Trainspotters.

Publicado originalmente el 4 de diciembre de 2009.

Conozco un tipo que tiene su álbum favorito en montones de versiones. Tiene el vinilo monoaural de primera edición. El vinilo, en estéreo, uno con la portada normal y otro con una portada diferente. El vinilo americano. El vinilo inglés. El vinilo mejicano. El cassette. El CD de primera generación. Una reedición, nueva, del CD. Y, claro, sus respectivos bootlegs con tomas alternas, demos y lados-B.

Cada que encuentra una nueva edición, o una vieja edición que no tenía, o una edición de otro país, u otro cassette con un error de impresión, tiene que comprarla. Como aquel lunático que compraba cada edición de El guardián entre el centeno de Salinger. Como un detective reuniendo pistas para resolver El Gran Misterio. Como un depredador que no puede saciar su hambre ni su sed de sangre. Como un perro que va meando los postes marcando su territorio.

¿Un loco? Posiblemente. Pero hay mucho de cordura en estos comportamientos. Sigo.

Antes (y aún ahora, aunque no en estos lados del mundo) había sujetos que se dedicaban a seguir trenes, cuaderno y mapa en una mano, cámara en la otra. Trainspotters. Cazaban trenes en puntos específicos del mapa, anotaban la hora en que pasaban, con suerte filmaban el paso del tren y se iban a casa. Felices. Fe. Li. Ces. Como si hubiesen ganado una final de fútbol.

Vaya tipos raros, pensará usted. Pues sí. Pero todos deberíamos de tener una afición o una colección, que bien ayuda a nuestras cabezas y corazones a mantener el orden. La obsesión de estos sujetos con cosas aparentemente inútiles da sentido, paradójicamente, a algo que parece no tenerlo: la vida. Existe la oficina, la fábrica, el taller. También existen la calle, la noche, las cuentas a pagar, las decepciones, la Vida Real. La que uno debe vivir según el protocolo so pena de ser un marginado. Pero están estos sujetos, con aficiones tan distintas, tan no-alineadas y tan coloridas, algo están haciendo bien.

Los escapismos son necesarios. Los pasatiempos, los juegos y las salidas son más que válidamente utilizadas por los individuos para evadir la realidad, salir de uno mismo y olvidarse de todo. Una colección, por ejemplo, es más que un pasatiempo (no es igual coleccionar que acumular, aunque tienen que ver.) Coleccionar objetos es trazar mapas, horas de llegada, de salida, incidentes vitales; es buscar el artefacto preciado por cualquier medio hasta llegar a él, para entonces seguir a por el otro. No es un escapismo, sino un adentrarse más a uno mismo, recordarlo todo, adaptarse para crear sentido. Un poco de lucidez privada, de verdadera posesión/sublimación y de placer total.

Esta creación de mundos propios y fascinantes puede resultar perturbadora en un mundo pragmático en el que se ha asumido como otro protocolo el aburrimiento, la monotonía y la repetición. ¿Quiénes son los cuerdos?

Hay cierto grado de patetismo en esto, no lo niego. Esos trainspotters que iban por el campo en el frío clima inglés eran señalados por mucha gente. Incluso les pusieron un nombre: anoraks, por las parkas que portaban. Pero siempre es mejor el patetismo a la mediocridad porque, calma ahí, no son lo mismo. El patetismo implica una desproporcionada acción-reacción. Uno puede ser patético haciendo lo que ama. Nunca mediocre.

Hay de colecciones a colecciones – y coleccionistas de coleccionistas, Sr. Fischer. Pero hablo de coleccionistas más o menos mundanos, no snobs que pagan el valor de tres mansiones por una mala pintura. Conozco, por ejemplo, a otro sujeto cuya biblioteca particular se compone, solamente, del Quijote (ni siquiera Cervantes completo); otro que colecciona manuales sobre mecánica (“este de 1962 menciona erróneamente una parte motor del T-Bird pero esta otra edición lo corrige ya”); hay, en esta misma ciudad, coleccionistas de ropa vintage, de botellas raras de cervezas, de sombreros, de all-things Bela Lugosi. Son completos expertos en sus áreas. Escarbando, encontramos mucho “patetismo” en una ciudad mediocre. Qué bueno.

Y están, claro, los que coleccionan discos. Los que, como el sujeto con el que comenzamos, pueden comprar su disco favorito todas las veces, hacer increíbles tratos, dar la vuelta al mundo, dejar de comer y cosas indecibles por un pedazo de plástico. Pero dejo hablar, de nuevo, a Nick Hornby en su Alta Fidelidad porque se explica mejor que nadie al expresarse sobre una colección de música: “No es como coleccionar estampillas o posavasos o dedales antiguos. Hay todo un mundo aquí, uno mejor, más sucio, más violento, más pacífico, más colorido, más sórdido, más peligroso, más amable que el mundo en el que vivo; hay historia y geografía y poesía y muchas otras cosas que debí haber estudiado en la escuela, incluyendo música.”

No hay nada como tener un disco a la mano para cada ocasión y un himno para cada día. No hay nada como una buena colección de discos, porque es el mundo a la mano. Lo sé bien, al ser ese personaje alucinado y patético del inicio.

C/S.

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