De vinilos, posavasos y fantasmas.

Publicado originalmente el 21 de agosto de 2009.

Primera llamada…

Pocas cosas hay aún tan tremendamente románticas como un disco de vinilo. La era digital es la era de lo intangible, de lo fantasma. Las canciones existen como existe el aire: sin un medio que las porte ni soporte, en ceros y unos, que se transfieren de una computadora a otro. Seres sin cuerpo que, sin embargo, allí están.

En otros tiempos fue el disco de vinilo; el mal llamado “acetato”, el Long-Play o LP, era el amo y señor. No había otra cosa. No se necesitaba otra cosa. Ese plástico negro y delgado que tenía que ser pinchado por una aguja, de sonido puro e imperfecto, era el medio ideal para algo como la música: era bello, era mágico, era misterioso. ¿Cómo podía un pedazo circular de 7 pulgadas (en el caso de los singles) o de 12 (en el caso de los LP’s) traer tanta felicidad? Qué maravilla de invento.

¿Qué habrían sentido los musicómanos de antaño al saber, por primera vez, que la música podía transportarse de un lado a otro en un pedazo de plástico? La posibilidad de tener un recital en la propia sala de la casa era asombrosa. La idea de escuchar la canción favorita cuando así se desease era preciosa.

Estéticamente, el disco de vinilo siempre será mejor. Por ejemplo, nada puede competir con esas grandes portadas cuadradas en las que uno puede perderse mientras escucha. Ni siquiera los más extravagantes libretillos de los CD’s, ese posavasos fraudulento. ¡La portada es del tamaño de una servilleta en este formato que las discográficas nos vendieron como el Gran Invento! Además, claro, está la cuestión sonora.

El sonido del CD podrá ser más “limpio”, pero la conversión de las ondas sonoras a los códigos de ceros y unos que requieren los formatos digitales hace que el sonido pierda fidelidad. Después de todo, los ruidos de la aguja y del ambiente son parte de la música. No existe tal cosa como el sonido perfecto. ¿Qué el CD es más portable? Otra característica sobrevaluada porque en todo caso, ganan los fantasmas, los mp3, los sin cuerpo. Lo estético tal vez sea impráctico, pero es más satisfactorio.

Con todo lo práctico que lo digital puede ser, el verdadero musicómano sigue buscando vinilo, el formato original. Porque lo clásico será siempre moderno. Porque el futuro de la música está en el vinilo, que nunca se fue, que sólo se quedó en el underground, entre coleccionistas y obsesivos, riendo a carcajadas de todos los ilusos que se deshicieron de sus copias. De haber sabido…

En Europa, sobre todo, el vinilo vuelve a adueñarse de los estantes de las tiendas de música. La desquiciada industria musical debe entender que el futuro nunca estuvo en los CD’s, ese engaño. Con un formato que se sostenía con tan pocos argumentos la caída era inevitable. Ahí está la piratería como ejemplo. En otros lados del mundo, los coleccionistas están rescatando joyas en vinilo, dándoles el valor que siempre debieron tener y sorprendiéndose, como los primeros usuarios, de todo lo que un pedazo de plástico puede ofrecer.

C/S.

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