El último giro.

Publicado originalmente el 16 de octubre de 2009.

Es muy claro: la debacle comenzó con el CD.

La industria musical quiso reírse de los consumidores y el chiste terminó recayendo en ella. En el momento en el que decidió que el vinilo, ese plástico negro y redondo, cima de la civilización, era obsoleto y debía suplirse, todo se vino abajo. La gran estafa estaba en que el CD nunca fue mejor, ni más fiel, ni más bonito. Ofrecía más desventajas que ventajas, siendo tal vez, las únicas, un sonido limpio y más claro y la portabilidad. Pues bien, ahora esa industria musical está en un pantano y mientras más se sacude para salir, más se hunde.

La trampa del CD estaba en que era más barato de producir. Y podía venderse más caro en las tiendas. Al final, el pequeño formato ha probado ser inútil. El público, por varias razones, ya no compra discos. Una de ellas, evidente, es el uso extendido de nuevas tecnologías de información. Ante un argumento tan fuerte como que el mp3 es a todas luces más práctico, el CD ha perdido toda relevancia y ha quedado en el limbo: ni es tan coleccionable ni estéticamente impecable como un vinilo de gran formato, ni es tan portátil como un mp3.

Querido disco compacto: llevas todas las de perder.

Hoy, con archivos mp3 de fácil intercambio entre millones de usuarios de Internet, la costumbre es no comprar música ya. El CD no ofrece nada a cambio de nuestro dinero. A menos, claro, que sean lujosas ediciones especiales con agregados (discos bonus, portadas desplegables o box sets conmemorativos), pero casi sin excepción son tan caras que pocos mortales trabajadores pueden comprar una sin dejar de lado necesidades básicas. El CD es un lujo que ya no podemos darnos.

Que quede claro: esto no es un alegato contra el CD. Muchas veces es (¿o fue?) un formato inevitable, sobre todo para los musicómanos que no podemos vivir sin algo nuevo en el tocadiscos. Pero es un formato que, por su mediocridad, ha hecho caer a la industria musical en un agujero ciego y que, por supuesto, nos afecta a los consumidores.

Los streamings en Internet, los archivos mp3 y mp4 y todos los consecuentes, los canales de vídeos online y el iPod y sus derivados han dado una estocada a la industria de la que no sabemos si se recupere. Mientras que en México seguimos discutiendo los términos rock y pop y sandeces parecidas, en Europa y Estados Unidos el tema de los musicómanos es el de los formatos: ¿será la vuelta al vinilo lo que salvará a la industria, como algunas discográficas independientes sugieren? ¿Es el vinilo el formato a utilizar o sólo uno de nostálgicos y coleccionistas, como sugieren las transnacionales? ¿Podemos declarar la muerte del disco y la ascensión del fantasma de los formatos electrónicos sin cuerpo?

Es un tema complicado. Por un lado, las nuevas generaciones no tienen ni idea de qué es un disco de vinilo y han desarrollado la destreza de lo electrónico. Por otro, estamos acostumbrándonos a lo gratuito en este sentido y las compañías discográficas (que habría que buscarles otro nombre) ya están pensando no en sólo cobrar por descargar, como el caso de iTunes, sino incluso de cobrar por los streamings, caso de Spotify y last.fm, cuya popularidad ha crecido desproporcionadamente en los últimos meses. Que la atención, la energía y los recursos de las discográficas estén en los medios electrónicos es algo irónico.

En cuanto a los músicos, los que hacen el trabajo que tal vez menos se toma en cuenta en estas discusiones, ganarían mucho menos licenciando streamings. Algo contradictorio: en estos tiempos abundan grupos y artistas que tienen la posibilidad de grabar hasta en un estudio casero. Pero la sobre-oferta también confunde y poco aporta. No digo que sea música que no valga la pena, pero seguramente se perderá en las redes en una entropía informática musical en la tierra de nadie de la WWW.

Perder los formatos físicos de almacenamiento y reproducción de música sería, francamente, una tristeza. Llámenme fetichista, pero el disco es un objeto definitorio, romántico y que da una dimensión terrenal a la música. Representa al siglo XX (y un poco de este siglo nuevo) casi como la máquina de vapor al XIX. El vinilo es inmejorable y el CD, aunque feo y despreciable, tiene cuerpo. Pero no por mucho tiempo, parece.

Como ya dije, el chiste estaba en ellos: en las discográficas. Hoy por hoy, sólo los aferrados, los nostálgicos y los adultos temerosos de las computadoras son (somos) los principales (o únicos) consumidores de música en disco. Hoy el mundo es práctico. Inmediato. Lleno de entropía. Y, desafortunadamente, tiene forma de globo y no de disco.

C/S.

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