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¿Qué nos hizo el pop?

In Uncategorized on December 16, 2014 at 1:58 pm

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Publicado originalmente el 27 de noviembre de 2014.

El 28 de marzo de 1964 apareció en estas mismas páginas, en este mismo periódico, un reportaje que se anunció como “exclusivo.” Se titulaba Historia de la histeria y trataba sobre un grupo de melenudos scousers que, con una música estridente, estaban volviendo loca a la juventud norteamericana. Era cuestión de tiempo para que la histeria se desatara por estos lares.

Qué escándalo.

Como en muchos otros lugares, como en muchas otras provincias, esta histeria reconfiguró algunas cabezas a partir de hacer latir con violencia algunos corazones. ¿Qué nos hizo la música pop? ¿Cómo cambió nuestra mentalidad? ¿Y a nuestra ciudad? ¿Realmente tuvo algún impacto o fue una cosa de locos, minoritaria, marginal?

Puede que sean preguntas trasnochadas. Como nuestra ciudad, vaya. Cuando nosotros vamos, ya muchos vienen. Pero ello no significa que no tengamos que seguir en la ruta. Al menos hemos hecho las cosas a nuestra manera y confeccionado nuestra historia que, ay, si bien no siempre se registró, sí queda en los relatos y en los recortes, en las fotos y en los rumores.

¿Qué pasó con esa histeria? ¿Nos hizo mejores? ¿Nos hizo peores? ¿Fue sólo una moda? ¿Qué historias se construyeron a partir de ella?

¿Qué tiene la música que engancha, que emociona, que la hace inmediata y democrática? ¿O qué tenía? Decía Cioran: “Sólo aman la música quienes sufren a causa de la vida. La pasión musical sustituye a todas las formas de vida que no se han vivido y compensa en el plano de la experiencia íntima las satisfacciones encerradas en el círculo de los valores vitales. Cuando se sufre viviendo, la necesidad de un mundo nuevo, distinto del que vivimos habitualmente, nace de forma imperiosa para no diluirnos en un vacío interior. Y ese mundo sólo la música puede traerlo.”[*] ¿Qué tanta razón tiene en nuestro caso? ¿Sigue siendo así? ¿O la comodificación ya hizo lo suyo?

¿Escuchamos música para divertirnos, para crearnos una identidad, para ser parte de un grupo, para no ser parte de un grupo? ¿Por qué nos importa la música? ¿Por qué debería importarle la música a una sociedad en crisis? ¿Se vale preocuparse por estas cosas? ¿Todavía tiene la música ese carácter visceral que puede cambiar mentalidades? ¿Todavía es extraordinaria? ¿Todavía se puede hacer algo nuevo? ¿Hay cosas que decir y, como decía aquel monigote insufrible que sonaba en todas las salas de estar de hace unos años, se pueden “decir con música”?

¿Qué nos hizo el pop que a algunos nos voló la cabeza? A mí, al menos, me mostró que había posibilidades. Que en una ciudad y en una sociedad que no daba opciones, sí se podía elegir. Que no todo tenía que ser así.

Supongo que algo de eso sucedió a aquella generación de la histeria. Supongo que por eso, a pesar de que siempre me peleo conmigo a causa de ello, siempre reviso la historia de la música y me clavo con lo que sucedió en el pasado. Supongo que me identifico con aquella candidez, con el ansia del descubrimiento, con intentar encontrar algún sentido. Con romper la monotonía, llevar la contraria, joder la paciencia, ser diferente aunque significase forzar las cosas. ¿Diferente a qué? A lo que fuese, al sabor de la semana, con la única condición de estar siempre en movimiento, de un lado a otro, incluso si era sólo por esquivar el aburrimiento mortal de la escuela, la casa, el trabajo, la calle, la ciudad. Hoy eso se desdeña, es motivo de burla, porque las cosas tienen que ser fijas. ¿Por qué? Sólo los muertos no se mueven más. Y yo no me quiero morir, no aún, ni quiero vivir en una ciudad muerta, ni en un país muerto. Y uno se muere no sólo cuando se acaba la vida, también cuando ya no hay sentido del asombro y todo es cinismo, ironía, distanciamiento. Cuando ya no te involucras, estás muerto. Bien muerto, cagón. Out.

