eccooper

Kino pop (y V.)

In Uncategorized on July 16, 2014 at 3:40 am

Chappaqua

Publicado originalmente el 27 de junio de 2014.

Musicopatía, cinefagia. Va una quinta entrega de comentarios de películas pop que duran entre 1 y 1,000 minutos y que forman parte del mapa de mi cabeza. Como devoto seguidor, llevo un registro más exhaustivo que conteo de calorías de una supermodelo de pasarela acerca de lo que veo, escucho y leo, mis verbos favoritos. Hoy presentamos uno más de los pequeños recuentos extraídos de los cuadernos actuales de su servidor y pana. No siguen un orden específico:

Anna (1967) de Pierre Koralnik.
Musical frenchute en clave nouvelle vague con Anna Karina, Serge Gainsbourg, Jean-Claude Brialy y Marianne Faithfull. Es decir, perfecto para mí. Todo es pop, todo es color, todo es perfecto; es el escapismo necesario ideal. La película se trata de muy poco, pero no importa. Los números musicales son del Gainsberre, por supuesto: Roller Girl, Sous le soleil exactement, Anna. Y la Faithfull más deslumbrante haciendo Hier ou demain. El filme fue hecho para la televisión en 1967 y no le fue mal, pero le ha ido mejor con el paso del tiempo, transformándose en pequeña película de culto para francófilos, nostálgicos, tipos que se quedaron en la nouvelle vague y fanáticos de Gainsbourg o la Karina. Es decir, un servidor.

! Women Art Revolution (2010) Lynn Hershman-Leeson.
Documental que inevitablemente se queda incompleto, pues es una reivindicación del arte femenino en los siglos XX y XXI. ¿Incompleto? Sí. Porque para nombrar y hacer justicia a todas las creadoras ignoradas por instituciones, museos, grandes y pequeños públicos, academias y demás eslabones de la cadena alimenticia de la industria del arte que fueron rechazadas sólo porque eran mujeres, se necesitaría una muralla del tamaño de la china. El documental explora este fenómeno, expone casos y muestra verdaderas obras maestras de mujeres valientes. Enlistaré, sólo para que al lector le pique la curiosidad, aunque también me quedaré incompleto (una disculpa), pero en ! Women Art Revolution Lynn Hershman-Leeson (ella misma artista) entrevista, menciona o muestra el arte de: Howardana Pindell, Joyce Kozloff, Betye Saar, Yvonne Rainer, Judy Chicago, Nancy Spero, Faith Ringgold, Sheila Levrant de Bretteville, Sol LeWitt, Judith Baca, Adrian Piper, Mary Beth Edelson, Hannah Wilke, Faith Wilding, Suzanne Lacy, Mirian Schapiro, Rachel Rosenthal, Martha Rosler, Harmony Hammond, Leslie Labowitz, Eleanor Coppola, Eleanor Autin, Judy Dater, Ana Mendieta, Lorraine O’Grady, Martha Wilson, Hannah Wilke, Barbara T. Smith, Carolee Schneeman, Dara Birnbaum, Lynda Benghis, Prudence Juris, el colectivo Disband, Mierle Laderman Ukehs, Kathe Kollwiz, Marcia Tucker, Karen Le Cocq, Catherine Wagner, el colectivo Guerilla Girls (con sus máscaras de gorila, claro), Violette Leduc, Cecilia Vicuña, Alexandra Chavaniec, Suzy Lake, Cindy Sherman, Barbara Kruger, Miranda July, Janine Antoni, Camille Utterback, Shirin Neshat, Theresa Cha, Tammy Rae Carland, Lucy Gray, Coco Fusco. Y las que no cupieron aquí. Y las que no cupieron en el documental. 

