eccooper

Kino pop (y VI.)

In Uncategorized on October 29, 2014 at 2:40 pm

comitee

Publicado originalmente el 10 de octubre de 2014.

Musicopatía, cinefagia. Por sexta vez presento en sociedad mis anotaciones sobre películas pop que duran entre 1 y 1,000 minutos y que van marcándome el rumbo para bien y para mal, que así es la cosa. Hago honor al mote “monomaniaco” con estos registros, que capaz que sirven para algo (lo dudo.) Aquí algunos pasajes de esos cuadernos para que estas letras conozcan mundo. Al menos.

The Committee (1968) de Peter Sykes.
Hace años que quería verla y por fin la encontré. Las malas lenguas contaban que había una bastante potable aparición de Arthur Brown en su mera etapa Dios del Fuego del Infierno y no podía perderme eso. Pues sí, ahí está Arthur Brown y su loco mundo, aunque son apenas segundos y está el soundtrack de Pink Floyd pre-La Debacle rogerwatersiana. Eso bastará para algunos, porque la película es rara-rara. Sí, muy rara. Comienza con una decapitación con una cajuela de auto, sigue con una resurrección bastante arbitraria y luego casi todo es diálogo y tomas largas y pausadas, todo en blanco y negro y con ese espíritu 1968 que oscilaba entra la nouvelle vague más militante y la paranoia total. Y no me reclamen, que interesante sí es. Y con esa fotografía impecable, puede uno poner play y dejarse ir, acompañado de un buen tintorro o birra. Además son sólo 50 minutos. Yo sí la veré de nuevo. Con permiso. 

Charles Bradley: Soul of America (2012) de Poull Brien.
En la historia de Charles Bradley, ese gran icono del soul gritón contemporáneo, todo había salido mal. Y, oh Diosa Fortuna, parece que las cosas han mejorado para él. Ya era hora. El soulman más sensible de nuestros tiempos, una rareza, un anacronismo necesario, es captado en pantalla a punto de estrenar su primer material después de treinta y tantos años de intentarlo en el circuito de los clubes imitando a James Brown. Hay tantos momentos de lagrimaza y nudo en la garganta que no sé si es porque Charles Bradley es lo puto crack o yo soy un blandengue hiperemocional como adolescente ojona. Le vemos aprendiendo a leer con una institutriz particular, llevando dinero y pan a su anciana madre, conmovido porque salió en el periódico o con los nervios de punta porque, a pesar de tantos años sobre los escenarios, esa era como su primera vez. Por si fuese poco, hay dos o tres escenas en las que se explica (más o menos con la profundidad de un documental de 74 minutos) cómo hicieron Bradley y Tommy Breneck para componer No Time For Dreaming. Hay una aparición estelar de Sharon Jones y un montón de alma. Yo no necesito más. También me tardé en verla y en cuanto lo hice, telefoneé a mis panas para que la vieran en cuanto antes. Porque soy un gran tipo. No tanto como Charles Bradley, eso sí.

Punk: Attitude (2005) de Don Letts.
Otra omisión incomprensible en mi bagaje. De hecho, ya la tenía en watchlist pero me animé al fin gracias a una conversación con una adolescente rijosa y un jovenzuelo muy bestia. ¿De qué hablamos? De música furiosa, claro. Ella The Clash, él The Intelligence, yo The Gories. Y entonces recordé que tenía Punk: Attitude pendiente y aunque (afrontémoslo) es un documental con los grupos de rigor, las declaraciones de rigor y no mucho aporte más allá de la revisión necesaria a una parte fundamental de la historia de la música pop, me levantó el espíritu. Y desempolvé algunos discos y vídeos. Y tomé la guitarra. Y puse el amplificador en 10 (que no en 11, Nigel Tufnel, broma fácil) y qué más daba si estaba afinada o no. Yo aprendí con los sixties y crecí con el punk, que así podría decirlo. Soy uno de esos. Sí, uno más de esos. Pero si la adolescente rijosa y el jovenzuelo muy bestia me dan la razón, no necesito que me la dé nadie más. Actitud, dije.