¿Qué nos hizo el pop (entendamos pop como toda esa música popular, basta de usar la palabra como antónimo de rock, que no lo es)? ¿Por qué le dedicamos tanto tiempo? ¿Por qué no lo dejamos atrás? ¿Por qué no queremos superarlo? ¿Es que hay que hacerlo? ¿Por qué tenemos el impulso de crear nuevas canciones aunque nos robemos los acordes de otras viejas o caigamos en la discordancia? ¿Por qué pensar sobre ella más allá de disfrutarla, bailarla y compartirla? ¿Es, como dijo aquel señor (que paradójicamente me cae bien) acerca del fútbol, sólo lo más importante de lo menos importante? ¿Es un estilo de vida? ¿Es un escape cobarde? ¿Es un escape valiente? ¿Es enfrentamiento, confrontación?

¿Qué nos hizo el pop? ¿Qué nos hace? ¿Qué nos hará?

El 28 de marzo de 1964 se dejó ver un fenómeno nuevo en estas mismas páginas. ¿En qué fecha ocurrirá el siguiente? Porque yo sigo esperándolo. Yo quiero ser parte de él. ¿Quién más? Acá estamos.

En algún momento perdí el rumbo y me gustaría saber dónde, si es que se puede. Hablo en primera persona, pero podríamos hacerlo en segunda o tercera del singular o del plural, da igual. Quiero saber lo que es verdad, lo que es mentira y lo que vendrá. Tarará, carajo. Tarará.

La foto es de Héctor Gómez Vargas, que ha hecho una investigación exhaustiva acerca de nuestra ciudad, sus habitantes y su relación con la música. Él fue el que me planteó la pregunta que da título a este texto, pero eso no es sorpresa: él siempre plantea las preguntas que nos mueven.

[*] La cita es del libro El libro de las quimeras de E.M. Cioran editado por Tusquets (Barcelona, 1996.)

C/S.

Discos que importan: Matthew Sweet, Girlfriend.

In Uncategorized on December 9, 2014 at 2:58 pm

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2014.

Me gusta escuchar.

Lo sé: perdón por comenzar así. Pero es que a veces tengo que recordarlo y recordármelo. Hay montones de cosas que me gustan en el mundo. Cientos. Miles. Cientos de miles. No sé, demasiadas. La vida humana me entusiasma porque está llena de cosas. Hay inmundicia (y vaya que la hay, se nota en las páginas de este mismo periódico) pero también hay brillantez. Mucha. Hace unos días unos individuos (que también comen y cagan como yo) lograron aterrizar una sonda espacial en un cometa. ¡Rosetta! ¡Qué puta impresión, les digo!

Divago, aunque por necesidad. Hace poco, chica, me hiciste una pregunta rara. “¿Por qué no te gusta nada?”, inquiriste. Un reclamillo, por supuesto, por algún desacuerdo en nuestras filias. Un programa de tele, una canción. Qué se yo, la verdad es que lo he olvidado. Mi falla. Mea culpa. Pero la pregunta me sorprendió. ¡Si me gustan tantas cosas!

Me gusta escuchar, por ejemplo. Mucho.

¿Cuántas horas de vida he dedicado a escuchar? Ay, carajo.

Me gusta escuchar. Y parece una cuestión evidente. “Si este cagón escribe de música”, dirás. ¡Si no habla más que de eso, cuando le dan oportunidad! Pero es que a veces parece que no, que sólo cuento historias, que me sé datos, que intento abarcar tantos discos que me pierdo y dejo de escuchar.

Debo confesarlo: a veces pasa. Pero me gusta escuchar. Además de todas las historias y de toda esa teoría, me gusta escuchar; es más: por escuchar es que me gustan todas esas historias y toda esa teoría. Porque en el principio, la tierra estaba sin orden y vacía y las tinieblas cubrían la superficie del abismo y luego se hizo la música. Antes de todo, estuvo el placer, el enamoramiento, el descubrimiento, el primer impulso esteta: esa canción que me hizo querer saber más. ¿De qué iba el sonido que era tan bonito? ¿De qué iba el sonido que era tan profundo?

