Discos que importan: Brian Wilson, SMiLE.

Publicado originalmente el 27 de noviembre de 2009.

Entre 1967 y 2004, pasó toda una vida. Gente vino, se fue, hubo revoluciones, bajones, guerras, romances, una naranja mecánica, el mundo se acabó y volvió a nacer. Existieron, vivieron y murieron movimientos musicales entre desplantes progresivos, punks, nuevas olas, revivals, greñudos, himnos a la gente común, ruiditos electrónicos y una parvada de gaviotas. 

Ya se ha dicho al cansancio: el 67 fue un año tremendo para el pop. 67 es un punto de quiebre definitivo para la música. En 67 algunas cosas cambiaron para bien; otras sólo cambiaron. Fue un año en que la bomba de colores brillantes explotó. A eso, necesariamente, tuvo que seguir la opacidad.

Brian Wilson lo sabe mejor que nadie. Apenas en diciembre de 1965 estaba totalmente impresionado por el álbum navideño de los Beatles – y  quién no: Rubber Soul era una placa increíble. Decidido a superarla, el líder de los Beach Boys de California se enfrascó en la creación de Pet Sounds, una de las etapas creativas más legendarias y documentadas del pop. El álbum, una obra maestra llena de armonías sobrecogedoras, era puro rococó en monoaural.

La locura alrededor de los Beach Boys y sobre todo de Wilson, cerebro del grupo, era incontenible y se exacerbó con el consumo exagerado de LSD entre el séquito. Ya para el verano de 67, cuando salió al mercado el Sgt. Pepper de los Beatles, Wilson estaba muy desanimado como para intentar superar de nuevo los embates de los greñudos de Liverpool. El magnífico disco que preparaba, se quedó enlatado. Qué más daba.

SMiLE, como se llamaba el proyecto, quedó inconcluso, aunque no inédito. Muchas de las canciones que iban a aparecer en el álbum, unidas unas a otras al estilo Pepper, sí lograron aparecer en los siguientes discos de los Beach Boys, con Brian o sin él (les abandonó en varias ocasiones prefiriendo quedarse en cama y engordando de melancolía.) Pequeñas obras maestras como Good Vibrations o Heroes And Villains no podían quedarse bajo llave. De hecho fueron éxitos tremendos para los Beach Boys.

Durante años, los fans de Wilson hicieron sus propias cassettes intentando armar el rompecabezas de SMiLE, conocido sólo por rumores. Cada musicómano tenía su propia versión del disco, armada religiosamente hurgando entre discos de Beach Boys, tomas alternas y bootlegs.

Pero el álbum tal como Brian Wilson lo había concebido (con las letras de otro genio, Van Dyke Parks) tardó casi 40 años en llevarse a cabo. Fue hasta 2004 que, bajo el sello Nonesuch, apareció SMiLE tal cual, reinterpretado por el autor y una orquesta completa de músicos y cantantes profesionales. ¿El resultado? Esperar tantos años ha valido la pena.

SMiLE no es un disco fácil. En su año de gestación habría sido una obra maestra que, posiblemente, habría atacado ferozmente las listas de popularidad: psicodelia barroca para el mundo moderno. En su año de lanzamiento, sin embargo, es uno de esos discos que, confiando en su leyenda para sobrevivir, corría el riesgo de convertirse en una obra tan de su tiempo que resultase anodina.

El álbum, empacado lujosamente con un estiloso look veraniego, es una sinfonía en tres movimientos, divididos en canciones que se suceden una a la otra, sin pausas y sin fallos. El primer movimiento, que nos coloca en argumento para lo que estamos por escuchar, comienza casi religiosamente con Our Prayer, un solemne coro que se transforma en algo adolescente y mundano en Gee. La legendaria Heroes And Villains suena mejor que nunca con un nuevo arreglo vocal, la canción más juguetona de todo el catálogo de Wilson. Este primer movimiento sigue con un recorrido campirano por Roll Plymouth Rock, Barnyard, una versión corta que pone la piel de gallina del standard You Are My Sunshine y Cabin Essence, una de las más conocidas en la interpretación de los Beach Boys. Pura alegría y nostalgia.

Wonderful, una maldita maravilla que suena mejor ahora que con los Beach Boys abre el segundo movimiento y se transforma sutilmente en Song For Children. Esta es una sección de canciones tremendamente sólida, tal vez la mejor del disco. Child Is The Father Of The Man es una variación del tema anterior y da paso a la obra maestra definitiva de Brian Wilson, lo mejor que ha escrito jamás y posiblemente, los cuatro minutos más bellos e intensos de este genio (y por consiguiente, de la música pop): Surf’s Up. Ponerse de pie.

El tercer movimiento es un poco más largo y lúdico, con Workshop, la graciosísima Vega-Tables, la festiva On A Holiday y la clásica Wind Chimes. De nuevo se respira un aire más campirano (no hay aquí altas y saladas olas ni bronceados perfectos), tanto que Mr. O’Leary’s Cow es un instrumental que evoca una granja quemándose porque la vaca del personaje del título patea una lámpara de gas. In Blue Hawaii se acerca, aunque más con la nostalgia del sol metiéndose en el océano al atardecer, más al ambiente playero que Mike Love insertaba al sonido de los Beach Boys.

Y qué mejor manera de cerrar un disco perfecto que con la canción perfecta: Good Vibrations. Tenemos un hit.

SMiLE debería ser impuesto como disco de texto en las escuelas (las que aún dan música como materia, al menos.) Tal vez el mundo sería mejor con ese tipo de educación. Además de todo, sobrevivió 37 años sin envejecer ni perder fuerza. A pesar de sus desvaríos, Brian Wilson logró lo que quería, aunque tuvo que pasar toda una vida. Cuando las notas de Good Vibrations se desvanecen y se hace de nuevo el silencio, no queda más que sonreír. Lo lograste, Brian.

C/S.

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