9 Muses of Star Empire (2013) de Lee Harkjoon.
Del K-Pop yo sé poco y nada, aunque hay gente a mi alrededor que está bastante malita de la cabeza gracias a este fenómeno oriental. Sólo por eso (y porque tenía tiempo entre manos) me di a la tarea de ver 9 Muses of Star Empire. Para ubicarme ya había visto algunos vídeos de girl-bands sudcoreanas y, la verdad sea dicha, entre la tumescencia de las partes nobles y el rush que inevitablemente se siente porque son realmente espectaculares en el sentido estricto de la palabra, me sentí atrapado. ¿Era éste el summum de la perfección pop? No. No lo es. Es evidente, claro, aunque es difícil verlo porque realmente el K-Pop es un tifón que arrasa con todo; hay que ver algo como este documental para darse cuenta que toda perfección (o intento de acercarse a ella) cuesta y el precio es casi siempre humano. La peli sigue la formación de un nuevo súper grupo de chicas desde el casting hasta sus primeras apariciones en público. Lo que comienza como una gran ilusión para todos termina como un pequeño campo de concentración en el que nadie conoce a nadie. Tal vez exagero, pero es que con el K-Pop he descubierto algo: las emociones van al límite. Ahí su éxito, supongo. Hay que ver 9 Muses of Star Empire. Por favor. Y cuando, usted allá afuera, lo haga, avíseme. Y platicamos. Que aún no logro descifrar muchas cosas.

Son of Dracula (1974) de Freddie Francis.
Aquí una confesión que, en realidad, es un secreto a voces: soy gran fan de Apple. No, no de ese Apple, zopenco: de Apple Records, el sello de los Beatles. Uy. Yo sé, menda, yo sé: Apple Records nunca fue para tanto. Sólo porque era de los greñudos de Liverpool y todo eso. Pero, bueno, ya, como sea. Me gusta coleccionar discos de Apple porque la galleta de los discos es bonita y me gusta que sea una manzana completa de un lado y una partida a la mitad del otro y todo eso. Y, ay, sí, no me juzguen, pero me interesa el subsello Zapple y… vamos al grano: vi Son of Dracula sólo porque era un producto de Apple Films y había Ringo Starr y Harry Nilsson. Y no debí. Porque es una de las peores películas que he visto. Porque, me atrevo, es una de las peores películas que hay. Es más, ya ni la recuerdo. Para qué. Pero puedo decir que la vi y con eso me basta. Y con esa autoridad puedo decirte a ti, lector, lectora, que no la veas. Y te tuteo, lector, lectora, porque realmente me interesas y, por tanto, no debes ver Son of Dracula. Porque aunque hay música pop y el baterista narizón y el tipo que realmente nunca me ha gustado tanto pero que cantó I Guess The Lord Must Be In New York City –canción que amo con locura irracional– es espantosa. Y no ese espantoso que las películas de horror buscan (al final se llama “hijo de Drácula”, ¿no?), sino el espantoso que no deja vivir bien. No la vean. Yo ya lo hice por ustedes.

Inside Llewyn Davis (2013) de Joel y Ethan Coen.
“Qué vida”, me dijo La Chica cuando terminamos de ver Inside Llewyn Davis, la última de los hermanos Coen y que no habíamos podido ver hasta ahora. “Pero”, señalé muy ceja alzada, “eso no es nada.” Y es que la película sobre un cantante folk que no logró el éxito pero le pavimentó el camino a otros (cof, cof, Dylan) está bien, tal vez muy bien, pero nada más; no me removió las entrañas como creí que lo haría y es un recuento bastante aséptico de aquellas épocas. Insisto: no está mal. Al contrario. Me gustó, aunque nunca tanto como otras de los Coen. ¡Es que estos son los tipos del Big Lebowski! Pero vuelvo a Llewyn Davis: tiene mucho a su favor. Está basada en la vida de Dave Van Ronk, crack, aunque bien podría ser cualquier otro folkie de la Greenwich Village a inicios de los 60; hay dos o tres referencias que sí me hicieron saltar del asiento y, bueno, está Carey Mulligan, que me fascina aunque no está tan espectacular. Pero el film no terminó por cuajar, siento. La música pudo estar mejor y ser más clavada (aunque, claro, esto es para el gran público), hay secuencias muy dramáticas pero que para el musicómano terminan por sobrar y, de nuevo, hay algo demasiado pulcro y no acabo por creérmela. “Qué vida: siempre durmiendo en sofás ajenos”, me dijo La Chica. “¿Tú lo habrías hecho?” Y yo, ay, yo, sólo atiné a pasar saliva y a decir: “Totalmente. Lo habría hecho. Tal vez lo haría.” Por la música sí. Por la música, siempre. Y eso es lo que le faltó a Inside Llewyn Davis: la música.