Me gusta escuchar Girlfriend de Matthew Sweet, por ejemplo. No es un disco que me sacó delante de un tiempo difícil, a pesar de que es un disco confeccionado justamente de puros momentos duros. No es un disco que haya marcado mi vida; no en el sentido en que hicieron otros, tal vez. Pero es un disco que amo escuchar. Porque suena a todo aquello que me volvió loco la primera vez que la música me volvió loco: guitarras en su sitio, melodías perfectas, euforia y tristeza adolescente en casi igual proporción. Vida.

Eso: vida. Girlfriend de Matthew Sweet es un disco vivo.

Salió en 1991. Sweet estaba consolidando su carrera, que ya era larga y productiva. Ya tenía dos álbumes solistas a cuestas (Inside del 86 y Earth del 89), pero el de Nebraska había pisado ya cientos de escenarios como parte de la intensa escena de Athens: tocó con The Specs y The Dialtones, geniales nombres para una banda amateur; colaboró con Michael Stipe en Community Trolls y con Lynda Stipe en los geniales Oh-OK; con David Pierce formó parte de Buzz of Delight. Girlfriend fue hecho con sudor y sangre: estaba divorciándose y replanteando vida.

Tal vez por eso el disco suena así de vivo. Tal vez es sólo que Sweet es un tipo sensible. O que haya escuchado los discos adecuados. O todo junto. Así nacen las obras maestras, supongo.

Girlfriend es fascinante como álbum. Desde esa portada, con una joven y elegantísima Tuesday Weld (quien objetó el título original del disco: Nothing Lasts.) Joyita. Y la música que suena es, ya también lo decía, como casa para mí: jangly, lleno de ritmo, con melodías cantabilísimas, urgente, dolido. Suena a un tipo que trae a Big Star y a Badfinger en las venas, que creció con pop sixties y el corazón permanentemente roto. Un poco como yo, un poco como mis amigos.

Es un disco vivo, ya decía. Visceral. Muy pop, en ese sentido. Poco cerebral. De lugares comunes, tal vez. ¿Revolucionario? Puede que no. Simon Reynolds dice que el powerpop es estancado, imberbe, estático. O algo así, en realidad lo parafraseo exagerando. Pero su idea es que el powerpop no va hacia adelante. Que no va hacia ningún lado.

Como si no fuese la vida así, a veces.

Anyway, sé que es una falacia. Sé que puede que tenga razón, pero también sé que pocas cosas me hacen tan feliz como un buen disco de powerpop. Como Girlfriend, vaya. Es música que pongo y me hace sentir vivo, me da buena onda, me mueve los pies y el jodido corazón. Es la música por la que quise tocar la guitarra y formar un grupo y luego escribir sobre música; es la que asocio con la juventud y con buenos momentos… o con convertir los malos en canción. Amo los estribillos y las guitarras que hacen twang y las líneas de bajo rebotadoras. Amo ese sonido al que alguien le puso nombre pero que, incluso hoy, me parece difícil de definir. Porque ese nombre le queda y le queda bien, pero no termina de describirlo.

Amo ese sonido. Amo escuchar. ¿Cuántas horas de vida he dedicado a escuchar? Ay, carajo.

¿Cuántas horas he dedicado a Girlfriend de Matthew Sweet? Ahora que lo pienso, muchas. Con M mayúscula: Muchas. No es un disco que me sacó delante de un tiempo difícil, a pesar de que es un disco confeccionado justamente de puros momentos duros. No es un disco que haya marcado mi vida; no en el sentido en que hicieron otros, tal vez. Pero es un disco que amo escuchar. Porque suena a todo aquello que me volvió loco la primera vez que la música me volvió loco: guitarras en su sitio, melodías perfectas, euforia y tristeza adolescente en casi igual proporción. Vida.

Es suficiente para hacer de algo un favorito. Y tener un algo favorito es pura vida.

C/S.

Kino pop (y VII.)

In Uncategorized on December 2, 2014 at 1:50 pm

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Publicado originalmente el 14 de noviembre de 2014.