Ten Minutes of Silence for John Lennon (1980) de Raymond Dépardon.
El cinefotógrafo Raymond Dépardon ha dedicado la mayor parte de su carrera a registrar la vida. Esto es, a captar lo que le rodea para después intentar darle una narrativa coherente. Sus documentales son casi contemplativos, aunque siempre repletos de signos de interrogación: Dépardon cuestiona todo sólo mirándolo, eso sí, desde todos los ángulos posibles. Disecciona con la vista. E hizo lo propio el 9 de diciembre de 1980, unas horas después del asesinato de John Lennon; Dépardon estaba en Nueva York y se acercó al edificio Dakota para observar. La cámara capta rostros (casi todos desencajados) y cuerpos (casi todos inmóviles) que se conduelen por la pérdida de un amigo desconocido. Dépardon se pregunta sin palabras, en diez minutos de silencio, cómo es esto posible. ¿Es real el duelo? ¿Es real esta gente? ¿Era real aquel? En una época de documentales escandalosos, los de Dépardon siguen siendo importantes porque no gritan; son puro cine y capturan un pedazo de mundo y de Historia.

A Brief History of John Baldessari (2011) de Henry Joost y Ariel Schulman.
De los artistas pop, pocos llegaron al XXI siendo importantes sin mirar al pasado. John Baldessari sí. Las chicas lo encuentran atractivo, su actitud es de tío rockstar y su trabajo sigue siendo furiosamente actual desde que vive bajo su propio lema: nunca más haré arte aburrido. En diez minutos, Henry Joost y Ariel Schulman le rinden un merecido homenaje en video al tiempo que se ríen de él y con él. El cortometraje tiene un ritmo impresionante y es baldessariano en todo, desde la tipografía de los títulos y hasta los encuadres del estudio del artista, un lugar de sueños en donde a cualquier tipo con ideas le fascinaría quedarse a vivir. Por si fuese poco, esta breve historia de Baldessari está narrada por Tom Waits.

Chappaqua (1966) de Conrad Rooks.
Conrad Brooks era el hijo heredero de uno de los fundadores de Avon, la compañía de cosméticos. Es decir, tenía el puto mundo a sus pies. Esas fortunas son siempre dilapidadas de maneras vergonzosas y Brooks hizo honor: se gastó miles de miles de dólares en juergas, mujeres, drogas cada vez más fuertes, bebida, juego. Cuando su cuerpo pidió esquina y estuvo a punto de dejar un cadáver joven y bello, se lo pensó dos veces y se mudó a Zúrich, donde tomó una terapia de sueño que resultó exitosa. Con el tiempo que de por sí tenía entre manos se puso a leer, ver cine y a intentar escribir y hacer cine. Tal vez su trabajo más notable sea la adaptación del Siddharta de Hesse a la pantalla en 1972, pero Chappaqua (1966) es su obra clave. Es una película sin pies ni cabeza pero con una atmósfera increíble; va sobre un drogota sin remedio y su n0-vida. La música es de Ravi Shankar (originalmente la escribiría Ornette Coleman, pero al final no se hizo el trato, aunque Coleman aparece en la película.) Hay apariciones en pantalla de William Burroughs, Allen Ginsberg, el gurú Swami Satchidananda y los músicos Moondog y The Fugs: la pura crema y nata de la contracultura toxicómana.

Hallo Satchmo (1965) de Jan Špáta.
Louis Armstrong visita la entonces Checoslovaquia y hay decenas de camarógrafos que están allí para capturarlo. Y es que desde siempre ha quedado claro que ya no los hacen como Louie: era tan raro como 29 de febrero y tan bonito como un año bisiesto. Hallo Satchmo no se trata más que de eso: media hora de Louie siendo Louie. No se necesita más. Es la media hora mejor aprovechada del mundo, les digo.