C/S.

¿A dónde fuiste, Connie Converse?

In Uncategorized on October 22, 2014 at 1:25 am

connie converse

Publicado originalmente el 3 de octubre de 2014.

Antes que muchos de los héroes modernos, Connie Converse ya estaba allí, con su voz a punto de quebrarse y su hiperestesia febril. Lástima que nadie se dio cuenta entonces.

Pero a veces el mundo reivindica. A veces. Por fortuna estamos ante una de esas.

Connie Converse nació en Laconia, New Hampshire en 1924. Su padre era ministro religioso y lideraba una activa campaña en favor de la Prohibición; eso no impedía que la familia fuese muy festiva y tuviese claras inclinaciones artísticas. Los hermanos Converse pasaban su tiempo libre leyendo obras de Shakespeare en voz alta, devorando libros, cantando canciones tradicionales y pintando. Connie creció para ser una alumna destacada, lúcida y brillante que lo cuestionaba todo (para pesar de algunos.) Los que le rodeaban coincidían en que le esperaba sólo lo mejor, pues a pesar de su edad, dominaba numerosas disciplinas. Todo lo hacía bien.

Al terminar el colegio se mudó a Nueva York, a pesar de sus padres, buscando hacer una carrera en la música. Fue un acto de rebelión, un escape necesario. Cambió su nombre de pila, Elizabeth, a Connie. Trabajó en una oficina a la par que componía canciones y tocaba en clubes y cafés de la Greenwich Village. Se inició en la bebida y la vida nocturna. Se codeó con Pete Seeger. Ayudó a fundar la escena folk neoyorquina con su voz y su guitarra; no es poca cosa, considerando lo mucho que crecería este movimiento. Eran los años 50.

Bob Dylan y Joan Baez eran unos niños. Connie Converse fue La Cantautora original, una de las primeras de una tradición pop que se arraigaría con fuerza en la segunda mitad del siglo XX. Sus canciones eran confesionales y personalísimas.

Gene Deitch, quien había grabado a John Lee Hooker y a Seeger, la escuchó y se interesó en ella. Le llevó a su casa y, en la cocina de la residencia Deitch en Hastings-on-Hudson, Connie Converse grabó un set de canciones folk con su guitarra a lo largo de varios meses. Deitch estaba fascinado con ella. Aún hoy, asegura que Converse estaba al menos 50 años adelantada a su tiempo. No se equivoca.

Gracias a los contactos de Deitch, apareció en “The Morning Show” con Walter Cronkite en CBS en 1954. Aun así, el éxito la evadía.

En realidad, nunca lo conoció. Nueva York puede ser una ciudad cruel.

Ya en los años 60 se mudó a Michigan. Trabajó como secretaria y luego como editora del Journal of Conflict Resolution, de Sage Publications, periódico académico de ciencias políticas. Justo en esa época Bob Dylan llegó apenas a Greenwich Village. Connie Converse estaba cada día más frustrada con la rutina de su trabajo y su poco éxito. Terminó por tocar sólo en fiestas de conocidos y para sus amistades más cercanas. Para 1973, después de años de estar en un pozo ciego, sufría una depresión rampante. Su familia la envió a Londres a pasar ocho meses sabáticos; descansó y vio mundo, pero no fue suficiente. Cuando regresó a Ann Arbor, ciudad donde residía, decidió que no podía más.

En agosto de 1974 escribió algunas cartas para su familia y amigos; en ellas expresaba su intención de hacer una nueva vida y partir. Empacó sus pocas pertenencias y tomó carretera en un Volkswagen. Tenía 50 años.