Musicopatía, cinefagia. Alrededor de 2007-2009 tenía mucho tiempo entre manos y lo dediqué a escuchar discos y ver películas. Al final de esa misma época hice una hoja informativa muy al estilo años 80: en el más fanzinero de los espíritus, escribía reseñas de películas ignotas y maquetaba un diseño de corta y pega, un collage de impresiones de computadora y fotos de revistas, periódicos y libros. La hoja informativa me salió más que bien y tenía un nombre exquisito: Peeping Tom. La recuerdo con orgullo, aunque duró poco. La repartía entre mis panas y dejaba copias en cafés, bares y en cines; la tienda de cine de arte de la Plaza de la Tecnología accedió a distribuirlos un par de veces. Durante más de medio año organicé (junto a Don Camisa, ese personaje) el cineclub de Contrapunto, donde aprovechábamos para proyectar rarezas varias y, claro, para repartir la hoja informativa. Nunca supe de verdad qué le parecía a los lectores, porque no era ese el punto, sino liberar de alguna manera la información que iba acumulándose en la cabeza y exorcizar de alguna manera la pasión cinera para que no me (nos) consumiera.

En uno de esos impulsos archivistas que sufro, me encontré con algunas reseñas para Peeping Tom que no lograron entrar a las ediciones definitivas de la hoja (que fueron tres.) Son un poco exageradas, tal vez, como si tuviesen la intención de ser las frases para el bronce de un lanzamiento clandestino de VHS, pero me gustan la euforia y la pasión, porque en Peeping Tom sólo importaba que la película nos hubiese emocionado, aunque sea un poquito. El ánimo era contagiar el entusiasmo. Espero haberlo logrado. Aquí algunas de esas reseñas:

Erotissimo (1969) de Gérard Pirès.
Muy en el tono del cine pop más descarado y explotador de William Klein, Erotissimo es una delicia. La anécdota es la de siempre en esta clase de sexicomedias: una esposa middle class/middle age quiere un poco de emoción en su vida (el esposo es un exitoso empresario que le pone muy poca atención.) Y lo que sigue es una serie de enredos propia de cualquier película cutre de domingo. Visualmente, es una maravilla: pop, op, chicas de revista de moda late sixties (y algunas publicaciones adults only) por doquier, melenas, psicodelia, sexo vintage, ridículos gadgets, mueblería de catálogo y ropa de esa que salía en las fotos de la antigua Vogue. El humor es simplón y muy, muy, muy francés (anti-galos, absténganse), con clara herencia de los flicks más ligeros de la nueva ola. Al final, funciona muy bien. Es una comedia liviana para una tarde tranquila; se ve muy bien con un trago estiloso y buena compañía. Para los muy clavados, Serge Gainsbourg aparece en un brevísimo cameo.

Jeu de Massacre (1967) de Alain Jessua.
Dos palabras: Guy Peellaert. La película es toda extraordinaria, pero lo que más destaca con los dibujos del genio de los tebeos y la ilustración. Y es que Jeu de massacre (o The Killing Game, en inglés) va de caos y creación, con un impecable Jean-Pierre Cassell (ídolo) y una brillante Claudine Auger post-James Bond, una historia llena de tensión y una estética pop que enamora: es a la vez un thriller, una caper movie, una comedia negra y una historia de crimen. Los personajes: un ménage-à-trois formado por un escritor de tebeos, una dibujante y un extraño personaje que manipula la trama maquiavélica y sádicamente. A veces parece una película de la mejor época de Chabrol; a veces, un filme de desvergonzada explotación, la casi-poesía de lo cutre. Pero, entonces, comienzan a aparecer las sensacionales ilustraciones de Guy Peellaert que no sólo funcionan en lo visual, sino que son parte integral de la narración. Pura adrenalina.