La Révolution n’est qu’un début. Continuons le combat (1968) de Pierre Clémenti.
Enfant terrible carilindo, Clémenti es un pequeño héroe del cine. Actuó en las películas más arriesgadas, pasó tiempo en la cárcel y aprovechó para escribir un libro y se involucró con la contracultura francesa a mediados de los 60 de manera activa. Visa de censure no X es, aún hoy, un gran documento de una idiosincrasia que, ay, tal vez nunca debió perderse. Y en La révolution n’est qu’un debut… capta los disturbios de mayo de 1968 en Párís, los pasa por un filtro de psicodelia y Kenneth Anger y les pone como banda sonora el pop más feroz sobre la tierra. El resultado es increíble. Explosivo. Magnífico. Aunque un poco demasiado arty, tal vez.

C/S.

Desempolvando diarios: Harpers Bizarre, Yeti, Extensión 333.

In Uncategorized on July 9, 2014 at 3:42 pm

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Publicado originalmente el 20 de junio de 2014.

Me fui hace unos días de viaje a un lugar incomunicado, lejos, bañado por el Océano Pacífico. Lo necesitaba. Todo fue bien. Me llevé, para poder escribir, un par de cuadernos que por la humedad regresaron arrugados y con la tinta de algunas páginas como rímel corrido de mujer dramática. Eran cuadernos viejos y tenían anotaciones de hace varios años. Rescato para esta columna algunos fechados de 2006 que me llamaron la atención. Fueron buenos tiempos, aquellos.

Harpers Bizarre, Feelin’ Groovy. “La felicidad está en un disco de Harpers Bizarre…”
En 1966, la Warner compró a una pequeña disquera llamada Autumn Records. A este sello pertenecían The Tikis, una banda de surf de California que había lanzado un par de sencillos con poco éxito. Pronto se convirtieron en Harpers Bizarre. Liderados por Ted Templeman y Dick Scoppettone, comenzaron a hacer un exquisito pop barroco lleno de armonías vocales y melodías alegres, irresistible para todo fan del sunshine pop. Su primer álbum, Feelin’ Groovy, apareció en 1967. Algo tiene ese año, ¿no?

El quinteto nunca estuvo solo, pues les respaldaba gente del tamaño de Van Dyke Parks: con su Come To The Sunshine comienza la placa de un modo inmejorable. Y el gusto de los Harpers Bizarre para elegir sus temas es casi esquizofrénico: desde su tema más popular, 59th Street Bridge Song (superior, creo, a la versión original de Simon & Garfunkel) y hasta ¡Prokofiev! en Peter And The Wolf. En menos de media hora, se las arreglan para sonar a bubblegum puro (Happy Talk o Happyland, títulos de lo más melosos) y hasta un pop barroco estilo The Association o Sagittarius como en The Debutante’s Ball, una obra maestra de tres minutos.

Feelin’ Groovy es genial por esa vitalidad y alegría. Piezas maestras como Come Love no cabrían en otro disco. Su encanto es infantil como en Simon Smith And The Amazing Dancing Bear (una canción circense que no llega a la locura del Mr. Kite beatle, pero que sí evoca un espectáculo colorido con todo y aplausos) o el ludismo oriental de Raspberry Rug, que tiene un encanto naïf muy sixties, aunque también un aire de musical de Broadway.

Después de este disco, Harpers Bizarre grabó otros tres, todos me gustan. En 1970, cada uno se fue por su lado. Feelin’ Groovy, sin embargo, ha sobrevivido al tiempo a pesar de tantos años y sigue sonando tan emocionante como en el loquísimo 67. Tanto que aún ahora puedo asegurar que la felicidad está en un disco de Harpers Bizarre. No son light, basta escuchar sus arreglos. Son sunshine, del mejor. Esto sí es pop.

Yeti, One Eye On The Banquet. “No cambiará al mundo pero lo hará más feliz…”
Me encanta Yeti. El quinteto, que a veces pasa desapercibido entre los nuevos gritones, se ha hecho de una excelente reputación con solamente dos singles a cuestas (ambos lanzados por Moshi Moshi) y como banda abridora de la gira europea de Oasis. Las noticias: Yeti está de regreso con un EP de edición limitadísima, producido y financiado por ellos mismos.