Nunca se le volvió a ver.

A la fecha, no se sabe qué le sucedió. Desapareció sin rastro.

Pudo haber sido el final de la historia. Pero en enero de 2004, treinta años después de su desaparición, Gene Deitch mostró en el programa de radio Spinning On Air del neoyorquino David Garland una grabación de Connie Converse cantando “One By One”, una tonada de apenas 35 segundos de duración. Dan Dzula y David Herman, productores musicales, escuchaban el show y quedaron pasmados por la canción. Decidieron descubrir más sobre Connie. La colección personal de Gene Deitch se encontraba en Praga, su lugar de residencia, y Phillip, el hermano de Connie, también tenía algunas grabaciones. Gracias a sus esfuerzos se publicó en 2009 en Lau derette Recordings How Sad, How Lovely, un cedé con 17 canciones de Connie Converse. Un disco que, huelga decirlo, es una maldita maravilla.

Diecisiete canciones, diecisiete poemas. No sé describirlos. No son sublimes, para nada. Son mundanas, frustradas, increíblemente bellas. Guitarra acústica y voz frágil, risitas nerviosas, mucho dolor, muchas preguntas. Las grandes canciones están hechas de duda y angustia y congoja. How Sad, How Lovely está lleno de ellas.

El disco termina con una pregunta: “Where will I get another soul to tell my trouble to?” Y luego, silencio. Carajo. Escalofríos.

Y pensar que estas canciones pudieron haberse perdido para siempre.

Su hermano Phillip cree que, como no encontraron el auto, pudo haberse arrojado de un puente. A un río. Con todo y vehículo. Quién sabe. Hay quien dice haberla visto o leído su nombre en directorios telefónicos en Kansas y en Oklahoma. Hoy tendría 90 años. ¿Qué habrá pensado, si es cierta la teoría del hermano, al ir hundiéndose? Y si no sucedió así, ¿dónde terminó? ¿Fue feliz?

¿Fue feliz, por fin?

Su música, por suerte, sigue viva. Más que nunca. En 2014 la soprano Charlotte Mundy y el pianista Christopher Goddard grabaron Connie’s Piano Songs, un compilado de canciones compuestas por Converse; fue lanzado por el sello Monkey Farm y, como bonus, contiene “Vanity of Vanities”, la única pieza en que la cantautora toca el piano. Y el 1 de octubre de 2014, dentro de un evento llamado Connie Converse Tribute Night (organizado por Nat Johnson, cantante inglés, dentro del festival de cine y música Sensoria, en Sheffield) se estrenó un documental de 40 minutos sobre la cantautora, dirigido por Andrea Kannes y financiado mediante Kickstarter. Kannes tuvo acceso privilegiado a los archivos de la familia Converse, que incluían cartas, fotografías y manuscritos.

De alguna manera, Connie Converse está viva. A veces el mundo reivindica, aunque –puta vida– lo hace tarde. A veces. Por fortuna estamos ante una de esas.

Porque antes que muchos de los héroes modernos, Connie Converse ya estaba allí, con su voz a punto de quebrarse y su hiperestesia febril. Lástima que nadie se dio cuenta entonces.

Las canciones de Connie Converse pueden escucharse en http://connieconverse.bandcamp.com y comprarse en formato físico acá: http://www.squirrelthing.com/artists/connie-converse. Los detalles del documental están aquí: http://connieconversedoc.com. Más información sobre Connie’s Piano Songs aquí. http://www.conniespianosongs.com.

C/S.

“La música no es un accesorio.” Entrevista con Juan Carlos Yebra.

In Uncategorized on October 15, 2014 at 3:54 am

Carlton

Publicado originalmente el 26 de septiembre de 2014.