The Lickerish Quartet (1970) de Radley Metzger.
Radley Metzger, ese infame realizador de cintas sucias, es un nombre importante entre los entendidos del cine basura. Su última película de porno suave fue The Lickerish Quartet, muy al estilo de su legendaria Camille 2000: escenarios ostentosos, triángulos amorosos y mucha piel. Como en todo el universo Metzger, este film está repleto de pervertidos, voyeuristas y mujeres fatales: la trama comienza con una pareja que invita a su mansión a una chica a la que creen haber visto en una película pornográfica. Lo que sigue es un cuadrado de amor buzarro entre la chica y el marido, la esposa y el hijo. De atmósferas oníricas, la película se toma muy en serio el rollo de la confusión entre realidad y fantasía, aunque no es lo que la hace memorable: se pone mucho mejor cuando Metzger saca lo chulo y lo guarro que tenía, que era mucho. Todo esto funciona, por supuesto, por estar tan llena de decadencia, de perturbadora sofisticación y de la sórdida y exquisita música de Stelvio Cipriani. Sexy as fuck. Para verse a la medianoche, de preferencia en posición vertical.

Peppermint Frappé (1967) de Carlos Saura.
En Peppermint Frappé, una Geraldine Chaplin resplandeciente (y en doble papel) es el oscuro objeto del deseo de José Luis López Vázquez, que hace de un médico maduro, soltero y obsesionado con una mujer a la que conoció tiempo atrás. Pronto confunde a la nueva esposa trofeo de su mejor amigo con ella y comienzan los problemas. Carlos Saura logra con este trabajo uno de los mejores de su primera etapa, una pequeña obra maestra hitchcockiana, aunque dedicada a su mentor Luis Buñuel. Una muestra de que el nuevo cine español, que bebía del film noir americano, de las vanguardias del celuloide y de la nueva ola francesa, podía ser completo y estimulante. Peppermint Frappé sugiere, como título, una película que aprovecha la fiebre pop de finales de los 60. Nada más alejado. Es una película clásica, con sutiles toques de humor, de esas que hay que ver sí o sí. Como extra, las canciones fueron compuestas por Teddy Bautista e interpretadas por Los Canarios. Abre los ojos.

Sie Tötete in Ekstase (She Killed in Ecstasy) (1971) de Jesús Franco.
She Killed in Ecstasy, como se le conoce mejor, es, posiblemente, la obra maestra del desquiciado Jesús Franco. Amo del cine de explotación, con una carrera de cientos de películas repletas de culos, tetas y pitos, ha sido siempre también un esteta y un estilista a ultranza. Ecstasy no sólo contiene a Soledad Miranda en todo su esplendor (es una cinta contemporánea a Vampyros Lesbos), también es una película de venganza en la que cada encuadre parece una ilustración de tebeo. Un científico que experimenta con humanos es expulsado de una sociedad científica y puesto en vergüenza, tanto que decide suicidarse. La esposa, Miranda, decide vengarse de quienes empujaron a su hombre a ese final. Sexy, colorida, cutre, Ecstasy es una chef d’oeuvre del cine serie B de principios de los 70 en Europa, situada en lujosos castillos y hoteles decadentes. Jesús Franco, voyeur y pervertidazo, se dedicaba a hacer películas que a él le gustaría ver: chicas, vampiras, mujeres fatales en ropas mínimas, bebiendo cocteles, fumando, recostadas en habitaciones de colores chillantes y ángulos extraños.

The Cry of Jazz (1959) de Edward Bland.
Grabado en el downtown de Chicago, The Cry of Jazz es un ensayo fílmico fundamental y fundacional acerca de la identidad estructural compartida entre la cultura negra americana y el jazz. No sólo es una vertiginosa película de 35 minutos repleta de historia, música y filosofía, también es uno de los puntos de partida del movimiento por los derechos civiles y el Black Power; en ningún filme anterior se confrontaba de manera tan directa y agresiva la identidad negra contra la hegemonía blanca como se hace en The Cry of Jazz (en la que, por cierto, hay gente del crew y actores blancos.) En más de un sentido es el primer paso del camino que luego recorrería Melvin van Peebles o, más tarde, Spike Lee. El swing, la vitalidad, la agresión y todo el mojo del jazz están ahí. Si fuese poco, la música corre a cargo de Sun Ra y su Arkestra. Polémico en todo sentido, el director Edward Bland (músico y compositor de tiempo completo, cineasta ocasional) plantea en su ensayo fílmico que el jazz está muerto. Un obligado para musicómanos, adictos al ritmo, mentes abiertas, corazones románticos, cinéfilos, teóricos y, evidentemente, junkies del jazz.

C/S.

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