mucha cerveza. Claro que el remordimiento llega con la resaca y se arrepiente total y amargamente de lo sucedido (Such A Twat), pero la cosa no acaba allí. La chica no sólo no quiere regresar con él, sino que comienza a salir con un amigo (What Is He Thinking). La total miseria. Totalmente confuso, soltero y, además, mil libras más pobre, Mike se lanza a rapear con total convicción Dry Your Eyes, una de las canciones de pérdida y resignación más contundentes y sangrantes de la década (número 1 en las listas británicas.)

Todo termina en Empty Cans, una reflexión de todo lo sucedido. Mike se decide, por fin, a arreglar esa televisión para al menos curar un poco el ardor y pelea con el repair-man por su tarifa. Aunque hay un doble final: Mike hace rewind y, en lugar de hacer lío, se da cuenta de que sus mil libras perdidas estaban escondidas detrás de la tele. Epifanía.

“I really feel like things clicked into place at some point…” dice. Sabemos cómo es la cosa, Mike. Hemos estado allí. Enhorabuena. A lo que sigue.

Lo que siguió para Mike Skinner fue encontrar la manera más difícil de hacer una vida fácil. El jet-set. Y luego, darse cuenta de que todo es prestado, que le enferma la Babilonia del Pop y que pronto hará un disco final para The Streets, una placa que sonará tremenda según sus palabras y que esperaremos con devoción.

Las cosas no vienen gratis. Pero tampoco se dicen de una manera tan directa y tan clara como Skinner el urbanita, ese anti-hipster epiléptico de los complejos habitacionales Barratt, seguidor del Birmingham City, modernista sin querer, genio sin querer, hombre orquesta/ejército de un solo hombre, voz de la anti-pretensión, working class hero y tremendo fiestero.

Seguramente Mike odiaría leer que se dice esto de él. Pero podría invitarle unas cervezas y eso sí que lo apreciaría. Un tipazo. Esas cosas importan.

Y tú que lees, tira esos discos de Coldplay por la ventana, que son basura. O cámbialos por uno de The Streets.

C/S.

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