“Juan Carlos Yebra es su nombre.” Así empezaría un corrido heroico que narre sus aventuras y vaya que lo merece. Con todo, ese es tal vez el apelativo que menos escucha de boca de los demás. Algunos me dicen Carlos, Archivaldo, Brixton Cat (el alias que usaba cuando lo conocí), Carlillos, Carltrón, inclusive Juanito. Yo prefiero llamarle Carlton, que también así se le conoce. Es un tipo que ama la música. No, en serio, cuando tú piensas que amas la música es sólo eso: piensas que lo haces. Tu nivel de pasión será siempre menor al de Carlton, un sujeto que conoce la Obsesión, la invita a cenar, la toma de la mano y se la lleva a la cama. Cuando no está con las narices metidas en una tienda de discos o encontrando canciones raras, es un freelancer que da mantenimiento a los switches de edificios públicos, arregla servidores de oficinas y repara computadoras y móviles. Pero eso es sólo un medio para el fin: conocer música, siempre más. Por si fuese poco, le apasionan los videojuegos viejos, las máquinas de arcadia y es un aficionado fiel de los Panzas Verdes del León FC. Un maldito tipazo. Hemos conversado muchas veces, pero por fin registramos una de nuestras pláticas. Aquí: 

¿Cómo nace en Carlton la obsesión vital, La Obsesión, por la música y los discos?
Cuando yo era niño en la esquina de mi casa se juntaba una pandilla de cholos, en Chapalita. Todos los domingos, entrada la tarde, se reunían a tomarse unas cervezas y a escuchar música. Ellos les llamaban “oldies” pero era una mezcla de clásicos de Motown y de rock, canciones bien imprescindibles. Desde ese momento me empezó a llamar la música. Yo no sabía nada, ni tenía donde reproducir música, lo que sí tenía era la intención de instruirme.

Llegada la secundaria empecé a adquirir discos compactos, a escucharlos y después a intercambiarlos con compañeros, desde rock hasta hip-hop. El chiste era empezar a consumir todos  los discos que pudiera (y claro, digerirlos.) Poco después llegó a mi vida la música jamaicana, que tenía algo especial para mí que no había encontrado en ningún otro ritmo. Fue cuando conocí el internet y a personas con gustos musicales afines al mío, gente que ya llevaba un buen camino recorrido y que me facilitó llevar mi gusto por la música un nivel más arriba: ¡hacia los discos de vinilo!

¿Hace música? ¿Ha hecho música?
Negativo, compañero; mas no descarto en futuro poder hacerlo.

¿Por qué una vida con música es una vida mejor?
La música es vida, la vida es música. Prácticamente todo es mejor con música, puedes hacer una playlist absolutamente para todo: para beber, para viajar en autobús, para levantarte y acostarte como campeón, para iniciar o finalizar el fin de semana… Es más, si no te gusta del todo tu trabajo, la música puede hacértelo más llevadero. Pero tampoco es un accesorio. La música va de la mano con la vida, al menos de la mía.

Cada que nos encontramos me hablas de una rareza nueva. ¿Cómo hace?
Pues no podría catalogarlo como rarezas, más bien son canciones que tienen días (o semanas) dando vueltas por mi mente. Yo siento que la música te va guiando; hoy estoy escuchando una canción que me fascina, por ejemplo, y esa canción a su vez me permite llegar a otras. Los compilados me encantan por eso, porque quizá no todo el disco sea de tu agrado, pero sí dos o tres canciones. De esas tres investigas más a fondo y te escuchas un par de discos del artista. Si te agrada por dónde va el asunto, te pasas a artistas relacionados y así sucesivamente. 

¿Qué le falta a León? ¿Cómo va la ciudad?
Próximamente lo que va a faltar son lugares en zona céntrica (gracias, Bárbara) donde poder fiestear. Eventos hay, quincenales o mensuales. Me parece admirable el trabajo que hacen algunas personas para que la escena no muera. 

Sus sets de música en vinilo son siempre bailones y bastante didácticos. En una palabra, impresionantes. ¿Cómo hace?
Por diversas razones hace mucho tiempo que no lo hago, pero yo siento que lo principal de crear un set es incluir esa serie de canciones que consideres más especiales, establecer un orden para que no se desentone, y bueno, bien se puede poner en práctica todas esas reglas que enlistan en High Fidelity.