Apenas cinco canciones hacen que Yeti ya no sea solamente “la banda de John Hassall tras la separación de los Libertines”. Ya son banda por derecho propio y lo reclaman con ecos a los Byrds, armonías beatlescas y mucha melodía. A diferencia de Babyshambles, los de Yeti son contenidos, casi frígidos y más enfocados en la música; a diferencia de Dirty Pretty Things, los de Yeti no se lo toman en serio, se dejan de poses engreídas y no quieren ser los chicos malos de la película.

One Eye On The Banquet (2006) dura apenas dieciocho minutos en su edición de CD. En 7″ dura cuatro minutos menos (¡y se reproduce a 33rpm!). Pero ha costado trabajo quitarlo de la tornamesa. Comienza contundente con The Last Time You Go, con guitarras powerpop afiladísimas y un coro pegajosísimo. Con una programación concienzuda en la radio, sería un éxito, pero no sucederá. Yeti, al parecer, es un grupo para sibaritas pop y están cómodos así.

El segundo track es Moneygod, que remite al debut de The Coral (y, caprichosamente me suena también al Love del Forever Changes, tal vez estoy loco). Es una queja contra la fama banal y acaso una sutil pedrada de Mr. Hassall a sus antiguos compañeros de banda. En un disco de esos que se compran en el Mixup habría sido una tonada sinsentido; en un EP independiente y lanzado con tanto esfuerzo como éste es no sólo coherente, sino exaltante.

Song For The Dead, compuesta por el guitarrista Andrew Déjan tiene una sección de metales muy linda y tras la tercera escucha se convierte en un pequeño himno para una caminata solitaria de viernes por la tarde. Con Magpie Blues se termina el EP en vinilo, un blues acústico divertidísimo y pegajoso (como la versión Yeti de For You Blue de Harrison, pero sin la guitarra slide).

El CD, sin embargo, todavía nos ofrece cuatro minutos más de pura alegría: Insect-Eating Man es la canción tonta del EP. Ligera, melódica y divertida, divertida, divertida, es un guiño a los musicales que Eric Idle componía para Monty Python. También suena a The Small Faces. O hasta a extravagancia beatle (Honey Pie o You Know My Name, por ejemplo). “Forget burritos… Give me mosquitos!” repite el personaje de la canción, que prefiere buscar en el suelo animalillos de muchas patas que ir a cenar al Ritz.

Me encanta Yeti. Y no puedo entender cómo a alguien puede parecerle irrelevante un disquito con buenas, muy buenas canciones. No es una obra maestra que cambiará el mundo, pero sí lo hace más feliz. Never lose your sense of wonder y disfruten.

Extensión 333, Esa chica te chupará la sangre. “Necesito robar de todos lados…”
“Mi pelo sixties/ mi camiseta de Keith Moon/ me he quedado en Quadrophenia como tú”. Un coro tan memorable no podía convertirse más que en un himno personal. No hay opción: a mí las referencias pop me matan, posiblemente porque yo necesito robar de todos lados para armarme una conversación coherente y una personalidad. ¿Acaso no lo hacen todos? Estamos inevitablemente marcados por los tiempos, por los íconos y por los lugares comunes.

Una chica mod me dijo hace ya un tiempo que ella elegía día a día un himno personal. Mi himno de hoy, definitivamente es Atrapada en los 60, memorable y ruidoso punk de dos y medio minutos de Extensión 333, una banda estridente de Valencia, España. Formada en 2003 de miembros de Wallride y otras bandas, Extensión 333 es todo lo que los de Stanley Road cantaban que querían: sex, mod and punk.

Su primer (y hasta ahora única) placa se llama Esa chica te chupará la sangre y es tan salvaje como el título -y la cubierta- lo sugieren. La estrella del disco es obviamente Atrapada en los 60, historia de una chica obsesionada con las Lambrettas que “come” muchas pildoritas moradas: “Mi parka verde/ Una chapa de los Who/ me he quedado en los 60 como tú”. Todo un himno mod de guateques interminables, de juventud desenfrenada y pura emoción: “Una noche puede reventar”. ¿O una parodia? ¡Qué más da! El tema es tan explosivo que desconcierta al final cuando, de golpe, comienza a sonar la introducción de sintetizador de Baba O’Riley.

