Maravillas del mundo moderno: Dexys Midnight Runners.

Publicado originalmente el 20 de noviembre de 2009.

Mientras sigamos haciendo caso a la mediocre radio leonesa, seguiremos estancados en un limbo musical de sonidos reciclados, fósiles que continuamos alabando como si estuviesen en su apogeo. El círculo vicioso es muy claro: el público es feliz con la misma música descafeinada y la radio la proporciona; la radio no propone, así que no llega nada nuevo a nosotros. Y así, sin terminar…

Por algo es que se insiste en programar Come On Eileen de Dexys Midnight Runners como mera curiosidad, como un “one hit wonder” de los 80. Nada más equivocado. Es mucho más cómodo rebajar una propuesta tan interesante como la de este grupo británico que definió el lado oscuro de la Década Del Horror Musical como una anécdota más entre toda la basura sintetizada que produjo el hombre blanco. Tal vez en Estados Unidos sí haya sido su único éxito, pero lo que diga VH1 no es dogma. Tampoco es que las listas de popularidad importen mucho…

Dexys Midnight Runners es el nombre de batalla de Kevin Rowland, un personaje único y un mito en sí mismo. Con un grupo de músicos errantes y cambiantes, Rowland siempre fue violentamente distinto a lo que dictaba la moda, tanto en su look como en su aguerrida música. Por eso ha sido relegado como un outsider, un excéntrico al que siempre han ignorado aquellos que se incomodan al escuchar verdades. Un artista.

Comenzó a tocar en 1978 en Birmingham, Inglaterra, junto a su amigo Al Archer. Sus influencias se reflejaron desde el genial nombre del grupo, obvia referencia a la dexedrina, una poderosa anfetamina que servía como combustible a los más intensos fanáticos de la música Soul en los 70: les hacía bailar toda la noche el ritmo negro penetrante en las discotecas del norte de Inglaterra. Tomando la postura no-me-jodas de los más excitantes crooners del Soul y sus texturas rítmicas y melódicas, Rowland conformó una orquesta con músicos de calle, destacando por su firme sección de metales.

Su primer disco, Searching For The Young Soul Rebels (1980) es toda una revolución: la del Estilo. Presumiendo su bien engranada orquesta, elegantísimos atuendos y unas letras corrosivas y tan emocionantes como un gol de último minuto, llegó a ocupar lugares destacados en las listas de popularidad británicas. Estados Unidos, por cierto, ignoró este fenómeno. Los Dexys eran el sonido de la calle, pero con sensibilidad poética; eran gargantas gritando himnos de clase trabajadora, sin perder el ritmo ni la compostura.

El segundo LP, Too-Rye-Ay (1982), llegó en pleno auge de la administración de Margaret Thatcher (milk snatcher!) y su gigantesco índice de desempleo. El álbum no sólo dio a los Dexys su mayor éxito (el mentado Come On Eileeen, una especie de nostálgico tributo al sentido del asombro y la juventud) sino notoriedad en un sentido más amplio: su música se volvió más compleja, sus arreglos más poderosos, su impacto mayor. La imagen del grupo en esta etapa era de mendigos, hobos que vagaban por las calles buscando una moneda y un lugar caliente para dormir.

En ambos discos resulta sobrecogedora la comunión del ritmo negro y el canto cervecero de pub. Hay revisiones a clásicos del Soul más machacón como Seven Days Too Long, furiosos cantos proletarios llamados Burn It Down o Geno, trances casi religiosos en Until I Believe In My Soul, canciones de amor como Let’s Make This Precious y muchas ansias de baile y diversión. Suenan las botas marchando por las calles, pero también los motores de las scooters que se dirigían a Wigan o a Manchester a bailar Northern Soul toda la noche, mordiéndose los labios nerviosamente, girando y haciendo piruetas a la orden de Jackie Wilson.

El tercer LP se llamó Don’t Stand Me Down (1985). De nuevo, Rowland y los suyos tomaron la dirección que nadie esperaba, apareciendo en la portada en un campo de golf, vestidos como jóvenes Ivy League, pulcramente peinados. Las canciones eran largas, extrañas, con letras torturadas. Era el diario de los días más duros de Kevin Rowland, el artista. Estaban ahí lo autobiográfico (Kevin Rowland’s 13th Time) y lo ideal (I Love You, Listen To This), lo sublime y lo patético (The Waltz). Un trabajo vital.

Tras Don’t Stand Me Down, Rowland dejó a los Dexys. Vivió varias crisis y fue salvado por la música: el blues para las lágrimas, el soul para las noches solitarias y el góspel para recuperar la fe. Regresó a la escena con un disco solitario (The Wanderer, 1988) que fue injustamente criticado. Es el precio de hacer lo que uno le viene en gana. En 1999 grabó otro disco, My Beauty, en que versionaba sus canciones favoritas de todos los tiempos.

Rowland ha superado sus peores momentos y está dispuesto a revivir los mejores. Reformó hace poco a los Midnight Runners para tocar, exclusivamente, en vivo. Pinta. Escribe. Hace recopilaciones para sus amigos. Colecciona raros discos de soul. El artista.

Si el mundo no estuviese tan enfermo de apatía, Kevin Rowland y sus Dexys Midnight Runners serían referencia inmediata de cualquiera que se tome la música un poco en serio. Porque La Música no está sólo en lo complicado de las escalas o en lo complejo de sus secuencias de acordes. A veces lo esencial está en otro lado.

Pero la cosa es de otro modo. Así que tendremos que seguir riéndonos amargamente al escuchar Come On Eileen en la radio, eternamente catalogada como un “one hit wonder”, una anécdota más de una década que nunca entendió a los Dexys Midnight Runners porque les hablaba de cosas verdaderas. Lo fácil, por su misma falta de esencia, muere. Kevin Rowland lo sabe, por eso sigue vivo y volteando, en cada oportunidad, hacia sus músicos a decirles: Let’s make this precious.

C/S.

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