De sus experiencias en el mundo de la música, ¿cuáles han sido las más emocionantes? ¿Y las menos?
Dentro de lo más emocionante podría incluir, en general, todas esas noches antes de hacer diggin’ en los tianguis y placitas. Me acuesto pensando qué discos me gustaría encontrar, haciendo mi wishlist y planeando que ruta seguir.

Lo peor, sin lugar a dudas, me sucedió una tarde de sábado. Me había quedado de ver con unos compañeros en el parque Hidalgo para posteriormente partir rumbo a una fiesta en la que iba pinchar. Yo vivo demasiado cerca, a unos diez minutos, y me pareció una buena idea llegar a pie. Con lo que no contaba es que dos cuadras antes de llegar al sitio me emboscarían unos tipos y me quitarían cuanta posesión llevaba encima, incluidos los discos. Una tarde negra. 

Renegrida. Sí recuerdo aquella ocasión. Pasemos a otras cosas. ¿Se vale “pinchar” en otro formato que no sea vinilo?
Yo pienso que va de acorde al evento, porque algunos sí especifican el “100% vinilo.” Excluyendo eso, no le veo nada de malo llevar algún apoyo en otro formato. Hay algunas canciones que uno quisiera tener en vinilo pero, lamentablemente, tienen un costo que no siempre es para todos. Y no sólo eso; digamos que tienes el dinero, en todo caso encontrarla y poder comprarla es ya toda una hazaña, porque detrás de ti ya hay un buen puñado de gente que le sigue el rastro a tan anhelada grabación. Sabiendo esto y si las circunstancias lo permiten, lo considero algo válido.

¿John Lennon o Paul McCartney?
La verdad es que no me considero fanático de ninguno, pero si tuviera que elegir me quedo con McCartney. El otro es un mandilón de primera. 

¿Qué grupos o artistas eliminaría del mundo para que fuese un lugar mejor?
Justo ahora no se me ocurre otra cosa más que borrar de la faz de la tierra la música banda. Tengo un vecino que me está bombardeando mañana y tarde con las mismas canciones, todos los días, a un volumen exagerado. 

¿Tienes algún gusto musical culpable?
Mecano, me recuerda mucho mi infancia. Mi hermano mayor lo escuchaba muy a menudo. 

¿Cuál es tu bebida?
Cerveza, de preferencia Victoria. ¡Porque la Victoria es de México! Era…

La pregunta molestamente obligada de estos cuestionarios: ¿podrías nombrarnos tus 10 discos indispensables? Sé que es imposible, pero sólo 10.
The Tempests, Would You Believe!
The Impressions, People Get Ready.
Sun Ra, We Travel The Spaceways.
Sound Dimension, Jamaican Soul Shake, Vol.1.
Jackie Mittoo & The Soul Brothers, Last Train To Skaville.
Joe Bataan, Call My Name.
El Michels Affair, Sounding Out The City.
Giuliano Palma & The Bluebeaters, The Album.
Otis Redding, Otis Blue.
The Gaylads, Ska Days.

¿Y diez singles?
Young-Holt Unlimited, California Montage.
Tommy McCook & The Supersonics, Tommy On Bond Street.
Robert Tanner, Sweet Memories.
The Diamonds, Expo ’67 (Silhoutte).
Lil Major Williams, Girl Don’t Leave Me.
Roy Panton, Beware Rudie.
Sam Fletcher, I’d Think It Over.
The Olympians, Midnight Movement.
Prince Buster All Stars, 7 Wonders Of The World.
Ronnie Forte, That Was a Wiskey Talkin’. 

¿Películas? ¿Libros?
Brazil, Enter The Void, Awaydays, A Clockwork Orange, Trainspotting, Leaving Las Vegas, Snatch, Blue Velvet, Mulholland Drive, la serie de Friday The 13th, High Fidelity, Scarface, Blood In Blood Out, Kill Bill, Perro Callejero parte 1 y 2. ¿Libros? Julieta y el vicio, ampliamente recomendado; Justina y los infortunios de la virtud, La Metamorfosis, Memorias del subsuelo.

¿Alguna recomendación de algo que no podamos perdernos?
Sun Ra es la respuesta a todo. We travel the spaceways!

C/S.

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