¿Días de radio?

Publicado originalmente el 30 de octubre de 2009.

León es una ciudad extraña. Mediocre, en muchos sentidos. Y en este aspecto, muchas veces tiene lo que se merece. La radio, por ejemplo.

No es novedad decir que la radio leonesa es aburrida, sosa, mediana en el mejor de los casos y no sirve más que para llenar las horas muertas en el auto o en el transporte colectivo; sirve, sí, a algunos oficinistas a llenar silencios, a los obreros a pasar las horas, a las amas de casa a tener un poquito de compañía… Pero a nadie realmente emociona. A nadie realmente apasiona. La radio leonesa está allí. Y no pasa mucho con ella.

Habrá que discrepe. Y tiene todo el derecho, adelante. Malo sería que medios como el periódico que usted sostiene en sus manos también estuvieran sólo allí. Un par de argumentos a mi favor, en forma de pregunta… Uno, ¿cuándo fue la última vez que escuchó algo realmente interesante en la radio? Y dos, ¿cuándo fue la última vez que escuchó una canción que no conocía, pero que le estremeció, le emocionó, le recordó por qué la música vale la pena?

En respuesta a la pregunta uno, podríamos decir que sí, que las difusoras se han preocupado dar breves reportes viales, cápsulas sobre salud y prevención, noticieros y un poco más de programación hablada. Pero, afrontémoslo, los reportes viales son breves y malhechos, las cápsulas torpes, los noticieros locales irrelevantes e infumables y la programación hablada es aburrida y vacía.

En cuanto al punto dos, sí, seguramente escuchó usted su canción favorita hace muy poco en la radio, le subió al volumen y revivió momentos pasados. Invaluable. Se la compro. Pero, por otro lado, su canción favorita seguramente está entre un repertorio pequeñísimo de unas 150 canciones que se repiten y se repiten en un letárgico ciclo musical. Es eso o, disculpe que lo diga, que tiene un pésimo gusto musical.

La radio leonesa, como muchas otras, supongo, tiene una programación mala, poco propositiva y mansa. En específico, se ha sobre-explotado un mercado adulto pasivo vendiendo el producto bajo un concepto: la Nostalgia. Hasta la radio que se precia de juvenil ha dedicado espacios a programar una supuesta melancolía por el pasado. Venta garantizada. Podría afirmarse, aunque peque de simplista, que eso podría significar que esa vertiente nostálgica tiene éxito porque pocas cosas contemporáneas logran conectar con la audiencia. O tal vez las difusoras ven muy riesgoso retar al público con otro tipo de música… porque el público no quiere ser retado. Ya lo decía Paul Weller: the public gets what the public wants.

Está el asunto muy discutido en un tiempo y ahora olvidado de la payola. Está bien, contra ella no podemos: las agonizantes disqueras quieren vender a sus monigotes así que hay que darles tiempo al aire y eso cuesta. Pero, como todo, la radio está aprisionada por intereses comerciales y políticos de unos pocos. Costumbre del país, pagamos justos por pecadores.

En potencia, la radio es un medio sensacional. El mismo Orson Welles llevó al límite sus alcances montando una invasión extraterrestre en los años 40. Woody Allen dedicó toda una película, Días de Radio, a la programación radial que escuchaba cuando niño, que constituyó su formación emocional. Incluso hace muy poco se estrenó en Inglaterra una película, The Boat That Rocked, sobre el impacto social y cultural de las radios piratas en la Gran Bretaña de los 60, cuando la BBC monopolizaba las transmisiones y algunos mavericks se iban mar adentro en bote. Sólo así podían invadir las olas radiales, fuera de toda jurisdicción. Hoy día la Internet sale de esta frontera, por supuesto, y hay proyectos loables. Pero tienen un público muy reducido, comparado al de la radio de aire, pero de allí podría (debería de) surgir la Próxima Cosa Grande.

León es una ciudad extraña. Mediocre, en muchos sentidos. Y en este aspecto, muchas veces tiene lo que se merece. La radio, por ejemplo. Y seguirá igual. Porque nosotros seguiremos igual. Que conste que, además, estoy hablando del contenido de la radio y no de los nefastos y oligofrénicos anuncios que dominan la programación en un 70% o más. Eso merecería un texto aparte, pero valga el comentario que los anunciantes nos creen tontos (o algo) y nosotros tampoco hemos hecho nada al respecto.

Se entiende que la radio comercial no podrá programar cualquier cosa sin la garantía de que le redituará. Vale. Pero incluso las difusoras que se precian de hacer verdadera radio parecen ir sin rumbo. Claro, los ochenta están muy bien, todas las chicas (materiales) quieren divertirse y todo eso, pero hay más vida que Madonna y más canciones que Papa Don’t Preach. Hay demasiada música como para escuchar siempre lo mismo. Pero, contradígame, es lo que usted pide y lo que usted quiere escuchar. Siempre hay una excepción, pero, ¿no sería a veces mejor que la excepción se convirtiera en la regla? Para romper la monotonía, al menos. La distopía viene hacia nosotros en forma de tedio y de costumbre. “Ya estamos impuestos.” En serio.

El tiempo radial también es tiempo de nuestras vidas y lo están desperdiciando. Podría ser tan fácil como apagar el aparato. ¿Lo hacemos de una vez? Off. ¿Nos conviene?

Musicómanos de León, uníos. Gente, si somos un poco más inteligentes, unámonos también. Dejemos de merecernos esto. Somos la cuarta o quinta ciudad del país y tenemos una radio… de cuarta o quinta. Este tema da para mucho. La primera piedra, arrojada está.

C/S.

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