El resto del disco no baja la guardia. El amor a la música está en La tienda del vis, versión en castellano del Argy Bargy de Cock Sparrer y Explicaciones, traducción de las Teenage Kicks de los inolvidables Undertones. En las composiciones propias, No olvides el ritmo, una joya, tremenda, siempre voy a acordarme de ella. Interferencia y La naranja mecánica son dos tracks tan intensos que no pasan del minuto y medio. Hay garage a lo Cramps en la canción que da título al disco y en Elvira la Vampira, memorable. Incluso hay un órgano muy groovy en Malas compañías. Las dos debilidades del disco, Hombre pisto y Nostalgia suenan, sin embargo, a Stiff Little Fingers y funcionan, aunque opacadas por la sobrecarga de energía de las otras canciones.

Extensión 333 hacen música sudorosa para un viernes alocado para tipos con pinstriped suits y chicas obsesionadas con parecerse a Anita Pallenberg (versión ruda) o Twiggy (versión cute). Para tipos que “se quedaron en Quadrophenia” o en el 77 europeo. Noisy but stylish. Sórdido pero elegante. Moderno pero español. Electrizante punk color púrpura. Snap!

C/S.

Dos discos nuevos: Aries y Lee Fields.

In Uncategorized on July 3, 2014 at 2:16 am

Publicado originalmente el 13 de junio de 2014. Ambos textos fueron escritos para LaPopLife y publicados originalmente allí.

1. Aries, Mermelada Dorada. 

Martes 3 de junio, 2014.
Hace un par de días un amigo que ha dedicado gran parte de su vida a ensimismarse con discos del rock progresivo más clavado escuchó por primera vez a Teenage Fanclub. Lo único que atinó a decir fue: “¡Qué fuerza!” Que hablara así de uno de mis grupos vitales me hinchó de ese raro orgullo que sólo los Chicos de los Discos pueden sentir y que, viéndolo bien, es un orgullo bastante chafa e inútil: que una recomendación haya calado hondo en alguien más. Y también me dio una envidia gigantesca: qué daría yo por escuchar a Teenage Fanclub por primera vez, de nuevo, y sudar frío, pasmado por lo que sale de las bocinas. Primeras veces así son breves y escasas. Y bonitas, muy bonitas.

Cuidado con lo que deseas, decía la Abuela. Porque sólo dos días después tuve una primera vez. Otra. Una iluminación más producida por el giro de un disco. Ocurrió gracias a que alguien a quien respeto mencionó algo llamado Aries. Y su álbum nuevo, Mermelada Dorada. Lo busqué. Lo encontré. Y me encontré con música que me emociona y hace que mi cerebro corra como el ciclomotor de Marianne Faithfull en Girl on a Motorcycle. ¡Ah, ese outfit de cuero!

Aries es el proyecto nuevo de Isabel Fernández Reviriego (de Electrobikinis y Charade), aunque yo no lo sabía hasta hace poquísimo. De hecho, me dispuse a hacer un ejercicio: escuchar el disco sin saber de qué iba, sin investigar previamente, sólo la música y yo, duelo de vaqueros, pistola desenfundada, bang. Ella ganó, por supuesto. En el track dos ya estaba yo sometido. Sudando frío. Gritando aleluyas y eurekas.

Lo que escuché es pura magia. Es la música honesta y entusiasta de una chica que ha escuchado demasiados discos y que me hace pensar que todos deberíamos enamorarnos de oído. ¡Es que esta es música que haría sonreír hasta al amargo de Bernard Black! Ella es colores, muchos colores. Es psicodelia que se salta todos los lugares comunes. Es un finísimo pop que, el día que se descuiden, dominará al mundo (ojalá) armado de Rickenbackers, tambores y sintetizadores. Es dulce, pero no es naif. Es lisérgico, pero no anda perdido. Hace que las cabezas vuelen como en Zabriskie Point. ¡Eso es! ¡Lo tengo! ¡Zabriskie Point con Mermelada Dorada de fondo, el súmmum de la perfección pop!

Miércoles 4 de junio, 2014.
Amo escuchar un disco por primera vez. Discos como este, al menos. Mermelada Dorada contiene 10 canciones y un larguísimo jam instrumental y pide susurrando (nunca a gritos) una y otra escucha. Y cuando la primera vez es un cataclismo como este, la segunda es crucial. Como en las buenas colecciones de canciones, descubrí cosas nuevas y me sorprendí otra vez. Como si Isabel, que nació en Bilbao pero vive y graba en Vigo, se pusiera a cambiarle cosas al álbum mientras duermo. No dudo que lo haga. Es una maldita genio.

Para mí, es el amanecer de la era de Aries.

* * *

2. Lee Fields (& the Expressions), Emma Jean.

Lee Fields ha sacado su tercer disco con los Expressions. Un disco que lleva el nombre de su difunta madre. Un disco que es relevante hoy porque está lleno de canciones con alma, honestas, que se sienten de verdad.

No puedo pedir más a un disco.

Debo decir que soy muy parcial con Lee Fields. Estoy siempre predispuesto positivamente con él. Tal vez me equivoque. Pero es que él se lo ha ganado. Un tipo que ha hecho carrera haciendo su música sin concesiones, lo merece. Siempre.

Y no caeré en el lugar común de decir “de esos hay pocos.” Porque de esos hay muchos. Sólo que no hacen concesiones. Y por eso, el mainstream, que siempre impone sus condiciones creyéndose total, los hace a un lado. Los escupe. Y nos condena a todos, no sólo a ellos. Algunos intrépidos, afortunados, luchadores, no sé, logran hacer un David frente al Goliat. Y a esos hay que celebrarlos cada vez. Cada vez, dije.

Y aunque no fuese así, Emma Jean de Lee Fields es un álbum gigante, lleno de imponentes mid-tempos en clave de soul sureño y de gran funk que recuerda a aquel Stax de inicios de los 70. Es la música que me gusta. Es la música con la que crecí – y aquí estoy hablando de crecer en cuanto a ser mejor persona, a querer más la vida y no sólo pasar por una etapa. Es la música que voy a escuchar hasta que me muera. Y estoy feliz al saber que no tengo que depender siempre de los viejos elepés que he ido acumulando con el tiempo y que he memorizado como pupilo aplicado, repitiendo una y otra vez hasta que los vecinos quedan con jaqueca; estoy feliz porque el soul sigue vivo y sano y sus exponentes del XXI mantienen la idea original y la mejoran. Porque, que quede claro, el soul nunca ha dejado de ser relevante. Pregúntenles a los búhos anfetamínicos de Wigan o a todos los fanáticos nerviosos de ojos como platos (como discos de 12”) que alrededor del mundo siguen, hoy, organizando noches de soul, ya sea regadas de cerveza o llenas de acróbatas que hacen cabriolas en un suelo espolvoreado de talco. A una música que se llama soul hay que hacerle honor. Si no, ni invocar su nombre. Lee Fields lo sabe. Por eso hace lo que hace.

Por si fuese poco, Emma Jean de Lee Fields sirve para llevarlo a todo volumen en el auto (con dos o tres panas ya con mucha cerveza oscura corriendo por sus venas y el codo bien mostrado por la ventanilla a lo papá de Pete y Pete) y para organizar fiestas en casa. Lo comprobé todo eso este fin de semana. Desde que me hice de él, lo he escuchado unas doce veces completo y no temo equivocarme al decir que acompañará en el futuro a algunos de mis recuerdos más felices de esta época.

De eso debe tratarse la música. De eso se trata Emma Jean de Lee Fields. Y los Expressions, claro.

C/S.

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